Las carreras de caballos más famosas del mundo se desarrollarán, por primera vez en años, sin su más devota participante: la reina Isabel II, fallecida en septiembre del año pasado.
Desde que empezó a asistir a este que es en realidad un evento real (de ahí su nombre oficial Royal Ascot), la monarca solo dejó de asistir dos veces: en 1946 y en 2020, debido al confinamiento por la pandemia.
Como lo cuentan sus biógrafos y miembros de su entorno, no había nada que la hiciera ausentarse de este evento hípico en el que se juntan las emociones de las competencias con el glamour que deben exigir los asistentes.
Pero Isabel no solo iba por diversión al espectáculo, sino que además era una de las mayores caballistas del Reino Unido, lo que reflejaba muy bien la gran pasión que sentía por estos animales.
Cuando su hijo Carlos subió al trono, se expresaron temores de que él no le diera a las carreras la misma relevancia que su madre.
Si bien es amante de los caballos y compartía la propiedad de varios ejemplares con la reina, su devoción nunca ha sido como la de ella.
Sin embargo, las dudas quedaron despejadas este martes, cuando el rey, acompañado de la reina se hizo presente en las carreras, de las cuales, por tradición, es el padrino oficial.
Así, los amantes de la tradición han dado un suspiro de alivio, pues muchos peinsan que como nuevo rey Carlos quiera dejar atrás elementos que han estado en la monarquía por años.
Como ha sido costumbre desde que la reina Anne estrenó las carreras a comienzos del siglo XVIII el primer día de los cinco días de carreras se inició con la procesión real, en la cual la familia real hizo su entrada al hipódromo en coches tipo Ascot, precisamente, tirados por equinos.
En una muestra más de que en evento sigue siendo de la mayor importancia para la realeza, el carruaje del rey y Camilla, fue seguido por una nutrida comitiva de miembros de la familia real
La princesa Ana, hermana de Carlos, su esposo Tim Laurence, su hija Zara Tindall y su esposo Mark Tindall, se contaron entre los descendientes de Isabel.
No hay que olvidar que si alguna heredó la fiebre por los caballos de su madre fue Ana, quien hasta representó a Inglaterra en los Juegos Olímpicos en las competencias ecuestres.
Zara, igualmente, tiene una carrera como equitadora.
Otra parienta del rey presente fue la princesa Beatrice de York, y su esposo Edoardo Mapelli Mozzi.
Beatrice es hija del príncipe Andrés, duque de York, a quien Carlos tiene marginado de las actividades de la monarquía por su escándalo sexual. Por supuesto, él no se presentó a las carreras.
La reina Camilla también es una gran amante de los caballos.
De hecho, biógrafos de Isabel como Gyles Brandreth, afirman que ese gusto en común permitió que ella se ganara poco a poco el favor de la monarca, quien por muchos años no quiso saber nada de ella, a causa del escándalo de su relación adúltera con su hijo.
A propósito de Camilla y su suegra, ella cada vez más se adueña de prendas que pertenecieron a su multimillonario joyero.
Si en las cenas de gala ha lucido prendas como el aderezo de zafiros y en la coronación llevó un collar de diamantes que la Isabel usó también en su ceremonia, esta vez llevó una alhaja más discreta pero con el peso de años de historia.
Se trata del broche Courtauld Thomson Scallop-Shell, un prenda en forma de concha marina y adornado con una perla.
Era una de las prendas más preciadas de la Reina Madre, la abuela con quien Carlos tuvo una relación mucho más cercana que con su propia madre.
El prendedor data de 1919 y estuvo en la familia del inventor escocés Sir Courtauld Thomson, hasta 1994, cuando su hermana, la escritora Winifred Hope Thomson, se lo obsequió a la mamá de la reina Isabel, con la condición de que pasara de reina a reina de Inglaterra.
Así se ha cumplido. En 2002, la Reina Madre se lo dejó a Isabel y esta se lo pasó a la nuera que por años quiso desterrar de la historia