Hacía rato no llegaba a la cartelera cinematográfica colombiana una película tan sombría y triste como Hana-bi, del director japonés Takeshi Kitano. Escrita y protagonizada por el mismo Kitano, la cinta cuenta la historia de un violento _aunque lacónico y taciturno_ policía que se enfrenta a sus propias miserias del destino: la muerte de su pequeña hija, la enfermedad terminal de su esposa, la invalidez y posterior suicidio de uno de sus compañeros y el asesinato de otro de los suyos. Semejante drama, que no le da respiro a la tragedia de su protagonista, está cruzado, para marcar aún más la paradoja existencial, de un humor cargado de crueldad. Por medio de sucesivos saltos en el tiempo narrativo y de hermosas y sugerentes secuencias pictóricas la película va hilvanando varias historias paralelas, pero sobre todo dos: la del policía, que frente a la suerte de calamidades reunidas _a la que se suma una deuda monetaria a una peligrosa banda de mafiosos_ decide que lo mejor es asaltar un banco; y la de su compañero inválido, quien una vez caído en desgracia pone a funcionar su verdadera pasión vital: convertirse en pintor. En la película de Kitano los parlamentos parecen estorbar ante la elocuencia de las imágenes. El rostro impávido de Kitano traza desde el comienzo el designio de una cinta que no ofrece ni una sola oportunidad a la sonrisa de sus protagonistas. Ni siquiera durante las secuencias del viaje lastimero del policía y su esposa, en medio del cual cualquier asomo de sonrisa, ocasionado por las pequeñas desgracias cotidianas, es sólo una afirmación de la derrota; o mejor, del triunfo de una soledad capaz de consumir hasta la autoaniquilación. Independientemente de la serie de lecturas que pueda suscitar la película hay una que llama poderosamente la atención. Kitano no tiene contemplación alguna con su personaje. La agresividad incontenida, las soluciones de facto que salpican de sangre la pantalla como un alarido de impotencia frente a la adversidad no pueden ser sino el desenlace lógico en la existencia de un hombre que, como aquel policía recio e impenetrable, ha vivido por y para la violencia. Escalofriante, cínica, pero sobre todo colmada de desolación, la cinta de Takeshi Kitano irrumpe con fuerza inusitada en el panorama de la nueva cinematografía japonesa.