En noviembre de 2003 el joven pianista Lang Lang ofreció su primer recital en el Carnegie Hall de Nueva York. La ocasión era muy esperada por los amantes de la música clásica, que estaban familiarizados con la historia: el prodigio chino que a los 13 años tocaba todos los 24 estudios para piano de Chopin y que captó la atención del mundo a los 17 cuando, a último minuto, tuvo que reemplazar a André Watts tocando el Concierto para piano no. 1 de Tchaikovsky, en el Festival de Ravinia. A pesar de todo, muy pocos estaban preparados para lo que fue aquel recital neoyorquino: una original mescolanza de Haydn, Schumann y Schubert que incluso el diario The New York Times, que suele ser abierto de ideas, calificó de “incoherente”. Hoy, 15 años después de aquel concierto, uno vuelve a escuchar la grabación y ya no suena tan ofensiva. Arriesgada sí, pero no ofensiva. Sobre todo hay dos decisiones memorables: incluir Recuerdos en acuarela, una obra de su compatriota Tan Dun, y llamar a su padre para que lo acompañara en la pieza tradicional Caballos. El padre de Lang Lang también es músico: toca un antiguo instrumento llamado erhu, un violín de dos cuerdas cuya edad se calcula en 1.000 años. De esa exótica manera Lang Lang cumplía un deseo, expresado unos meses antes en una entrevista para la prensa inglesa: “De verdad me gustaría tocar música china en las salas de concierto. Si puedo llevar unas pocas piezas al momento del bis, como sorpresa, sería algo nuevo e inspiraría a muchas personas”. Esas piezas chinas que él ha llevado a sus recitales ayudan a poner toda la música en una perspectiva distinta. Aunque nosotros los occidentales vemos la música de Chopin y sus colegas como parte de una antigüedad romántica, no es nada vieja comparada con la música cuyas raíces pueden rastrearse hasta los tiempos de la dinastía Song (como es el caso de Caballos). Bajo esa óptica entendemos mejor el entusiasmo, la energía, el furor con que el pianista chino ha llegado a apropiarse de la música clásica occidental. Lang Lang nació hace 36 años en Shenyang. Según el mito urbano, tuvo una revelación siendo muy niño, cuando vio a Tom y Jerry, el gato y el ratón de los dibujos animados, tocando la Rapsodia Húngara no. 2 de Liszt. El mito puede ser cierto, ya que efectivamente estos personajes tocan la obra en el cortometraje El concierto gatuno. O para ser exactos, el gato se sienta al piano e intenta llegar al final de la obra mientras el ratón busca sabotearlo todo el tiempo. Pero nos desviamos del tema; lo cierto es que Lang Lang, como muchos de su generación, llegó a la música clásica por la vía de la cultura popular. A pesar de que después vinieron la formación académica, el conservatorio, las serias competencias internacionales (como el Concurso Tchaikovsky que ganó a los 13 años), hay algo en sus interpretaciones que mantiene ese espíritu primordial. Hay algo del gato Tom en esa manera física, casi teatral, que tiene de tocar con la cabeza hacia atrás y los brazos estirados. Por no hablar de las chaquetas brillantes que suele usar y del cabello puntiagudo peinado hacia arriba como un personaje de caricatura oriental. Lea también: La irrupción (a las patadas) del cine hongkonés en Occidente Todo ese espíritu emerge también en sus discos. A finales de 2012, cuando lanzó su disco The Chopin Album, se refería con total entusiasmo a esta música y a esta época en una entrevista para la revista Gramophone: “Pienso que en el siglo XIX todos esos compositores románticos, Chopin, Liszt, Schumann, estaban tan abiertos a la vida y a la experiencia que buscaban expresarlo todo a través de la música. Parece que fue un tiempo increíble para estar vivo”. Esa grabación, dicho sea de paso, marcó para varios críticos musicales el inicio de una nueva etapa. El pianista acababa de cumplir 30 años y la comentarista Emma Baker se arriesgó a decir que ahora se oía “más lúcido, más controlado y más poético”. Puede ser. Pero en enero de 2017 volvió a su faceta provocadora cuando se presentó, con todo y su piano Steinway, en un concierto en Beijing al lado de la agrupación Metallica. Lo peor que le puede pasar a la música clásica es caer en el letargo, perder el factor sorpresa. Por fortuna existen figuras como Lang Lang que evitan que esto suceda. * Periodista cultural y escritor.