Reconoce que su particular forma de hablar, sumada a una serie de malos entendidos al principio de su gestión, lo pusieron contra las cuerdas. Se estaba jugando su prestigio profesional y personal en la tarea de dirigir el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), la entidad encargada de, como él mismo lo dice, decirle realmente al país lo que está pasando en materia económica, de empleo, pobreza y precios. Juan Daniel Ovideo llegó al Gobierno del presidente Iván Duque el mismo 7 de agosto de 2018. Se conocieron cuando el primer mandatario fue senador de la Comisión Tercera de asuntos económicos. Allí acudía Oviedo como asesor de la también senadora María del Rosario Guerra, con quien tenía una amistad de años por razones estrictamente académicas: había sido muy cercano a ella cuando fue decana de economía y vicerrectora de la Universidad del Rosario, en donde el hoy director del Dane era profesor y graduado de Economía. Después, Oviedo viajó a hacer el doctorado en Economía en la Universidad de Toulouse en Francia y volvió al país para ser asesor de la entonces ya ministra de Comunicaciones. Así que su nombre salió casi que naturalmente como candidato para dirigir el Dane. Ya en el cargo, la opinión pública empezó a identificarlo por su particular modo de hablar. Él mismo dice que muchos simplemente lo reconocen como un “gomelo”. Lea también: El 88,4% de los colombianos no tiene dinero para salir de vacaciones Luego vinieron varios episodios que lo pusieron contra las cuerdas entre los expertos. Primero fue el Censo. Ovideo tuvo que salir a explicar por qué razones consideraba que era necesario hacer ajustes en el procedimiento censal. El anterior Gobierno había iniciado el conteo de población en medio de enormes dificultades fiscales que pusieron muy apretado el presupuesto para esta iniciativa. “Era un procesos altamente tercerizado”, dijo. Cuando hizo el anuncio sobre los ajustes, se ganó muchas críticas y hasta lo acusaron de ser un “uribista con retrovisor”, porque, decían sus críticos, solo quería cambiar todo para proyectar una imagen de gestión. Pero era necesario gestionar y calibrar el operativo censal para que el resultado fuera el más cercano a la realidad. Cuando se conocieron las cifras vino otra polémica: el país no tenía 50 millones de habitantes, sino 48,2 millones. Eso afectaba los cálculos para temas sensibles como las transferencias del gobierno central, por ejemplo. Entonces, tuvo muchas dificultades con alcaldes, como el de Soacha, y gobernadoras, como la de Valle del Cauca, que, sobre la base de las proyecciones del anterior censo, creían que tenían derecho a acceder a más recursos para sus regiones. Le tocó hacer toda una gestión para que le creyeran al censo y entendieran que su papel era estrictamente técnico. “Lo único que yo tengo es mi reputación profesional y personal. Yo era consciente de que en el Dane me la estaba jugando toda. Entonces, mi propósito era dejar el censo con el mayor nivel de precisión y nos valimos de demógrafos reputados; creamos un comité de expertos; pedimos ayuda del BID, del Banco Mundial, de la Cepal, para asegurar el cierre preciso”. Lo logró. Finalmente, el debate sobre el censo quedó superado y ha sido un insumo clave, incluso durante la pandemia. Pero las polémicas no cesaron. Luego vinieron las cifras del PIB. Hubo dos inconvenientes: primero, la necesidad de que las entidades públicas incorporaran a sus balances las normas Niif lo llevó a anunciar que las cifras del PIB se demorarían 15 días más. Tradicionalmente se conocen el 15 de febrero de cada año y fue necesario en 2019 correrlas para el 28. “Muchos pensaron: ‘este gomelo que cree que todo está mal, que todo lo cambia, ahora no puede dar las cifras del PIB’”, recuerda.
El segundo inconveniente vino cuando recibió las cifras, pues era necesario anunciar un ajuste a los resultados de 2017, porque la reforma tributaria, que cambió la tarifa del IVA, afectaba los resultados definitivos. Al informar que el crecimiento de 2017 ya no era del 1,8%, sino del 1,4%, de nuevo le llovieron críticas. Sin embargo, otra vez tenía la razón. “Creo que una de las grandes lecciones es que siempre será mejor para una institución como el Dane decir las cosas cuando hay errores o ajustes y corregir”, explica. Lea también: Colombia perdió 730.000 contratos laborales en septiembre Luego llegó la pandemia y tuvo que adaptar una entidad de 1.371 empleados y 3.000 contratistas para trabajar de manera remota: buena parte del trabajo del Dane es en la calle, preguntándole a la gente si tuvo trabajo o no y averiguando los precios de las cosas. Él dice que lo logró y que durante la pandemia pudo garantizar la continuidad de las estadísticas. También se le ha ponderado que le haya dicho al país verdades que duelen: que en materia de pobreza Colombia no había avanzado como se pensaba y que las brechas de género son mucho más agudas por cuenta de la pandemia. Además, ha incorporado otros estudios como el Pulso Empresarial y el Pulso Social. “Esto han sido cinco doctorados, porque he aprendido de todos los temas: laboral, macro, precios, productividad. He entendido cómo las estadísticas visualizan todos los fenómenos sociales, económicos y ambientales”, explica. Reconoce que ha tenido que administrar una entidad que ofrece un servicio público, las estadísticas de un país, en medio de una paradoja: debe ser independiente, aunque es una pieza más del gobierno de turno. Cree que lo ha logrado con éxito y que eso explica que hoy la gente les crean a él y al Dane. Oviedo se ha ganado un espacio en el corazón de la gente y ha fortalecido la credibilidad de la institución. Prueba de ello es el resultado del Panel de Opinión de la firma Cifras & Conceptos, donde quedó junto con el Ministro de Comercio Exterior y el Banco de la República como las instituciones con mayor credibilidad. Es la primera vez que un director del Dane está allí. Nadie contaba con eso.