La  película El abrazo de la serpiente, nominada al Premio Oscar como mejor cinta extranjera, además de despertar la euforia entre cineastas y espectadores, nos recuerda que hay una Colombia olvidada: la de los aborígenes que curan con plantas sagradas y conviven con los animales y la naturaleza, todo dentro del más profundo respeto. Es el país del Vichada, Vaupés, Amazonas, Guaviare y Putumayo que pocos conocen, colonizada por aventureros que abrieron selva y fundaron pueblos, despojando y desplazando, y la de los misioneros católicos y cristianos que impusieron la fe y la religión cristianas. Guainía, significa ‘tierra de muchas aguas’. El poblamiento de estos territorios, según relata el profesor Pablo Numpaque, “se remonta atrás, unos 5.000 años, cuando del Mato Grosso brasileño emergió la primera oleada migratoria de individuos de la familia Arawack, que en el primer milenio de nuestra era, se asentaron en Colombia y Venezuela y se dedicaron al cultivo de la yuca amarga, la cacería y la pesca”. Agrega que “el pueblo kurripako se residenció en las proximidades de la serranía de Naquén, la que fue considerada, desde entonces, un sitio sagrado morada de sus dioses y cuya herencia agrícola se tradujo en la diversificación y difusión de cultivos como la yuca, la piña y el lulo”. “Nos da vergüenza usar eso” Son las 5:00 a. m., el sol empieza a asomarse sobre el río Inírida, aparecen las primeras lanchas que vienen desde los resguardos indígenas esparcidos a lo largo del afluente. Están cargadas de pescado, yuca, plátano, ají y otros frutos de la madre Tierra. Las mujeres traen a sus pequeños y acompañan al hombre para comprar la remesa que llevaran a sus aldeas, con la venta de lo que traen. Los compradores, se agolpan tratando de obtener el mejor producto y a bajo precio. Roberto González viene desde la comunidad de Chorro Bocón, a un día de camino por el río, trae pescado seco y manaca, una especie de uva asociada a la sangre cuyo jugo es utilizado para tratar hemorragias o fortalecer el flujo sanguíneo. Dice que los 10.000 pesos que le quedan de ganancias le sirven para comprar jabón y sal.  Humberto González, llegó desde el resguardo de Caranacoa, trajo pescado chancleto, lo vende a 5.000 mil pesos la sarta. “Eso es para comprar sal, jabón, arroz, a veces menudencias, y pasta de sopa”, dice en tono bajo. Con lo que ganan con la venta de sus productos, todos los indígenas regresan a sus comunidades llevando los insumos necesarios que antes no hacían parte de sus costumbres: el café, la pasta de harina, panela, el jabón y la crema dental, entre otros. Hernán -de la comunidad Yuri-, además de los alimentos que adquiere por la venta de sardinas, bocachico y mojarra, les lleva a sus hijos lápices y cuadernos para la escuela. Mario González navegó 12 horas para llegar al puerto. Su comunidad de Chorro Bocón, está río abajo por el Inírida y allí viven de la pesca, la yuca, plátano y piña. Al igual que todos, viste camiseta y pantalón y ya no utiliza ningún atuendo de su tribu. -¿Todavía conservan sus tradiciones, las danzas, los cantos, el guayuco? -Nosotros ya dejamos eso, vivimos un nuevo futuro, yo le decía a mi hijo. Los viejos no vivían con ropas, solamente con guayuco. Mucha gente acá, tienen miedo, les da pena, nos da vergüenza usar eso”, comenta con una sonrisa nerviosa. -¿Y cuál es su religión? -Evangélicos, somos trinitarios, hijo, padre y espíritu santo. La evangelización En otra lancha llega Johana, una joven de 23 años, carga un niño de brazos y otro de cinco años. Vienen de la comunidad Yuri, a cuatro horas. Se dedica a hacer mañoco, una especie de pan elaborado de la harina de yuca, es una de las pocas cosas que aún conservan de su cultura milenaria. Habla muy bien el español y se siente orgullosa de su hijo: “Él es Johan, canta canciones cristianas en puinave, la señorita Sophia Müller las tradujo del castellano y él sabe cantar así”. Pero ¿quién es Sophia Müller, la mujer gringa de origen alemán que todos mencionan en el Guainía?  El profesor Numpaque, que se ha de dicado a estudiar los pueblos de esta región y vive en Puerto Inírida, afirma que fue "representante de la organización Misiones Nuevas Tribus. A partir de 1943, comenzó el proceso de evangelización. Esta misionera en cuatro décadas logró confirmar al Guainía, como el departamento evangélico de Colombia por excelencia. Ella aprendió las lenguas de los nativos y les impregnó símbolos escritos para traducir la Biblia en sus respectivos idiomas”. Anade el experto que “el Nuevo Testamento se tradujo en kurripaco, puinave, piapoco, sikuani, cubeo y otras lenguas. A partir de la década de los 60, empezó a fortalecerse el coloniaje que ya tenía sus raíces en los años 50 cuando, fruto de la violencia partidista, se desarrolló un éxodo masivo de personas de distintos lugares del país para poblar zonas del bajo Guainía, ríos Inírida, Guaviare y caño Guarivén, con el fin de emprender actividades agrícolas y de tipo extractivo." Johana reconoce que la evangelización se impuso sobre ellos. “Sí, es verdad, hemos perdido los bailes, los cantos, el vestuario, eso no lo utilizamos, está prohibido, nosotros nos dedicamos a la religión. Antes mi abuela finada nos contaba que ellos cantaban en su idioma canciones románticas a los hombres y a las mujeres, después ellos no le enseñaron más a los hijos y eso fue lo que perdimos”. - ¿Y por qué ya no invocan los dioses del agua, el Sol, la Luna y la Tierra? -Eso ya no, porque la religión nos prohíbe tener otros dioses ajenos. Tierra de promisión

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