El cambio climático dejó hace mucho tiempo de ser una advertencia científica para consolidarse en una crisis con repercusiones directas en la vida diaria de los colombianos. El aumento de temperaturas y las alteraciones en las lluvias han traído algunas de las consecuencias más evidentes.

El primer trimestre de 2026, por ejemplo, tuvo precipitaciones que superaron los patrones históricos del país, según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), y que dejó miles de damnificados por deslizamientos, inundaciones, desbordamientos de afluentes y mar de leva, así como incremento de enfermedades como afecciones respiratorias y gastrointestinales asociadas a la contaminación del agua.

Y la temporada de sequías, una de las responsables históricas de incendios forestales, deterioro en la calidad del aire o escasez de recursos hídricos, podría intensificarse en 2026. De hecho, algunas ciudades tendrán picos históricos de calor en mayo. Lugares como Cartagena podrían rondar los 40°C en sensación térmica, aumentando el riesgo de saturación del sistema de salud por afectaciones como golpes de calor y deshidratación.

Hay otro efecto delicado por el aumento de temperatura y lluvias: la propagación de enfermedades transmitidas por mosquitos como dengue, malaria o fiebre amarilla. Según el Instituto Nacional de Salud (INS), Colombia registraba, hasta abril, más de 30.000 casos de dengue, con ocho muertes confirmadas en el año. Además, las condiciones han favorecido la expansión del mosquito transmisor hacia municipios donde antes la enfermedad era poco frecuente, incluyendo zonas de alta montaña como Manizales o Tunja.

La malaria también sigue siendo una amenaza. Datos del INS indicaron que, al término de abril, el país rozaba los 15.000 casos con cuatro muertes anunciadas en 2026. Chocó, Antioquia y Córdoba concentraban gran parte de los contagios. Además, en el mismo periodo se habían reportado, por fiebre amarilla, más de 600 casos probables –38 confirmados– y 15 muertes. La mayoría de los casos procedían del Tolima y poblaciones rurales dispersas con acceso limitado a puestos de salud.

Hay otros impactos para la salud que no son tan mediáticos. Por ejemplo, algunos pueblos indígenas de la Amazonia, La Guajira, el Pacífico o la Sierra Nevada han visto cómo las alteraciones del clima han afectado, además de caminos, disponibilidad de agua y seguridad alimentaria, plantas medicinales utilizadas ancestralmente para tratar enfermedades, una situación alarmante considerando las barreras geográficas y sociales que estos grupos han tenido históricamente para acceder a centros de salud.

Y otro impacto del que poco se habla está relacionado con la salud mental. El término ‘ecoansiedad’ se popularizó desde su implementación por la Asociación Americana de Psicología en 2017. Se refiere a la preocupación intensa por la crisis climática, que genera sentimientos de impotencia, angustia y desesperanza frente al futuro.

En Colombia hay muchos motivos que los disparan además de las ya mencionados: desde deterioro de los ecosistemas por contaminación, urbanización desordenada, deforestación, tala ilegal y actividades extractivistas, hasta disminución de glaciares, páramos, fuentes hídricas, humedales, manglares y fauna fundamental para la conservación del ambiente como delfines rosados, jaguares o cóndores.

El lado positivo es que la ‘ecoansiedad’ también es descrita como señal de una mayor conciencia ambiental y de una reacción colectiva en crecimiento frente a una crisis ambiental cada vez más palpable.