Orígenes Narro los sitios de procedenciay los tiempos originarios. La orillas de los ríos pestilentes.Los puentes,cuando se inicia el díay alborean los ruidos de la ciudad. Los aleros desalteradosdormidos en la sombra. Los alrededores de los mercadoscondecorados con hojas de plátanoabandonadas con los desperdicios del día.Los atrios de las iglesias.la sombra espesa delos edificios públicos.Los pórticos de los hospitales,hospicios y manicomios.Las jurisdicciones alinderadasen las taquillas de los cinematógrafos.Las vecindades displicentesde los grandes supermercados. Las carpas deterioradasde los circos del suburbioen el instante en que las fierasMiran con estupora los espectadores. Las canoas carenadasen dársenas donde aturdeel mazo de los calafates. Los mataderos ensombrecidoscon el sollozo de las bestias.Los cuarteles devastadospor el sueño de los centinelas.Los zócalos de las estatuasvilipendiadas por palomas volubles.Las carnicerías embanderadasque cabecean en aguas enrojecidascomo pontones repletos de sangrientos ahorcados.Cuando se lavan con escobasde esparto las baldosas manchadasen el degüello de los cerdos.—En las alcobas de los matarifesse ocultan con sigilolos cuchillos de destazar—y reposa en frascos de vidrio verdosola salmuera para la aspersiónde las reses descuartizadas.Los parques desiertosque abren sus guaridas de verdora los paseantes que rondanel quiosco deshabitadode las retretas.Los cementeriosdonde los ángeles ventilan las tumbascuando los gallos desocultan el límitey mugen las vacas escondidasen los ejidos del día.Simultáneamente se iniciaen las esquinas de la urbela recolección de basura.Entonces comienzanlas señales imperceptiblesenviadas desde las terrazasy los gritos caen desde las ventanasde los edificios. Los durmientesofrecen por última vezel lado ocultoal sol de la muerte.La gran ciudadcomo una bestia marinaventilada por gaviotas sideralesse extenúa a la derivade las avenidas y suenanterriblemente las alcantarillasde aguas emulsionadas. 10 nuevos poemas de amor colombianos El acuario En su cama rodeado devidrios de coloresreposaba comoun monstruo en un acuarioofrecido a las miradasde los visitantes. Todos veían el monstruoque allí estaba.No había mentiraporque todo monstruodebe exhibirse. Hay un lado bestialen el abandonose pierde toda compostura.Yo sé de unoque gritaba de abandono. Ser negado hasta la hezhasta que la negación se vuelva sangrey tengamos una nueva vida.Otra vidano imaginada y nos redimade los días pestilentes.Las pequeñas demencias.los éxtasis ocasionales.El relieve de las pasioneshenchidas con artificio.La hipocresía, los cariñosintersticiales,los diapasones oblicuos.Y las ceremonias de la melancolía. Alabanza La cruzes un instrumentoabsolutode medición.Recuerdo un Cristohonrado y toscode maderaen donde se confundíannudos y llagasen el aire muertode la sacristía del convento. Allí estabala inmensa ofrenda. Cristo,bien soportadopor el madero,te dejas rezarhondamente. Tus brazostodo lo recoleccionan.La tarde, el olora incienso, el sollozo.Todo se amarra a ti. El salmo de la muerte Quebrantaré hasta la más pequeña partícula de huesoy moleré tu sangre hasta que vuelvas a la nadapues temo que un poco de tu vidaprenda de nuevo el fuegoy se rompa tu muerte.Tomaré mis precauciones.Me cercioraré que estás muerto.Contribuiré pacíficamente con mí óbolo al municipiopara recoger la basura donde yacesy aumentaré la renta del médico, como precio a tu eliminación.Seré un puente entre la nada y la nada para tus pasos.¡Hijo mío, qué alegría de matar!De asilar en mi conciencia un asesinoy hospedar en mi casa un ileso criminal.“El tiempo de los asesinos ha llegado”a buen seguro asaltaré mi vientre y hundiré tu cráneo. Lo que hace mi sangre, lo deshagan mis manos.Llevaré hasta tu noche una estrella de luto.Yo tengo poderío. Yo derogo el mandato divino.Tú matarás. Yo mataré. Nosotros mataremos.He aquí la prueba en mi vientre.Hijo, tú tienes la cara en mi sangre.Sabías que ibas a morirporque tu sangre latía en mi corazón.Estarás un poco más quietoy la corola de días venideros que atesoré para tila derramaré en el suelo junto a tu sangre.Mato en ti la vida que me dieron.Como un salteador oscuro en mitad de mi vientre.Hijo mío, mi cuerpo era tu casami sangre tu cobijo, mis huesos tu edificio.Pero he cerrado mi ventana con plomoy he puesto a la entrada de tu casa un silicio. Siete poemas del ‘Concierto animal‘, de Blanca Varela