En un mundo en el que China es la primera potencia mundial, los Estados Unidos de América han virado hacia la izquierda después de la catastrófica administración Trump, la mayor parte de Europa es gobernada por hijos de migrantes o por los propios migrantes y a Brasil lo destroza la guerra civil, el eterno gobernante de una Banana Republic, fiel seguidor de los principios que discuten los plutócratas en las reuniones del Club Bilderberg, trata de descubrir qué fue lo que le pasó, por qué yace en duermevela sobre la cama de lo que supone un hospital, al cuidado de una enfermera robot con apariencia humana. Veterano de todas las transformaciones del siglo XXI y sobreviviente de las repetidas crisis de su propio país -ha sido reelegido ocho veces-, incluida la gigantesca huelga de los trabajadores de la agroindustria del aceite de palma, que condujo a que las fuerzas del estado mataran en plaza pública a más de tres mil hombres, mujeres y niños inermes -una cifra que sus maniobras de desinformación han conseguido reducir de manera dramática-, su monólogo articula más de doscientos cincuenta fragmentos que revelan sus astucias, sus prejuicios, su relación ambigua y oportunista con los líderes religiosos, más que con la misma religión, y las diferentes facetas y falsedades de un discurso que reúne bajo el paraguas del anticomunismo una serie heterogénea de propósitos al que solo integra la falta de ética. Así, al hablar del tráfico de drogas, cuyos responsables financiaron muchas de sus campañas, llega a una conclusión lapidaria: “Nada que produzca dinero es inmoral” (65). Le puede interesar: 16 poemas sobre la violencia en Colombia Jaime Echeverri, uno de nuestros narradores más estrictos a la hora de publicar, tutor de jóvenes escritores y de novelistas ya consagrados, retrata aquí a un personaje que se sabe mortal pero que sigue sintiéndose inmortal. Frente a la posibilidad del fin, se resigna a reflexionar, actividad que no le gusta mucho, con palabras cercanas a las del emperador romano en Memorias de Adriano (1974), de Marguerite Yourcenar, pero sin su lucidez. Al hablar del cuerpo, en lugar de reconocer sus favores y aceptar que sea su asesino, manifiesta su desprecio por esa base material de su ambición, de su implacable ejercicio del egoísmo. Tal vez por eso no duda en confesarse a sí mismo que le gusta poseer, por no decir violar, a las mujeres, pero que quiere acabar rápido y pasar a la siguiente, negándose el placer y la oportunidad de una relación. Incluso a su esposa, a quien considera inteligente, la trata con desapego, y también a sus hijos. Solo reconocer valor a un nieto en el que descubre actitudes similares a la suya. Semblanza de un dictador que sabe dominar los mecanismos democráticos y los anhelos verbalizados y ocultos de sus electores, en Prohíbo decir mi nombre se desnuda con claridad un ideario íntimo que contrasta con las manifestaciones públicas. Muchos párrafos lo atestiguan, pero este me parece particularmente significativo: “si vinieran a preguntarme por lo que más me gusta, con lo que más disfruto, después de mucho pensar tal vez podría decir que es ver confundida a la gente. Desconcertar. Dejarla sin saber qué hacer, qué decir, qué pensar. Y desconcertar es fácil. Puedo, por ejemplo, decir un día que voy a perdonar a un prisionero político. Todo el mundo aplaude, la prensa felicita. Y al día siguiente digo que ya no. Es una muestra de mi voluntad y mi poder. Hago lo que me da la gana. Entre decir y hacer hay un abismo” (135). Una afirmación posterior es el complemento preciso: “la verdad no existe. Lo único que existe es la palabra. La verdad se pierde después del suceso” (197). Le puede interesar: El Cristo de espaldas: ‘Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano‘, de Frédéric Martel Hijo de un hogar limitado en recursos, eterno admirador de su madre, compara el ejercicio de la presidencia con la actividad que más disfruta: la equitación. Orgulloso dueño de un caballo que no por casualidad llamó Calígula, su megalomanía lo llevó a poner en órbita el mejor satélite de la región, que por supuesto le sirve para mantener muy bien vigilados a sus connacionales y a las fuerzas militares de los países vecinos, y a adelantar el proyecto de una ciudad a orillas del mar planeada hasta en los más mínimos detalles, como Brasilia. Aunque se pregunta por qué quiere superar a la capital brasileña precisamente en la costa, cuando siempre odió haber crecido en una cabaña levantada sobre palafitos, que le hacía sentir que vivía sobre una cazuela de mariscos, acepta la contradicción como parte de las bondades de su carácter. No en balde declara sobre sí mismo: “El verbo soy yo, aunque sea el que nadie nombra. La paradoja está en que todos llevan mi nombre en la punta de la lengua, pero cuando alguien me quiere acusar o señalarme, mi nombre es olvidado. Porque en verdad soy otro, es otro el que comete los pecados. Creo en dios, porque, sencillamente, creo en mí mismo. Soy la verdad y la vida” (20).     A través de Prohíbo decir mi nombre, Jaime Echeverri invita al lector a reconstituir una personalidad que puede tener un nombre, o muchos, y que cada país adoró y lamenta por igual. Esa es la paradoja fundamental. *Premio Nacional de Literatura de novela y de cuento. Su última publicación fue el libro-álbum El viaje del príncipe.