Semana: Capitán, ¿dónde está en este momento? Camilo Segovia: A la altura del Chacao, a 12 horas de llegar a Valparaíso, Chile. Le hablo desde donde están los radares y equipos de comunicación de emergencia y desde donde doy las órdenes a los timones y a las maquinarias. Desde acá yo controlo el buque. Semana: ¿Qué ve si mira por la ventana? C. S.: A babor y a estribor, por la proa y por la popa solo veo mar. Pero a 30 millas, aunque no puedo divisarla, sé que hay tierra firme. Semana: En altamar no hay policía, ni jueces, sino que todo recae en usted. ¿Cómo maneja esa enorme responsabilidad? C. S.: La organización militar no es tan rígida como se piensa. Para tener autoridad en un buque lo más importante es entender todo lo que sucede a bordo: desde el funcionamiento de la maquinaria, hasta lo que se les pasa por la cabeza a los tripulantes. Para liderar yo no intento manejar a la gente, sino trabajar con ella. Mi deber es buscar ser justo y equilibrado. De cierta forma, mi rol como capitán es el de un conciliador. Semana: Sea más concreto. ¿Un capitán debe parecerse más al líder de una democracia o a un dictador? C. S.: ¡No somos dictadores! Los capitanes somos líderes y tenemos que hacer que la gente nos siga por el bien de todos. Semana: ¿Qué puede aprender de usted un líder en tierra firme? C. S.: Vea, un capitán es un líder porque guía a los suyos con el solo fin de garantizar el bien común. Y eso es algo de lo que cualquiera puede sacar lecciones. Lo que pasa es que en un barco el bien común, en primer lugar, es la seguridad. Y eso está por encima de cualquier otra cosa. Semana: ¿Cómo enfrenta usted la llamada ‘soledad del mando’? C. S.: A mí me han preparado para dirigir y manejar esa soledad. Y eso es algo que le pasa a todo el que tiene que tomar decisiones, no solo en un barco. Yo supero esa soledad al saber que mi decisión es el producto de una labor colectiva de un equipo. Solo así estoy dispuesto a asumir enormes responsabilidades. Semana: Pero seguro le toca regañar mucho e impartir órdenes. C. S.: Yo no regaño, más bien doy consejos y asesoro. Uno aquí no puede decirle a alguien: vea, bájese y váyase para su casa. Un barco es un engranaje y si algo falla, así sea pequeño, puede llevarnos a una tragedia. Y si uno logra explicar bien eso, pues todo el mundo se va a sentir importante y responsable. Semana: El capitán de un barco tiene tanto poder que incluso puede celebrar matrimonios… C. S.: Esa es la teoría, y aplica, si acaso, solo en los barcos mercantes o turísticos porque esos navíos funcionan como si fueran ciudades. Un buque de la Armada tiene otros parámetros. Y si acá una pareja llegara a pedirme que la case, yo le diría que si de veras se aman tanto se casen en tierra firme, cerca de la familia. Semana: Al tener semejante responsabilidad, ¿pudo estar tranquilo y descansar en la Antártida? C. S.: Allá no se descansa mucho. Uno duerme cuatro horas, pero es poco plácido pues uno se vuelve muy sensible a los cambios de sonido y las vibraciones del buque. A cualquier modificación me despierto pensando que algo pasó. Semana: Usted zarpó en diciembre en la primera expedición colombiana a la Antártida. ¿No ha sido monótono estar siempre rodeado de agua? C. S.: Eso lo dicen quienes no disfrutan el mar, pero para mí es muy emocionante. El mar me enfrenta a la naturaleza y despierta en mí una sensación de aventura. Además, no solo hay mar. Están la belleza de los atardeceres, la fauna marina y la navegación astronómica que hago por las noches. Acá la vida sigue común y corriente. Nos levantamos a las siete, desayunamos, repartimos instrucciones y salimos a trabajar. Y también hay descansos para comer comida muy colombiana, conversar, ver películas, jugar o ir al gimnasio. Semana: ¿Qué sintió cuando llegó a la Antártida? C. S.: Siempre que me hago a la mar me siento feliz, pero ahora el orgullo ha sido mayor pues esta operación buscar ampliar la capacidad del país de construir conocimiento. Cuando llegué a la Antártida, me sentí en el paraíso. Respiré una paz que nunca imaginé. Además, ver ballenas y pingüinos me hizo olvidar el frío y la distancia. Semana: Ese es uno de los lugares más inhóspitos del planeta. ¿No sintió miedo? C. S.: Más que temor sentí el desafío de enfrentarme a lo desconocido. Y, sí, hubo momentos de incertidumbre como, por ejemplo, zarpar. No solo estaba dejando a mi familia, sino que tenía que responder por la seguridad de 102 personas que dependían directamente de mí. Semana: Usted lleva a bordo a más de 30 científicos colombianos que no tenían ni idea de lo que era viajar en barco. ¿Cómo le ha ido a ellos? C. S.: Ellos tienen una gran voluntad. En los embarques que hicimos en Cartagena y Punta Arena les dimos ejercicios para que se familiarizaran con la rutina, el movimiento del buque y las instrucciones de seguridad. Todo para garantizar la supervivencia, por ejemplo, si caían al agua. Y al final no hubo miedo porque sintieron confianza. Semana: Para usted como capitán, ¿cuál fue el mayor desafío? C. S.: Enfrentarme a los hielos y pensar que podíamos hundirnos si chocábamos contra los icebergs, que eran muchos y no tan pequeños como esperábamos. Semana: Ayúdele al lector a imaginar eso… C. S.: Yo quedé muy impactado cuando encontramos un iceberg más grande que Unicentro. Lo vimos primero por el radar y luego los seguimos con nuestros propios ojos, pero se mantuvo a seis millas y no tuvimos necesidad de pasarle cerca. En otra ocasión tuve que maniobrar entre dos hielos que eran tan altos como colinas. Aunque el barco estaba quieto, por el viento terminaron acercándose mucho a nosotros. Pasamos a cinco o diez metros de ellos. Semana: ¿Y no estaban los no-marineros muertos del susto? C. S.: Sí, se asustaban frente a esos bloques de hielo porque es fácil pensar que el buque puede perderse y uno puede quedar abandonado en la Antártida. Pero ellos tenían otros problemas como pasársela mareados todo el tiempo. Y un día dos investigadores se fueron a avistar animales marinos y casi se nos pierden. Estuvieron expuestos al frío extremo durante horas. Semana: Usted lleva más de 20 años en el mar. Para ese oficio se necesita tener mucha vocación… C. S.: Ser marino es un estado del alma. Me gusta navegar y llevar en alto la bandera nacional. Para hacer esto hay que tener vocación de patria y de marino. Semana: Hable de su vida. ¿Cómo supo que estaba hecho para esto? C. S.: Mi espíritu de marino no llegó por la familia. A los 15 supe que quería serlo, aunque, al ser de Bogotá, solo en vacaciones tenía contacto con el mar. Con 17 entré a la Escuela Naval de la Armada Nacional y reafirmé mi deseo. Descubrí que el mar no solo es ese lugar romántico que pintan los poetas, sino también vida, recursos naturales y una amplificación del país. Es una extensión del ser. Semana: ¿A qué se dedicaba antes de ir a la Antártida? C. S.: He estado en diferentes unidades de la Armada. En lancha patrullera de río, en lancha tipo fragata, comandando un buque pequeño en el Pacífico colombiano y patrullando el mar para proteger la soberanía y apoyar en caso de un desastre natural. Pero esta vez superé todas las expectativas. Estar más de 45 días sin tocar tierra es un récord para mí. Semana: ¿Ha tenido algún encuentro con piratas? C. S.: No, es muy difícil que los delincuentes decidan abordar una unidad de guerra. Así haya muchas anomalías en nuestra región, ese tipo de piratería no es tan sofisticada. Semana: ¿No se siente solitario cuando está en altamar? C. S.: Uno se siente pequeño, y a veces siento soledad. Pero desde el momento de zarpar los tripulantes se convierten en una familia y así el barco es una sociedad. Semana: ¿Qué piensa cuando está en el mar y oye noticias? C. S.: Antes uno se montaba en un barco y se desconectaba de la realidad. Pero eso es cosa del pasado. Incluso en la Antártida, aunque floja, tuvimos señal de internet. Cuando estoy en altamar y leo sobre lo que pasa en tierra firma solo pienso que el ser humano es un ser político. Yo también lo soy, pero como militar debo mantenerme al margen para evitar malentendidos. Lo mío es garantizar la institucionalidad.