Cuando Mickey Rourke apareció en la película The Wrestler personificando a un luchador retirado que debe decidir entre su profesión y su vida personal, nadie podía creer que se trataba del mismo actor que más de 20 años antes se había convertido en un símbolo sexual de Hollywood cuando protagonizó un apasionado romance al lado de Kim Basinger en Nueve Semanas y Media. Parecía, al ver al desgarbado Rourke, como si la vida y los años se hubieran ensañado con él y le hubieran rapado todos los atributos que lo habían convertido en un objeto de deseo para las mujeres y en la envidia de los hombres, que recordaban sus escenas eróticas al lado de la hermosa Basinger. Del Rourke joven y enamoradizo ya no hay rastro y ahora es otro, un hombre lleno de cicatrices físicas, símbolo de su vida turbulenta, además de las personales que lo han llenado de dolor y sufrimiento. Porque Rourke ha tenido una vida de extremos, tan cercana al estrellato como a los fracasos rotundos. Pasó de ganar más de dos millones de dólares por película a pedir prestados 100 dólares semanales para comer y pagar un arriendo. O de estar perdidamente enamorado de su ex esposa, la modelo Carré Otis, a vivir solo, rodeado de perros y sin relaciones estables en más de 13 años. Su carrera se ha caracterizado por sus decisiones intempestivas y los cambios de rumbo. Cuando tenía todo para seguir creciendo como actor y ya le predecían un éxito similar al de leyendas como Jack Nicholson y Robert de Niro, echó todo al traste. Atrás quedaron sus trabajos con directores importantes como Francis Ford Coppola y Michael Cimino y películas como Diner, Rumble Fish y Angel Heart, en las que buena parte de la crítica había sido benévola con él. Había tomado la decisión de volver al boxeo, actividad que había desempeñado como adolescente en Miami, donde creció en una familia disfuncional y en medio de la violencia callejera, las drogas y la pobreza. Convertido en un hombre impulsivo y machista, su triunfo en ese deporte no parecía una proeza difícil de conseguir. Sin embargo, cuando estaba a solo tres peleas de disputar un título de la categoría, llegó una mala noticia: tantos puñetazos le habían causado daños neurológicos y pérdida de memoria. Punto final al boxeo. Entonces, con 40 años, llegó la debacle. Tras cuatro cirugías para reconstruir su nariz y sus mejillas intentó volver a la actuación, pero pocos contaban con él. Tenía las puertas cerradas, un carácter belicoso que no caía bien en Hollywood y su máximo activo, su cara, se había desfigurado radicalmente. Ya no era el galán de antes. “Lo perdí todo: mi casa, mi mujer, mis hijos y mi carrera”, afirmó alguna vez para referirse a una época que bautizó como un “hoyo negro”. Desde entonces, su lucha no ha sido en el ring, como ocurría antes, y ni siquiera ha utilizado sus puños, pues lo que ha buscado es resarcir sus errores del pasado y comenzar de nuevo en la industria del cine. Por eso aceptó algunos papeles secundarios, como en Sin City y en Stormbreaker, antes de darle a su vida un nuevo cambio radical. Este llegó de la mano de Darren Aronofsky, el director de películas como Pi y Réquiem por un sueño, quien le confió el papel principal de The Wrestler a pesar de que cuando los productores se enteraron de que Rourke haría de protagonista dejaron de financiar el proyecto. Pero él éxito llegó de todos modos: un león dorado en el Festival de cine de Venecia (mejor película), un Globo de Oro a mejor actor, el premio de la Academia Británica de las Artes Cinematográficas y de la Televisión en la misma categoría y la nominación a los Oscar. “Es una segunda oportunidad después de haber destruido mi carrera durante quince años. He salido de la oscuridad”, afirmó cuando recibió en Londres el Bafta. Sin duda, después de su caída libre, los triunfos con The Wrestler bien pueden significarle la resurrección en el mundo del cine, especialmente si logra el disputado Oscar a mejor actor, el 22 de febrero. Pues, aunque le falta demostrar que se puede mantener como protagonista de Hollywood, lo cierto es que ha sentado un precedente positivo con un papel que, más que cualquier otra cosa, es una metáfora de su propia vida. “Yo sé lo qué se siente. Randy era alguien hace 20 años, al igual que Mickey Rourke”.