En estas páginas habita un hombre con, al menos, dos almas. Mientras la una –siguiendo las precisas indicaciones de Milowz– es enviada tras las montañas, la otra espera. O viceversa. En algún lugar de los textos iniciales de Desvío (2019), el hablante lírico –ese singular juego de máscaras, esa volátil cita de múltiples voces que se entrecruzan en el dudoso yo– declara con serenidad o aceptación: Eres lo que nunca supiste entender (…) Seguirás siendo, de todas las formas, lo que nunca entiendes. Esta declaración anticipa y condensa los perplejos movimientos de un ser en conversación consigo mismo, las oscilaciones entre pasado y presente que dibujan el incierto mapa de este poemario. A Alfonso Rubio lo reconocí en Logroño. Digo lo reconocí porque habíamos antes coincidido fugazmente en Santiago de Cali. Nuestro encuentro en Logroño, en un bar donde se acudía a festejar luego de alguna velada literaria, estuvo precedido de un malentendido: al verlo, vagamente, creí descubrir un paisano paisa en La Rioja. Alfonso me aclaró, riéndose, que no que no, que él era un riojano a quien yo había conocido fugazmente en Santiago de Cali; ahora, ya enraizado en esta última ciudad estaba de retorno provisional en España, donde con periódicas idas y venidas, estaba culminando un doctorado en Zaragoza. Pronto volvería a Colombia, donde lo esperaba su familia, cuyo centro era –sigue siéndolo– una pequeña flor de fuego llamada María, que espejea fugazmente escondida entre algunas de estas líneas. Este “malentendido” cifra, en gran modo, las claves de este cuaderno de viaje. Alfonso Rubio: traficante entre dos orillas. "El salmo de la muerte" y otros tres poemas de Gustavo Ibarra Merlano La aventura del alma al otro lado de las montañas –o del mar– consiste en tratar de tornar a ser parte de un entramado originario donde hay un alero, una plaza, unos amores adolescentes, una conversación empozada en un recodo de la página, un nombre para ser nombrado, para ser llamado, para ser respondido. En fin, la aventura de pretender recuperar un lugar que, en verdad, nunca ha tenido. Y es, de algún modo, consciente de ello. De allí sus continuas “lateralidades”, su desandar los pasos, su trabajosa andadura de cangrejo. El alma que espera es una especie de alma-espejo que imita inversivamente los gestos de la primera. Pero, en realidad, el alma que espera no sabe esperar; persigue a la primera, y se constituye en su sombra. Habría que imaginarla, más bien, como un alma bipolar que simultáneamente mira hacia el pasado (estación cargada de extrañeza desde el instante en que deja de ser presente), y hacia el siempre delicuescente presente. Cabría acaso mejor postular la hipótesis de una especie de tercera alma: un estado de flujo y reflujo entre las dos. O acaso mucho mejor, y simplemente, figurarse un sapo viejo contaminado de identidades asesinas con dos deformes alas, una negra y otra blanca. Los movimientos del alma-cangrejo, el alma-espejo o el sapo alado corresponden, en un primer nivel, a un ámbito de lo vivencial, lo subjetivo-experiencial en la escritura, o trazas o invenciones, en gran modo, biográficas (es posible así balbucir las marcas, las señas, los tatuajes en la memoria de un individuo, las presencias de un entorno, de un paisaje particulares; y decir: esto es Arnedo, esto era la antigua fábrica de zapatos, aquí estuvo una oxidada barbacoa al fondo del jardín, o más allá, tramontando los lindes, el parque de Cabárcenos). Aletean aquí y allá las nociones de extranjería, de migraciones, de contrabandos de afectos, de desplazamientos, de técnicas fantasmales de apariciones y desapariciones. La Lista Arcadia 2019: cien años, cien libros de escritoras en español Sin embargo, el trabajo de la escritura va horadando hacia otro nivel: un subsuelo arquetipal; es posible así intuir el difuso motivo de Odiseo, el llamado de retorno “al país natal”. Pero entonces la búsqueda de raíz del hablante lírico, de signos estables, la pulsión de identidad, de referentes dadores de estabilidad, entran en parajes umbrosos, en territorio movedizo. Se podría arriesgar la conjetura de que la travesía de vuelta a un pasado individual, en algún momento se desliza hacia unos estratos primordiales en que las mareas de ambivalencias que atraviesan al sujeto no le permiten recalar en el puerto seguro de un tiempo mítico, de un tiempo fuerte. La flecha zigzagueante del sujeto lírico es la orientación de reconectarse con la tribu. Pero cualquiera de las tres almas, en cualquier punto de su vértigo en que se encuentren, siempre estará en tierra extraña y siempre recibirá una y otra vez la misma respuesta: "¡Ma C’cubah than!", como el fatídico graznido del cuervo de Poe. A esa necesidad de participación del sujeto lírico la naturaleza, la vida o el mysterium tremendum de la realidad real le opone la lapidaria negativa de la Piedra en el conocido poema de Szymborska: No entrarás (…) te hace falta el sentido de ser parte. Ningún otro sentido sustituye al de ser parte. Justamente, se trata del sentido que ha perdido el hombre moderno o posmoderno, esa falta que coloca a los hijos del limo siempre al borde de perder su alma. Si al viajero Odiseo siempre le será posible retornar a Ítaca no así al proceloso viajero de los siglos XX o XXI, época cuyo marca es el desleimiento y la desposesión de todo mito que le proteja de toparse, en el espejo en que se mire, con su rostro desnudo: el pavoroso rostro de medusa. Este abismo sin fondo lo alcanza a entrever el sujeto lírico cuando alcanza a preguntarse ¿quién acepta ver solo la cara de un hombre en el espejo? Gravitado por esta pregunta el hablante lírico desasido, por instantes, de todos los protocolos ideológicos de reconocimiento alcanza la constatación de un permanente estado de fuga de las cosas, una epifanía de “lo real”: todo es incertidumbre y oscilación. En esas honduras y transfiguraciones del ser interior se suscita el hallazgo del precario estatuto del sujeto moderno, y acepta (o parece aceptar) lo incierto como primer dato ontológico: las palabras y las cosas renacidas bajo el bautismo de lo aleatorio e incesante. Cuatro poemas de Rómulo Bustos Aguirre, ganador del Premio Nacional de Poesía 2019 Las tres almas juegan en simultáneo contra el hablante lírico. Pero, fiel al dictado que señala Octavio Paz para la poesía moderna, la palabra escindida entre la apelación nostálgica, de voluntad analógica y la irreal temporalidad presente que se diluye se decide por la ironía. Entonces la palabra intensifica los modos de la narratividad, se arriesga a la lúdica de los enmascaramientos e intertextualidades, se aventura con las reflexiones metaficcionales, las estilizaciones ensayísticas y el arriesgado uso de la jerga científica. Es en estas intensificaciones donde aparecen los más sugestivos logros de este conjunto. Pienso en bellísimos textos como “De poetas empíricos, especulativos y científicos”, “Reconocimiento ideológico”, “Abejas” o “Informe radiológico leyendo a Baldomero Fernández Moreno” donde se anudan de modo consistente fuerza reflexiva y refinada andadura de una palabra que adquiere pleno dominio de sus poderes y que por ello se permite el don de la sorpresa y el juego, tan escaso por estos pagos. Al final de estos avatares epifánicos, el sujeto lírico retrocede confundiéndose con el precario sujeto pragmático que constituye su inestable fundamento, deshaciéndose en él. Es el momento de las negociaciones a que mueve ese íntimo pequeño burgués que habita en cada ser humano. Ese que, por cinismo terror o fatalidad, requiere construir la cuota de sentido nuestro de cada día, el mendrugo necesario para sobrevivir a la opaca aventura de la cotidianidad. Es lo que sucede en “Necesidad del centro”, texto de clausura del poemario. Signado por la imagen del regreso a este lado del mar, el sujeto se desdice en parodia de sí mismo cuando declara: Serás un culo de mal asiento en una casa pequeña de los alrededoresde algo y buscarás la perfecta sintaxis que enlace un cielo a otro paraluchar como un gramático detrás de la inmortalidad en el país de losgramáticos (…) Pero deberás, eso sí, fijar algunas ideas y articularte a un concretolugar, a un centro espacial que te fundamente ontológicamente, yasabes, sentirte seguro en ti mismo (...) Se cierra así, una vez más, el círculo de la irrisoria aventura humana, el eterno retorno de lo mismo, la inevitable imagen del perpetuo desvío. El traficante entre dos orillas pareciera arribar ahora a una ambigua tercera orilla del espíritu, contaminada de humor autocompasivo, y donde, de alguna manera, habrá lugar para sus tres almas.
DesvíoAlfonso Rubio (Colombia) | PoesíaUniversidad del Valle, 201958 pgs.