El Gran Foro Mujeres de Foros Semana llegó a su novena edición como uno de los encuentros más importantes sobre liderazgo femenino en el país. En ese contexto conversamos con la escritora colombiana Pilar Quintana, autora de “La perra” y “Los abismos”, dos novelas que desde hace años exploran temas que hoy atraviesan buena parte de la conversación pública: la maternidad, el cuerpo, la frustración, el deseo y las contradicciones de la experiencia femenina.
“A las mujeres se les mide con una vara muy alta en todas las circunstancias de la vida”, dijo Pilar Quintana durante la entrevista.
La escritora caleña habló sobre las maternidades no idealizadas, la presión social sobre las mujeres, la vulnerabilidad detrás del discurso del empoderamiento y por qué considera que “la idea de la mujer como víctima” ya resulta insuficiente para entender la complejidad de la experiencia femenina.
En “La perra” la maternidad se siente más como presión que como deseo. ¿Ese mandato sigue operando hoy, incluso en mujeres con más autonomía?
Pilar Quintana: De la maternidad se habla, pero de la maternidad exitosa. De los procesos difíciles para llegar a quedar embarazada se habla poco o se habla bajo. “La perra” pone eso de relieve: la maternidad no es una maravilla, ni un camino de rosas, ni una experiencia satisfactoria siempre, sino que tiene tropiezos, oscuridad e incumplimientos.
La sociedad constantemente está preguntando “¿para cuándo los va a tener?”, mientras ella está pasando por un mal momento, porque está tratando de quedar embarazada y de ninguna manera lo logra.
Entonces yo me preguntaba: ¿qué le hace a una mujer esa presión por la maternidad? Pero si vos sí querés y tenés a la gente diciéndote “oye, ¿por qué no tenés hijos?”, ¿qué respondés? “Estoy tratando, pero no quedo”.
Damaris, la protagonista de “La perra”, carga una historia marcada por el abandono, la exclusión y el aislamiento. ¿Cómo construyó ese personaje?
P.Q.: A mí me interesa precisamente que los personajes se sientan reales, que sean complejos. Damaris —una mujer negra y pobre que vive aislada en la selva del Pacífico y lucha por quedar embarazada— es una mujer buena. Va por la vida queriendo hacer el bien, pero tiene un trauma muy profundo en su niñez y eso la marcó de por vida.
Quizás por ese trauma ha dedicado la vida a ser complaciente y a estar siempre bien. Limpia una casa sin que le paguen porque quiere que cuando sus dueños lleguen la reconozcan como una buena persona, pese a todo lo que le pasó.
Ella es una mujer marginada y excluida. Ha sufrido la soledad y el abandono en todos los niveles. Su papá abandonó a su mamá cuando quedó embarazada y su mamá murió cuando ella era muy joven. A Damaris la criaron unos tíos y vivía de arrimada en una casa.
Luego convive con un marido difícil, que además se va durante días a pescar. Vive en una región donde no hay hospitales, servicios buenos ni carreteras. Está aislada, rodeada por la selva y el mar, casi como si estuviera en una isla.
Eso es lo que trato de hacer cuando construyo un personaje: que tenga una historia y un contexto, como cada uno de nosotros.
En la obra pareciera que todos tienen el derecho a hablar del cuerpo de Damaris. Los cuerpos femeninos que escribe en la novela no son los de la tradición literaria masculina. ¿Por qué es importante esa diferencia?
P.Q.: Hay una particularidad en la maternidad y es que es muy mamífero. Muy físico. Y como me interesa retratar la experiencia de ser mujer, eso incluye esa parte, porque tenemos la maternidad idealizada.
Hay muchos comerciales de Johnson & Johnson donde muestran a una mamá recién parida. Una señora que está divina, flaca, maquillada, con el pelo alisado y dando tetas sonriente. Vos, que fuiste papá canguro, seguramente viste a tu hermana que estaba vuelta mierda, con ojeras, en un cuerpo que ya no era el cuerpo que conocía antes de embarazarse: gordo, sangrando. Dar teta, por ejemplo, duele mucho; fluyen maravillosamente amamantando, pero al principio es súper difícil.
Eso no lo muestran los comerciales, pero tampoco nos lo cuentan nuestras mamás, ni nuestras abuelas, ni nuestras tías. Muchas veces llegamos a la maternidad a enfrentarnos a todo eso sintiéndonos inadecuadas. Se supone que el bebé nace y una debería estar como la señora de la publicidad, sonriente, pero esa no es una experiencia real.
En “La perra” usted cuestiona la idea de la maternidad como una experiencia necesariamente feliz o deseada. ¿Por qué le interesaba explorar esa complejidad?
P.Q.: Hay una consigna feminista que dice que la maternidad será deseada o no será, que en particular me resulta problemática, porque siempre habrá maternidades no deseadas. Las mujeres pueden quedar embarazadas con condón o tomando pastillas y deciden no abortar porque no quieren, porque se dieron cuenta de que se les pasó el tiempo en el que pueden hacerlo o por sus convicciones, aunque en todos los casos se trate de un embarazo no deseado.
También habrá mujeres que soñaron con ser madres, se encuentran siendo madres y esa experiencia no les resulta satisfactoria. Y siempre habrá mujeres criando hijos en situaciones problemáticas. Me interesaba explorar eso y contar que la maternidad no es posible que siempre sea satisfactoria, ni soñada, ni buscada, ni bonita. Siempre es difícil, aun cuando es deseada y cuando quieres ser mamá y estás contenta siendo mamá.
Entonces, hay otras circunstancias donde hay gente que deseó ser mamá, que lo es y no le gustó, o gente que nunca quiso ser mamá y le toca.
Su obra muestra emociones poco aceptadas en las mujeres, como la frustración o la rabia. ¿Por qué sigue siendo incómodo reconocer esas emociones?
P.Q.: Yo creo que a la mujer, especialmente a las mujeres madres, se les exige la perfección. A los hombres y a las mujeres se nos mide con barras diferentes.
Un buen papá es un señor que cambia pañales. Nadie jamás diría de una mamá que es una buena mamá porque cambia pañales, ni siquiera porque da teta. Das alimento a tu hijo que tu cuerpo fabrica y nadie está diciendo: “Qué gran mamá, mire lo que hace”. Esto se considera normal.
En cambio, un hombre presente que baña al bebé y que le cambia un pañal es un gran papá. Entonces, a las mujeres se les mide con una vara muy alta en todas las circunstancias de la vida. Como profesionales, nosotras tenemos que ser excelsas y superiores para ganar menos que un hombre.
En “La perra” el entorno pesa mucho. ¿Cuánto cambia la experiencia de ser mujer según el lugar donde se vive en Colombia?
P.Q.: Mira que cuando yo estaba planeando “La perra” pensaba: voy a escribir sobre una mujer que quería tener un bebé y no podía, no quedaba embarazada. Entonces pensé en una mujer mestiza, como yo, del interior de Colombia, que se iba a vivir a la selva porque es medio hippie y quiere tener una existencia tranquila allá.
Pero esa historia no funcionaba, porque si esa mujer tenía privilegios, era blanca y de ciudad, ¿qué pasaba si no quedaba embarazada? Volvía a la ciudad, accedía a tratamientos de fertilidad o adoptaba.
“La perra”, como yo quería escribirla, solo podía pasar si esta mujer era pobre y negra.
Ahí me di cuenta de que no estaba escribiendo solamente sobre el deseo frustrado de tener hijos, ni solamente sobre una mujer luchando contra los elementos, sino también sobre la exclusión y el racismo sistemático.
¿El discurso de empoderamiento está desconectado de esas realidades?
P.Q.: Lo que pasa es que llega a redes sociales y a las mujeres más privilegiadas. Pero internet ha democratizado el acceso a ser escuchado.
Antes había tres medios. Entonces, en Cali, dos. Y el monopolio de esos medios estaba en la clase más privilegiada caleña, y las voces que se privilegiaban y la visión del mundo estaban mediadas por ello.
Hoy en día una mujer negra y pobre puede tener más seguidores que El País de Cali y puede poner su voz allá afuera.
Entonces yo sí creo que ha habido una revolución social muy importante a través de las redes sociales. Ahora, los cambios son lentos, pero sí hay transformaciones. Hace 30 años la empleada del servicio de mi casa no tenía acceso a la información que hoy tienen mujeres de clases menos privilegiadas.
Hoy el liderazgo femenino se muestra desde el logro. En sus libros aparece la fragilidad. ¿Qué estamos dejando de ver cuando solo contamos una parte?
P.Q.: Las mujeres empoderadas son mujeres exitosas y sí es cierto que yo pongo el ojo en otro lado.
Aunque mira que en “Noche negra” la protagonista es una mujer exitosa y fuerte. Ella es la que gana plata. Ha hecho lo que se le ha dado la gana. Nació en 1941 y fue a la universidad en una época en la que muy pocas mujeres iban; apenas estaban empezando a ir a la universidad. No se casó, no tuvo hijos.
Y de repente decide dejarlo todo para irse a construir una casa en el Pacífico colombiano con sus propias manos y con un novio extranjero. Pero apenas él tiene que irse unos días a solucionar un problema de visa, ella se queda sola y empieza a sentirse amenazada por los vecinos, que antes eran queridos y colaboradores.
Empieza a sentirse sola en la selva, a conectarse con dolores y traumas profundos, y empieza a sentirse muy vulnerable.
Yo creo que en el centro de la realidad de toda mujer hay una mujer fuerte y otra vulnerable que ha sido vulnerada.
Desde algunos discursos feministas se habla de la mujer como víctima y desde otros de la mujer empoderada y exitosa. Pero dentro de esa mujer víctima también hay una mujer muy fuerte, y dentro de la mujer empoderada también hay una mujer vulnerada. A mí me interesa integrar esas dos cosas.
En “Los abismos” aparece la mirada de una niña. ¿Qué revela esa mirada sobre el mundo de las mujeres?
P.Q.: Hay algo raro en la narradora de “Los abismos”: es una niña que no entiende muy bien lo que le está pasando.
La historia está contada desde el punto de vista de esa niña y muchas veces el lector entiende más que ella.
La novela desafía esa idea de que la infancia es el momento más feliz de la vida. Claudia empieza a descubrir que el mundo no es como creía: que hay hijos no deseados, madres infelices, deseos frustrados y oscuridades familiares.
Empieza a descubrir grietas y abismos en un mundo que antes parecía perfecto.
¿Qué experiencias o momentos de la vida de las mujeres siguen siendo incómodos o poco visibles?
P.Q.: Yo quiero hacer una exploración, creo que la he hecho durante toda mi obra, del deseo de las mujeres. Y ahora que he llegado al fin de mi vida fértil, me interesa indagar en el comienzo y el final de la fertilidad femenina.
Creo que eso sigue siendo un tema que no exploramos mucho. No entendemos bien la pubertad, la perimenopausia ni la menopausia. ¿Qué nos pasa a las mujeres ahí? ¿Y qué criaturas somos cuando somos fértiles? ¿Y qué criaturas somos cuando dejamos de serlo?
En sus libros no suaviza lo incómodo. ¿Qué pasa cuando una historia no busca gustar sino ser honesta?
P.Q.: Pues esas son las historias que yo me quiero leer y las que intento escribir.
No creo que la literatura tenga necesariamente la función de incomodar, pero a mí me interesa la literatura que pone luz sobre lo incómodo, sobre lo que no queremos mirar, sobre lo feo, lo sucio y lo doloroso.
Después de todo lo que ha escrito, ¿qué idea sobre ser mujer cree que ya está agotada, pero seguimos repitiendo?
P.Q.: A mí me parece que esa idea de la mujer como víctima está agotada. Las mujeres no somos solo víctimas.
El patriarcado no solo afecta a las mujeres, ni solamente lo ejercen los hombres. Es un sistema social que nos oprime y también nos da privilegios tanto a hombres como a mujeres.
Y a mí me gustaría que empezáramos a verlo más de esa manera.
Usted hoy es una mujer que inspira. ¿Quiénes fueron esas otras mujeres que inspiraron a Pilar?
P.Q.: Muchas, muchas. Yo cuando chiquita recuerdo a Oriana Fallaci, la periodista. Muy buena, muy atrevida. Además, era una señora que se medía con jeques, reyes y hombres de Estado. Respetadísima.
Creo que ella contradecía todo lo que planteaban que era una mujer, como las postales o las carteleras del Día de la Mujer en mi colegio: “tú que eres dulce, maternal y abnegada”. Ella no era eso.
Yo veía esas postales y luego la veía a ella y decía: “Yo quiero ser como ella”.