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No conoces a nadie Conoces algunas calles colinas, verjas, restaurantes Las camareras han cambiado No me conoces Yo estoy feliz con el otoño las hojas las faldas rojas todo en movimiento Pasé junto a ti en una pared de mármol algún nuevo banco Sangrabas por la boca Ni siquiera sabías en qué estación estábamos Sin llaves y a oscuras, Fabián Casas 1965
Era uno de esos días en que todo sale bien. Había limpiado la casa y escrito dos o tres poemas que me gustaban. No pedía más. Entonces salí al pasillo para tirar la basura y detrás de mí, por una correntada, la puerta se cerró. Quedé sin llaves y a oscuras sintiendo las voces de mis vecinos a través de sus puertas. Es transitorio, me dije; pero así también podría ser la muerte: un pasillo oscuro, una puerta cerrada con la llave adentro la basura en la mano. Los amantes, Fabio Morábito, Alexandria 1955
Los amantes se acercan, escuchan. Adelgazan su piel hasta la asfixia y adelgazan sus besos. Por sus voces delgadas sólo oyen silencio. Los amantes se besan, se acarician, el mar apenas los contiene, y su pasión es breve: aleteo de un ave en la espalda del agua. Los amantes recuerdan las heridas, las guardan como un secreto bien. Nunca cambian palabras. Pero cambian heridas. Son su secreta piel. Cerca de dos amantes se detiene un segundo la sangre en la avenida; son dos ciervos que saltan en medio de nosotros que somos las estatuas. Los amantes se muerden, se pisan, sólo temen la muerte, trepan muros de olvido y nunca vuelven atrás, lujosos como escarabajos verdes. Los amantes no cuentan los días, no enumeran los muertos, ni siquiera los mares. Su materia está hecha sin tiempo, su sed nunca se alivia. Los amantes se mueren un día. Bajo tierra van, mudos y con miedo, y la tierra adelgaza su piel hasta la asfixia y adelgaza sus huesos.