Aún recuerda ese silencio único, el más macizo de todos los que escuchó en su vida: la quietud fúnebre, la sorpresa atroz del cuerpo de su progenitor yaciendo inmóvil. Se acuerda con horror que se quedó mudo ese día, lloró, no sabía qué hacer ni mucho menos cómo ejecutarlo, dónde mirar, qué vendrá después, a quién pedir ayuda: ahora era un huérfano adulto. Pudiera ser hombre o mujer por igual. Ya sabe el desamparo de no tener a sus padres vivos, lo comparte con el niño, quien aún conserva un lugar dentro de su mente, en la memoria del abandonado, así sea de avanzada edad. Esos difuntos alguna vez fueron seguridad, estabilidad, sustento, la vida misma; ahora le enseñan sobre su propia vulnerabilidad: fallecerá irremediablemente, como ellos. Siente la tristeza de perder a sus seres queridos, su estilo de vida, hasta la identidad que con ellos construyó, su tradición, la manera de hacer las cosas, el lugar donde creció: la casa paterna, su refugio del mundo y sus inclemencias, donde disfrutó, amó, sufrió, vivió con su familia y jugó con sus amigos de infancia, incluso allí conoció el vacío eterno que deja la muerte entre los que siguen vivos. Debe hacer acopio de sus fuerzas y de aquellas herramientas que logró, las que lo defendieron de la adversidad con éxito en otras oportunidades: su trabajo, sus amistades y seres queridos, sus aficiones, hasta el licor, la buena mesa y la parranda para descansar de la depresión y el miedo durante unas horas. Aparece un interlocutor, seguramente otro huérfano adulto quien conoce la sensación, lo comprende y le da compañía invaluable, calor humano. El dinero: adquieren significado términos como herencia, al igual que sucesión y derecho de familia, ahora de una manera mucho más tangible que en el divorcio, de por si cruento. Todo es importante, involuntariamente debe recoger las cosas que le son propias, cargarlas sobre sus hombros como las provisiones de aquel aventurero que cruzará solo el desierto a pie, sin saber que tan largo será el trayecto, de lo único que está seguro es que en la travesía encontrará dificultades, peligros y paisajes insospechados, pero guarda una esperanza: mañana podría encontrar un oasis. Y la vida cotidiana continúa: las cuentas llegan puntualmente, el trabajo exige, como de costumbre, los hijos esperan, como siempre, y la pareja, ahí está: puede ser bálsamo para las heridas o, por el contrario, parte del problema. El universo sigue inmutable.