Semana: ¿Por qué se esconde? Eduardo Moreno: Tuve un restaurante llamado Shayará. Hubo diferencias con mi socio, pero se sumó que la municipalidad comenzó a cobrarme impuestos altos y se convirtió en mi enemiga. Además, el odio que nuestro difunto expresidente sembró hacia los “oligarcas” empezó a afectarme. Semana: ¿Hoy dónde cocina? E. M.: En mi casa, que llamo La Isabela. Tras 23 años en restaurantes formales, todos legales, ya tenía clientes suficientes como para vivir de ellos. Semana: ¿Cómo funciona su restaurante clandestino? E. M.: Todas las semanas les mando un mail con el menú a mis amigos. Luego las reservas se hacen por teléfono. Tengo capacidad máxima para 35 personas. Cada comensal debe traer su propia bebida y paga 55 dólares por comer. Semana: ¿Hay más restaurantes de ese tipo? E. M.:Sé de dos más en Caracas. Uno se llama Cité Privé. Semana:¿Le preocupa estar en la ilegalidad? E. M.:Tengo mi propia estrategia. Los productos de India, España, Francia e Indonesia que uso los traigo en el equipaje cuando viajo. En inmigración me los abren, pero no son volúmenes grandes, están al vacío y tienen permisos sanitarios. Semana:¿Quiere politizar la gastronomía en Venezuela? E. M.:Para nada. Al contrario, mi comedor es más bien apolítico. La gente viene, se siente segura, come rico y ya. Quiero que la gente se sienta en la Caracas del pasado: tranquila, sin pugnas. Semana:¿Es verdad que incluso funcionarios del gobierno van a La Isabela? E. M.:Vienen pocas personas del gobierno y van no a quejarse, sino a comer rico. En mi casa no se ha presentado ninguna situación tensa. Cuando sirvo la comida surge un idioma universal que traspasa cualquier diferencia. Semana:¿Cómo quiere mantener la clandestinidad si aparece en medios? E. M.:Vea, yo cocino para mis amigos. Los que pueden pagan, los que no, no. Y hago lo que hago para sobrevivir en mi país. Semana: Mucha gente ha decidido irse del país. ¿Ha pensado hacer lo mismo? E. M.: A pesar de la mala situación, tengo una posición privilegiada. No estoy exento de que me maten o me roben, pero creo que hay que luchar y no irse. Creo que viene un cambio, y cuando venga podré montar otra vez un restaurante normal.