El Milenio del HorrorFaltan menos de 10 semanas para que acabe el Milenio. Se trata, claro está, de una pura convención: un Milenio arbitrariamente inventado con varios siglos de retraso por los reformadores cristianos del calendario para hacer coincidir el Año Uno (aproximadamente) con la fecha del nacimiento de Cristo, convirtiendo a éste en fundador, sin saberlo, de la que llamamos "Era Cristiana".Un Milenio, pues, cristiano y occidental. Los 1.000 años en que el Occidente Cristiano conquistó el mundo entero, imponiéndole desde su calendario hasta su Internet. Pasando por sus descubrimientos, sus conquistas, sus colonizaciones, sus revoluciones, sus democratizaciones. Desde la propagación a lanzazos de la Verdadera Fe en las Cruzadas contra el infiel hasta la imposición a bombazos de la Verdadera Democracia de las guerras de la Otan de 1999.Diez siglos, de a siglo por semana. ¿Absurdo? Sí. Pero si a narrar cada siglo SEMANA le dedicara un siglo entero, no acabaríamos nunca. El siglo XI: ¡Dios lo quiere!El primer milenio llegaba a su fin en medio de lo que se ha llamado el Gran Pavor del Año Mil: se iba a acabar el mundo. Las doctrinas milenaristas, más serias que la superstición popular, prometían algo mejor para esa fecha: la vuelta del Mesías y el comienzo de su reino de mil años en la Tierra, hasta el Juicio Final (el cual cae, según esas cuentas, el año que viene). Y los canonistas, más cautos, interpretaban la promesa de manera simbólica: no como el regreso físico de Cristo, sino como el inicio del triunfo universal de la religión cristiana.Llegó el temido día, y en apariencia no pasó nada: simplemente comenzó el siglo XI. Pero aunque se equivocaban los que aguardaban la Segunda Venida del Señor en carne y hueso, acertaban los partidarios de las otras dos hipótesis, pese a ser éstas contradictorias entre sí. Tenían razón los que esperaban lo mejor, si es que lo mejor era la expansión del cristianismo: y también la tenían los que temían lo peor, que era lo mismo. Porque el agitado siglo XI marca el momento en que la Cristiandad (la palabra data de entonces) tomó conciencia de su naturaleza homogénea y de su ambición hegemónica y se lanzó a conquistar el mundo en nombre de la Verdadera Fe, y para la Europa Occidental. La señal de partida la dio en la ciudad francesa de Clermont, en el centro geográfico de Europa Occidental, el Papa (francés) Urbano II, el 27 de noviembre del año 1095, cuando convocó por sorpresa la Cruzada contra el infiel mahometano que desde hacía cuatro siglos era dueño del Santo Sepulcro en Jerusalén. Y al grito feroz de Deus lo Volt! (¡Dios lo quiere!) la Cristiandad en armas se puso en marcha.La Cruzada (la primera de muchas) empezó cuando ya finalizaba el siglo XI. Pero todo el curso de éste puede ser visto como un concienzudo _aunque inconsciente_ ejercicio de preparación para la empresa de expansión universal. Un ejercicio de fortalecimiento espiritual y político de la Iglesia de Roma, que iba a ser su cabeza justificadora; y un ejercicio de consolidación material y militar del cuerpo mismo de la Cristiandad, que sería su agente.Lenta pero firmemente, en un caótico revuelo teológico y político de Papas y antiPapas que duraban tres días o seis meses, que abdicaban o eran ahorcados, que vendían el Papado o lo compraban, a todo lo largo del siglo XI la Iglesia de Roma se fue haciendo poderosa y segura de sí misma; y, sobre todo, independiente, tanto frente al moribundo Imperio de Oriente (Bizancio) como ante los pujantes sucesores de Carlomagno Magno en Occidente (Francia y el Sacro Imperio Germánico). En 1054 el Papa León IX rompió amarras con Oriente, excomulgando por un teológico quítame allá esas pajas (un "y" de más en el Credo: Filioque: y el Hijo) al Patriarca de Constantinopla. Y, ante Occidente, se sacó de la casulla la famosa "Donación de Constantino", falsificación (que sin embargo fue aceptada) por la cual el obispo de Roma reclamaba poder temporal sobre toda Italia y preeminencia eclesiástica sobre todas las demás diócesis cristianas. Pocos años después, ya sus sucesores en el Papado (aunque la palabra es algo más tardía) podían darse el lujo de excomulgar al emperador de Alemania o al rey de Francia y lograr que esos orgullosos y poderosos señores pidieran humildemente perdón. La Iglesia protegida de los tiempos carolingios se había convertido en Iglesia protectora.Pero su nueva arrogancia descansaba, desde luego, sobre una base real. Su recobrada respetabilidad espiritual ante los pueblos cristianos, lograda por las profundas reformas administrativas y morales de unos cuantos Papas a la vez enérgicos y virtuosos (León IX, Gregorio VII, Urbano II); el creciente, e independiente, poderío económico de las órdenes monásticas con sus decenas de abadías, sus cientos de iglesias, sus millares de monjes esparcidos por toda Europa, desde Escandinavia hasta el Finisterre; y la universalización (aunque limitada, por supuesto, a la Europa Occidental) del Papado, liberado por fin de las rivalidades estrictamente locales de las grandes familias romanas. Por sobre las disputas dinásticas y feudales que desgarraban a Occidente, la Roma apostólica empezaba finalmente a tomar, no en poder pero sí en influencia, el papel de la desaparecida Roma imperial: un papel unificador frente a las fuerzas centrífugas de las naciones y de las lenguas que empezaban a formarse. Lo único que compartía toda la grey cristiana, de buena o de mala gana, era un Pastor.Y, a la vez, esa grey crecía, tanto en lo económico como en lo demográfico. Hay historiadores que atribuyen un papel determinante en la expansión europea que constituyeron las Cruzadas al perfeccionamiento del arado de reja, que permitió la labranza de tierras antes incultas y, al paliar las grandes hambrunas de la Alta Edad Media, disparó el crecimiento de la población. Otros señalan como fundamental en el avance hacia Oriente la invención de la ballesta de manivela, que iba a dar a los cruzados una considerable ventaja militar sobre sus adversarios (la nueva ballesta, un arma demasiado terrorífica, sólo podía ser usada, según un Concilio del siglo XI, contra el infiel, pero nunca contra ejércitos cristianos). Pero el hecho es que esa expansión, comenzada a principios del siglo en los dos extremos del territorio de la Cristiandad (en España, donde el califato musulmán se disolvía en reinos de taifas mientras avanzaba la "reconquista" de los castellanos y aragoneses, y en el sur de Italia y en Sicilia, donde _con la bendición papal_ los normandos arrebataban el territorio a los sarracenos en la práctica y a los bizantinos en la ficción jurídica), se debía también al debilitamiento del adversario o del rival: en el Oeste, en el Sur, y en el Oriente próximo, los árabes. En el Oriente más lejano, Bizancio, minado además en su retaguardia por el nuevo poderío turco. Para soltar sobre el mundo la nueva fuerza cristiana de Occidente sólo faltaba el impulso espiritual del Pastor. Y lo dio Urbano II en Clermont, inventando la indulgencia (por primera vez se usó esa palabra) para quienes mataran a sus semejantes en nombre de la verdadera fe:_ Si aquellos que allá van (a conquistar el Santo Sepulcro. O a reconquistarlo: todas las invasiones se han hecho en defensa propia) pierden la vida durante el viaje, en la tierra o en el mar, o en alguna batalla contra los paganos, sus pecados serán perdonados. Lo concedo por el poder que Dios me ha dado, dijo el Papa y añadió: A un lado los enemigos de Dios. Al otro sus amigos.Muy pronto los "amigos de Dios" habían dado buena cuenta de sus "enemigos". Jerusalén cayó en manos de los cruzados en 1099, y prácticamente todos sus habitantes fueron pasados a cuchillo, fueran musulmanes o cristianos de Oriente. A los sacerdotes cristianos griegos, coptos y sirios que guardaban los Santos Lugares hubo que torturarlos para que les revelaran a sus hermanos de Occidente dónde estaba guardada la Verdadera Cruz, en cuyo santo nombre se habían hecho todos esos horrores.El Cid: al mejor postorEn 1099 moría en Valencia Rodrigo Díaz de Vivar: un infanzón arruinado de Castilla la Vieja que, por el valor de su brazo, había llegado a ser dueño independiente de un principado conquistado a los moros. Moría, y de inmediato entraba en la leyenda. Rodrigo, El Cid, era el epítome del guerrero castellano de la Reconquista, piadoso, cristiano y súbdito leal: "buen vasallo si oviesse buen señor", como se dice en el Cantar de Mío Cid, el poema épico fundacional de la literatura española, compuesto apenas 50 años después de la muerte del héroe. Después vendrían a redondear las cosas el Romancero, Guillén de Castro, Corneille, Víctor Hugo, don Ramón Menéndez Pidal, y finalmente Samuel Bronson con su película El Cid, con Charlton Heston en el papel protagónico. El Cid (en árabe el Señor) Campeador (campidoctor: en bajo latín eclesiástico, el que gana batallas campales).Sí. Pero ¿batallas contra quién? Porque El Cid de la leyenda, gran alanceador de moros, en la realidad histórica pasó la mitad de sus 55 años de vida alanceando cristianos. Batallaba de este lado, o de este otro, de acuerdo con quien pagara mejor sus servicios profesionales de campidoctor. Por el rey de Castilla contra el de Aragón, cristianos ambos. Por el de Castilla contra el de León, hermanos entre sí. Por el rey moro de Toledo contra el cristiano de Castilla. Por el rey cristiano de León contra su hermana de Zamora. Por el rey moro de Zaragoza contra el rey cristiano de Aragón. Por el rey cristiano de Castilla y León contra la invasión musulmana de los almorávides. Por el rey moro de Valencia contra el conde cristiano de Barcelona. Y finalmente por sí mismo contra el rey moro de Valencia, su antiguo patrón, a quien, conquistada la ciudad, mandó quemar vivo.Era un siglo confuso, ese siglo XI en que vivió Rodrigo Díaz. Por eso de él ha podido decirse que después de muerto ganó su última batalla contra los moros, pero también que, en el fondo "era más musulmán que cristiano".
EL MILENIO
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ANTONIO CABALLERO
28 de noviembre de 1999, 7:00 p. m.