Yidis Medina, una desconocida política del Magdalena Medio y quien el año pasado se quemó como candidata a la alcaldía de Barrancabermeja, nunca pensó que sobre sus hombros recayera una de las decisiones que puede cambiar el rumbo de la política colombiana. Su voto fue el que inclinó la balanza a favor de la reelección presidencial en la comisión primera de la Cámara, en una apretadísima votación. Cuando la máxima aspiración de esta novata en política podía ser tomarse una foto con el Presidente, en sólo dos días fue el centro de atención de la alta cúpula del gobierno. El primer mandatario la invitó a desayunar a Palacio y el Ministro del Interior le hizo antesala para poder reunirse con ella. Pero su decisión no fue nada fácil y estuvo llena de angustia, dilemas y presiones. La tensión que vivió la representante la semana pasada en torno al tema de la reelección también la sufrieron el Congreso y el gobierno. En Palacio se durmió poco. Sobre todo cuando el martes en la tarde el proyecto estaba hundido. En el Congreso, la bancada uribista pedía auxilio ante la inminencia de la derrota. Y los académicos e intelectuales citados a la Cámara le echaban sal a la herida. En sus intervenciones no ahorraron adjetivos y acudieron a toda suerte de argumentos para demoler un proyecto de reelección hecho a la medida del Presidente. Tan seguro era el hundimiento de la reelección que el martes por la noche 18 parlamentarios opositores -que constituían la mayoría- se reunieron en la casa de la representante liberal Clara Pinillos para sellar en un documento lo que se perfilaba como la segunda gran derrota del presidente Uribe después del referendo. Este momento quedó inmortalizado en una foto en la cual las sonrisas de los parlamentarios no disimulaban su exceso en confianza. Pero en política el que ríe de último ríe mejor. Mientras los parlamentarios de oposición brindaban al norte de Bogotá, en la Casa de Nariño refinaban sus estrategias en medio del nerviosismo. Lo que no se imaginaron los entusiastas opositores es que los alfiles del gobierno estaban dirigidos a voltear al menos dos de los parlamentarios que festejaban esa noche la derrota del Presidente. Las trasnochadas en Palacio no fueron en vano: en esa última cena hubo dos Judas. Yidis Medina, quien justificó su cambio de voto a favor del proyecto diciendo que "Dios la había iluminado" en una especie de acto de revelación divina. Y Teodolindo Avendaño, representante conservador del Valle del Cauca, quien misteriosamente desapareció el día de la votación. A algún uribista se le oyó decir "lo mandamos pa' Cali". El miércoles, desde las primeras horas de la mañana, Palacio desplegó todas sus baterías y estaba decidido a jugarse el todo por el todo. Para ver las caras de quienes estaban a su favor y convencer a los indecisos, el presidente Uribe invitó a desayunar a 18 representantes. Entre ellos estaba la parlamentaria Medina. Mientras el Presidente, visiblemente preocupado, imploraba a los dudosos apoyar el proyecto, se calentaban los ánimos entre los 16 parlamentarios opositores que se encontraban en la comisión. Allí, el más enfurecido fue el representante del Polo Democrático, Germán Navas, quien preguntaba ante el micrófono las razones por las que más de la mitad de la comisión estaba en Palacio. "Los parlamentarios ausentes se están volviendo empleados de Palacio", vociferaba. Pero para Yidis Medina el desayuno no fue suficiente. Horas después, el ministro del Interior, Sabas Pretelt, la visitó en su oficina. Esa noche por fin durmió tranquila y convencida de que votaría a favor. Felices sueños que, según varios de los opositores, estuvieron adobados por una tibia manzanilla del Ejecutivo. Ella misma dice que consiguió más inversión para su región del Magdalena Medio, pero en los pasillos uribistas se dice que el primero de su lista, Iván Díaz, consiguió además nuevos espacios de poder. El jueves, a pesar de 13 horas de intervenciones eternas, en las que se citó desde Rousseau hasta Robespierre, la fluida moderación del presidente de la comisión, Tony Jozame, permitió que el debate no se fuera hasta el otro día. Pero, excepto el factor tiempo, ninguna de las posibles maniobras de los opositores intranquilizó a los uribistas. Ellos lo único que querían era votar rápido. Su calma no era gratuita: estaba asegurado el voto de la representante Yidis, a quien al filo de la medianoche se había ganado un merecido apodo entre los uribistas más insignes: 'Santa Yidis'. 'Santa Yidis' para los uribistas y Judas para los opositores, pero el hecho es que sin su conversión, la votación no habría podido quedar 18-16 a favor de la reelección. Todos a la derecha En la Casa de Nariño respiraron aliviados. Miles de colombianos también. Ya que la gran mayoría quiere a Uribe para rato. En una encuesta contratada por SEMANA y realizada por Gallup Colombia el pasado 2 de junio en las cuatro principales ciudades del país, si las elecciones fueran el próximo domingo Álvaro Uribe arrasaría con 71 por ciento de los votos. El segundo candidato que le seguiría sería Horacio Serpa, a 66 puntos de distancia. Si los tres últimos ex presidentes pudieran competir con Uribe y los demás aspirantes, en este momento no le harían ni cosquillas. De nuevo el actual Presidente tendría 71 por ciento de los votos, contra 2 por ciento de César Gaviria y ninguno de Andrés Pastrana ni de Ernesto Samper. La razón que más pesa para reelegir a Uribe es la percepción de la gente de que la seguridad ha mejorado bajo su gobierno (36 por ciento). En segundo lugar los partidarios de Uribe dicen que quisieran votar por él por su liderazgo personal y compromiso (26 por ciento). También es importante la visión de que lucha contra la politiquería. Curiosamente la gente valora menos sus logros económicos y sociales. Ahora, si por alguna razón Uribe no pudiera ser candidato en 2006, las votos que hoy lo favorecen se dispersarían entre los que siguen. Prácticamente quedarían empatados Enrique Peñalosa, con 15 por ciento, y Horacio Serpa y Noemí Sanín con 14 por ciento. Detrás de la popularidad de Uribe se asoma un país que se ha desplazado considerablemente hacia la derecha. Dos de cada tres personas preferirían tener menos democracia pero mayor crecimiento económico y un 71 por ciento opina que es mejor tener más seguridad, aunque haya menos libertad. Estas respuestas reflejan de manera dramática cómo los colombianos están cansados de la inseguridad y preocupados por el estancamiento económico y el desempleo. De ahí que parezca contradictorio que la misma encuesta refleje que más colombianos quieran hoy encontrarle una salida negociada al conflicto con la guerrilla (56 a favor y 38 por la opción únicamente militar); hace menos de dos años, al asumir Uribe la Presidencia, la proporción era inversa: 59 quería una solución militar y 36, diálogo. ¿Por qué? Una posible explicación es que el optimismo que han generado los resultados de la política de seguridad hacen que la gente crea que el gobierno debe darle paso a la negociación. Es sin embargo importante resaltar que entre quienes prefieren negociar la paz con la guerrilla disminuye un poco la popularidad de Uribe, y en cambio aumenta algo la de Serpa. No sucede lo mismo con la opción de encontrar la paz con los paramilitares a través de la negociación. En este grupo, Uribe es igualmente popular. Es que una amplia mayoría de los colombianos, 65 por ciento, cree más en los diálogos para la paz con los paras que en enfrentarlos militarmente. Es entonces claro que alrededor de dos terceras partes del país quieren hoy reelegir a Álvaro Uribe porque confían en su liderazgo y en su capacidad para mejorar la seguridad. Entre los que valoran más la seguridad que las libertades y el progreso económico más que la democracia, Uribe es más popular. Pero también es evidente que la tercera parte de la opinión de las cuatro grandes ciudades es abiertamente opositora de Uribe y valora más la democracia y la libertad. Entre estos, a la pregunta de qué les impediría votar por Uribe si las elecciones fueran hoy, el 24 por ciento dice que no tiene política social, el 19 por ciento considera que su política de seguridad terminará exacerbando la violencia y el 17 por ciento cree que no es sano que el Presidente cambie las reglas de juego para favorecerse. Esta oposición con seguridad va a hacerse sentir en el Congreso con sus representantes del liberalismo y de la izquierda. El gobierno tendrá que enfrentarlos de nuevo en los siguientes debates legislativos al proyecto de reelección. Camino culebrero Todavía le quedan cinco debates al proyecto que, por tratarse de una reforma constitucional, necesita dos vueltas. Dentro de una semana empezará a discutirse en la plenaria de la Cámara y si allí logra salir invicto, desde el próximo 20 de julio tendría que pasar otra vez por las comisiones primeras y las plenarias de Senado y Cámara. Los uribistas creían que los obstáculos de la comisión primera de la Cámara eran los más difíciles de sortear en la frenética carrera por la reelección. Pero quedan muchos premios de montaña por competir y el camino es tortuoso para llegar a la meta. En la plenaria de la Cámara el terreno será menos difícil que en la comisión porque allí cuenta con una mayoría oficialista. Sin embargo las cuentas a favor de la reelección aún no están firmes y lo más seguro es que, nuevamente, los indecisos esperen hasta el último momento para así cotizar su voto. Ya vieron que el gobierno, por lo menos en algunos casos, está dispuesto a pagarlo. Los adversarios de la reelección acudirán a toda clase de artificios para trancar el proyecto. Entre ellos, harán nuevos intentos por recusar ante la Comisión de Ética a aquellos parlamentarios que tengan parientes en el gobierno o en el servicio exterior. Con eso no le quitarían argumentos a la iniciativa, pero sí le podrían robar el tiempo que necesita para ser discutida. Con lo que aprendieron en la comisión, los representantes que hasta el último momento guarden en secreto su voto presionarán más por tener ganancias burocráticas. De repetirse la historia de los debates pasados, hasta el día en que se venza el plazo para votar habrá un desfile de representantes esperando a que el Presidente los invite a tomarse el café de la seducción. Por eso, Uribe y sus coequiperos tendrán que mover bien sus fichas del tablero para que el proyecto prospere. Y van a afinar sus varias estrategias. La más importante, reforzar el efecto 'bola de nieve'. En tono conciliador, el Ministro del Interior, los asesores presidenciales y los parlamentarios uribistas seguirían persuadiendo a los enemigos del proyecto, mostrándoles las ganancias electorales que tendrían al apoyar la reelección. Es cierto que las encuestas son como la espuma y cambian de un día para otro. También lo es que un buen parlamentario no debe seguir sólo lo que le indiquen las mediciones de popularidad. Pero según dos encuestas recientes contratadas por el Instituto de Ciencia Política, el 60 por ciento de los colombianos no reelegirían a un congresista que votara negativamente la reelección. Como la principal preocupación de los políticos profesionales suele ser seguir en el poder, la popularidad de la reelección puede incidir en el guiño parlamentario a favor del proyecto. Más allá de la dictadura de las encuestas, lo cierto es que para aquellos representantes que no pertenezcan a partidos con solidez electoral como el Polo Democrático y el Partido Liberal, no apoyar la reelección podría tener costos políticos importantes. En los cuatro debates que se harán en el segundo semestre del año la iniciativa tendrá que aprobarse por mayoría calificada. Es decir, por la mitad más uno de todos los senadores y representantes y no sólo de aquellos que forman el quórum en las sesiones. Esto, sumado a que los parlamentarios indecisos por conveniencia aumentarán la tarifa de su voto, hará más duras las negociaciones. El gran reto de Uribe estará en negociar sin comprar el Congreso. En maniobrar sin puestos y en convencer sin clientelismo. Al fin y al cabo casi uno de cada cuatro ciudadanos que lo apoyan lo hace porque confía en que no cede ante la politiquería. Si el presidente Uribe otorga concesiones burocráticas, la opinión podría quitarle el apoyo que le ha dado por su imagen de independencia. Entonces, podría sufrir un efecto contrario al de su anterior campaña, cuando saltó de mayo de 2000 al día de la elección en 2002 del 7 al 53 por ciento de la intención de voto. Sólo que esta vez tiene que mostrar resultados y no solo prometer buenas ideas, porque a dos años exactos de las próximas elecciones, de tener el 75 por ciento de apoyo podría pasar a tener muy poco. En el Congreso hay un dicho según el cual a ningún gobierno se le niega la primera vuelta. En el segundo semestre los colombianos comprobarán si esta sarcástica expresión es la premonición de un debate fatal para el Presidente, o si quienes se la inventaron se tendrán que comer sus palabras.