Su obra, dijo en una entrevista con Efe hace algunos años, "está marcada por el asombro", que definía como "el encantamiento" desde el cual escribía. Rojas sostenía que no era necesario versificar para ser un poeta del asombro y consideraba como tales al pintor chileno Roberto Matta y al escritor mexicano Juan Rulfo, "que no escribieron ningún verso, pero el asombro los hizo asomarse al prodigio de ser". El poeta chileno, buena parte de cuya obra confronta a la muerte y el amor, moldeado magistralmente, tanto en su vertiente romántica como en un erotismo pletórico, estaba convencido de que los poetas son también sujetos del azar. "El poeta es un sujeto del azar, en quien la poesía se encarna a través de la palabra que uno no merece, se la dan", aseguraba. La poesía, decía Rojas, "es erótica, tanática, pero también de la inmediatez, parcamente sociológica, social y política". Sobre la muerte, sostenía que no hay que temerle, "pues va con uno desde el instante en que nace". El 18 de agosto de 2010, Rojas se asombró cuando se enteró por Efe de que había muerto el Nobel José Saramago: "¿cuántos años tenía José? 87 años, era un muchacho; imagínese, yo tengo 93 y me siento como un jovenzuelo", comentó aquel día. Recibir el Premio Cervantes le llevó a exponer toda su admiración por el autor de Don Quijote, a quien consideraba también un poeta, cuya obra máxima perfectamente se puede declamar y "suena tan bonita". Cervantes era para Rojas "el portento que lo dijo todo en una lengua que es un prodigio", el que puso en marcha un modo de tratar la realidad y de mostrarla. "Hay en él un rasgo que me suena como fundamental, que es la terrestridad", pensaba. Pese a su condición reconocida de "lentiforme", Rojas no fue en definitiva un autor poco prolífico, como se pensó en alguna época debido a que entre su primera y segunda obra ("La miseria del hombre" y "Contra la muerte") mediaron dieciséis años (1948-1964). "Sí, soy lentiforme; me demoro, me fastidia la prisa, no entiendo para nada la celeridad ni la publicidad, ni los famosos premios, aunque le caigan a uno", contaba. Cuando en 1992 ganó el Premio Nacional de Literatura de Chile y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, su creación no pasaba de dieciocho títulos. Tal vez esa lentitud creativa provino de su dura niñez, adolescencia y juventud, cuando sus prioridades debieron ser distintas a llevar al papel los versos que germinaban en su interior. Nacido el 20 de diciembre de 1917 en la sureña ciudad de Lebu el poeta perdió muy niño a su padre, minero de oficio, a quien en diciembre de 2003 dedicó el Premio Cervantes. Su despegue literario no fue fácil. "La miseria del hombre", su primer libro, fue mal recibido por la crítica, pero bien acogido por los poetas. "Al paso que van las letras nacionales no prometen nada bueno", apostilló Hernán Díaz Arrieta (Alone), el crítico del diario "El Mercurio", cuya palabra era ley. "Me ha tomado mucho, me ha removido y a trechos me deja el deslumbramiento de lo muy original", le escribió en tanto Gabriela Mistral. Aunque "Contra la muerte" le dio a conocer en Latinoamérica, su consagración internacional ocurrió en 1977 con "Oscuro", publicado en Venezuela, durante su período de exilio de la dictadura de Augusto Pinochet. Carlos Fuentes y José Donoso consideraron que los frecuentes seminarios y encuentros literarios que Rojas organizó en los años 50 y 60 contribuyeron a la gestación del llamado "boom" latinoamericano, pues indujeron a nuevas perspectivas del continente. Desde entonces no cesó de moverse a través del mundo. Los viajes aportaban "una vibración intensa" a su creación literaria, sobre todo por ser de Chile, país al que la geología y la geografía le determinaron "una insularidad muy fuerte". Hasta que decidió pasar la mayor parte de su tiempo en Chillán, donde según su hijo homónimo, "era feliz". EFE Algunos poemas de Gonzalo Rojas Al silencio Oh voz, única voz: todo el hueco del mar, todo el hueco del mar no bastaría, todo el hueco del cielo, toda la cavidad de la hermosura no bastaría para contenerte, y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera oh majestad, tú nunca, tú nunca cesarías de estar en todas partes, porque te sobra el tiempo y el ser, única voz, porque estás y no estás, y casi eres mi Dios, y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro. La piedra Por culpa de nadie habrá llorado esta piedra. Habrá dormido en lo aciago de su madre esta piedra precipicia por unimiento cerebral al ritmo de donde vino llameada y apagada, habrá visto lo no visto con los otros ojos de la música, y así, con mansedumbre, acostándose en la fragilidad de lo informe, seca la opaca habráse anoche sin ruido de albatros contra la cerrazón ido. Vacilado no habrá por esta decisión de la imperfección de su figura que por oscura no vio nunca nadie porque nadie las ve nunca a esas piedras que son de nadie en la excrecencia de una opacidad que más bien las enfría ahí al tacto como nubes neutras, amorfas, sin lo airoso del mármol ni lo lujoso de la turquesa, ¡tan ambiguas si se quiere pero por eso mismo tan próximas! No, vacilado no; habrá salido por demás intacta con su traza ferruginosa y celestial, le habrá a lo sumo dicho al árbol: -Adiós árbol que me diste sombra; al río: -Adiós río que hablaste por mí; lluvia, adiós, que me mojaste. Adiós, mariposa blanca. Por culpa de nadie habrá llorado esta piedra. Acorde clásico Nace de nadie el ritmo, lo echan desnudo y llorando como el mar, lo mecen las estrellas, se adelgaza para pasar por el latido precioso de la sangre, fluye, fulgura en el mármol de las muchachas, sube en la majestad de los templos, arde en el número aciago de las agujas, dice noviembre detrás de las cortinas, parpadea en esta página. Baudeleriana Astucias que le son y astucias que no le son dijera Ovidio: los tacones le son, ojalá altos, lo bestial visible, los pezones, no importa lo exiguo del formato, el beso bien pintado, parisino el aroma, azulosos sin exceso los párpados, sigiloso el zarpazo drogo y longilíneo de su altivez, visionario el fulgor, especialmente eso, visionario el fulgor. Y claro, áureos los centímetros ciento setenta del encanto del tobillo a las hebras torrenciales del pelo. -"Piénsese irrumpe entonces a esa altura Borges con asfixia, ¿quién sino el Aleph pudiera entera esquiza y bestia así olfatear, besarla en el hocico, durarla, perdurarla en su enigma, airearla, mancharla por lo hondo hasta serla, al galope tendido del tedio? ¿Quién, especialmente eso, la hartara?" Especialmente nada, muchachos, ¡videntes de otra edad! ¡Borges, Publio Ovidio!, nada: lo cierto es que no hay nada, salvo cada 28, sangre de parir y ese es el juego. De ahí vinimos viniendo los poetas malheridos aullando mujer, gimiendo hermosura, Eternidad que no se ve: especialmente eso, muchachos, que no se ve. París, Noviembre 2003