La universidad está llamada a convertirse en elprincipal motor de transformación del Estado y del tejido empresarial, dice Jaime Alonso Restrepo Carmona, director ejecutivo de Rotorr-Motor de Innovación, una spinoff de la Universidad Nacional de Colombia, sin ánimo de lucro y naturaleza pública, anclada al sector de la economía social y solidaria.
Su existencia se justifica en la necesidad de impulsar la innovación, la transferencia de conocimiento y el emprendimiento, en línea con las tesis del “Estado Emprendedor” de pensadoras como Mariana Mazzucato. Su director habla del tema.
¿Cómo aporta la academia a los procesos de innovación empresarial?
Jaime Restrepo: Al calor de las revoluciones industriales, el Estado exigió a la universidad que la ciencia resolviera problemas reales. A finales del siglo XIX, en la gestación de la Segunda Revolución Industrial, la universidad se convierte en un eje de desarrollo de EE. UU., recurriendo a la investigación aplicada para desarrollar nuevos inventos; es así como se vuelve un proyecto de Estado, y de la mano de la I+D+i, se da un salto a la Tercera Revolución Industrial durante la segunda mitad del siglo XX, entrando aceleradamente en la Cuarta Revolución Industrial, en donde se forja una competencia entre máquinas y humanos debido a la automatización y la inteligencia artificial.
En nuestro país, La historia de la Facultad de Minas es, en rigor, el relato de la industrialización colombiana. Existe un vínculo genético con la Universidad de California, Berkeley, que definió el rumbo de la ingeniería nacional; esta conexión nació en 1887, cuando Tulio y Pedro Nel Ospina fundaron la institución bajo el modelo Land-Grant: una educación pragmática, con respaldo estatal y estrechamente ligada al sector productivo.
Bajo la consigna “Ciencia y Experiencia” y el impulso de figuras como Alejandro López, la Facultad introdujo el taylorismo en el país. En el contexto antioqueño, el ingeniero no se distanció del obrero, sino que profesionalizó su labor para fomentar el ascenso social. Esta filosofía no solo formó “capitanes de industria” que lideraron empresas como EPM, Argos y Bavaria, sino que permeó el Estado. Durante la “Prosperidad a la brava”, el presidente Pedro Nel Ospina tradujo la ingeniería en instituciones como el Banco de la República. En última instancia, la Facultad de Minas obró un milagro político: armonizó la disciplina conservadora con el progreso liberal a través del lenguaje común de la ingeniería aplicada.
¿Cómo avanza Colombia en la medición sistemática de la innovación?
J.R.: Vamos por buen camino. En 1968 se creó Colciencias (hoy Minciencias), en 2005 se formalizó la medición de la innovación empresarial a través del DANE y hace diez años la ANDI y Revista Dinero lanzaron el Ranking de Innovación Empresarial. Son herramientas importantes, pero no podemos parar.
¿Qué se ha logrado hasta el momento con este recorrido?
J.R.: Los datos de la edición 2025 son esperanzadores y desafiantes: las empresas evaluadas invirtieron en promedio el 9,3 por ciento de sus ventas en ciencia, tecnología e innovación, y obtienen el 17,2 por ciento de sus ventas a partir de productos o servicios nuevos. No obstante, el país sigue invirtiendo apenas el 0,28 por ciento de su PIB en ciencia y tecnología y ocupa el puesto 71 de 139 en el Global Innovation Index 2025 de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual.
¿Qué se puede hacer?
J.R.: La innovación, la transferencia de conocimiento y el emprendimiento asumen un papel protagónico. El conocimiento se materializa en patentes, incubadoras, startups y spinoffs. Entramos en la batalla para lograr que el dinero y la riqueza dejen de ser un tabú académico para entenderse como un medio que alcanza fines superiores, el de formar profesionales de alta calidad, generar nuevo conocimiento, propiciar el bienestar social y la felicidad.
¿Cómo describiría la estrategia de las empresas que avanzan y entran en los ranking de innovación?
J.R.: Los Inventores apuestan por la investigación y el desarrollo: tienen doctores trabajando en innovación y publican ciencia. Los Rebeldes tienen vocación disruptiva, adoptan rápido tecnologías emergentes como la inteligencia artificial e impulsan a sus equipos para que emprendan internamente. Los Visionarios trabajan en innovación abierta, articulan financiación pública y privada y desarrollan talento propio. Y los Héroes se dedican a la innovación social, con foco en comunidades vulnerables y articulación de recursos públicos, privados e internacionales para generar impacto colectivo.
¿Cada empresa suele tener un arquetipo dominante?
J.R.: No necesariamente. La particularidad de Rotorr, por ejemplo, es que encarna los cuatro arquetipos del ranking al mismo tiempo. Como spin-off de la Universidad Nacional lleva en su ADN la lógica de investigación rigurosa de los Inventores. Como organización opera con la disrupción de Los Rebeldes. Como articuladora de la cuádruple hélice universidad-empresa-Estado-comunidad, es uno de Los Visionarios más activos del país. Y por su operación en cinco laboratorios de paz, con comunidades indígenas y campesinas en territorios donde el mercado todavía no llega, encarna sin esfuerzo a Los Héroes. Esa convergencia no es accidente. El modelo Rotorr fue diseñado para producir.
¿Cómo se refleja la inclusión en programas de innovación?
J.R.: Rotorr, como organización sin ánimo de lucro, no busca maximizar utilidades, sino generar rentabilidad social, económica y ambiental. Y, en línea con la tesis de Mariana Mazzucato sobre el Estado emprendedor, opera como vehículo para que la inversión pública en innovación se ejecute con disciplina y trazabilidad.
¿Cuáles han sido los resultados de Rottor?
J.R.: En sus tres primeros años de operación, Rottor ha gestionado más de 500.000 millones de pesos en proyectos de ciencia, tecnología e innovación,zonas donde la institucionalidad pública llega tarde. Hemos articulado a más de 200 aliados entre universidades, empresas, fondos de inversión, comunidades indígenas y campesinas, y entidades del Estado y hemos operado cinco laboratorios de paz en territorios que el mercado todavía considera demasiado riesgosos.
*Contenido elaborado con el apoyo de Rotorr