Hernando era como Mitterrand: la fuerza tranquila. Enrique ha sido, en cambio, el líder cotidiano, la fuerza ciclónica de la rotativa. Enrique, a quien llaman desde siempre Don Enrique, ha sido el ministro de Gobierno, el comandante del ejército y el Canciller al mismo tiempo, si cabe la comparación con un gobierno. En cambio Hernando _Don Hernando_ fue siempre el Presidente. La operación cotidiana de las tropas, la asignación de las misiones para los tanques y los bombarderos ha sido tradicionalmente un asunto de Don Enrique. La decisión de hacer la guerra o la paz, y la determinación de las alianzas y los objetivos, fue en cambio un tema exclusivo de Don Hernando. Y esto no fue apenas el resultado de una distribución inequitativa de acciones en un testamento familiar. Es verdad que Don Hernando recibió de Eduardo Santos un paquete de acciones que lo hizo dueño mayoritario de El Tiempo. Pero la distribución de funciones fue más el resultado de la personalidad de los dos hermanos Santos Castillo. Don Enrique es práctico, rápido, franco y tiene un interés inocultable por la noticia diaria: es el periodista puro. Don Hernando era, en cambio, más retraído, se involucraba menos en los asuntos terrenales, le interesaban más las personalidades que los hechos y por ende la consistencia del editorialista nato primaba sobre el periodista apresurado.Los dos manejaron el poder de El Tiempo a su manera. Don Enrique tuvo a su cargo durante décadas el poder de la noticia, y lo dominó sin titubear al decidir el titular de primera plana o el orden de la página política. En desarrollo de esa tarea se arremangaba, conocía a los periodistas como la palma de su mano, hablaba con las fuentes de manera permanente, debatía con los senadores y los representantes, y verificaba personalmente la solidez de la noticia de primera. Don Hernando en cambio tuvo en sus manos la fuerza del Editorial, es decir, la política general de El Tiempo. Llegaba a su oficina un poco más tarde y dictaba _nunca escribía_ el editorial del día siguiente. Poco antes del almuerzo se dirigía a su casa y no regresaba sino hasta el día siguiente. Pero conservaba el manejo y el seguimiento de los acontecimientos a través del teléfono, el contacto permanente con todos y cada uno de sus hijos y su actividad social. Una sucesión inteligenteDesde hace tiempo se conoce el nombre de los sucesores de Don Hernando y Don Enrique. Son Rafael Santos Calderón, hijo del primero, y Enrique Santos Calderón, hijo del segundo. Pero a pesar de que se trata de una vieja noticia y de una sucesión planeada y advertida, aún es temprano para saber de qué manera se repartirá el poder entre Rafael y Enrique en desarrollo de la batalla amigable de personalidades y el balance de propiedad accionaria en que se mueve el duunvirato que gobierna hoy a El Tiempo. Aun para los más cercanos el papel a jugar por parte de cada uno de los nuevos directores será una incógnita durante un buen tiempo. La sucesión quedó definida con el retiro de Juan Manuel Santos de la subdirección en 1991. Juan Manuel, quien hoy sería el director de El Tiempo, decidió dedicarse a la política y al servicio público y aceptó el ofrecimiento que le hiciera el entonces presidente César Gaviria para convertirse en el primer Ministro de Comercio Exterior y, posteriormente, en Designado a la Presidencia. Desde entonces tomó forma la decisión de establecer una dirección colegiada entre Enrique y Rafael.El proceso de diseño de la sucesión tuvo dos caminos distintos. Por una parte, los Santos contrataron a Arthur D. Little para que los asesorara en temas de estrategia empresarial y reingeniería. Desde 1993, con el nombramiento de Luis Fernando Santos como gerente, El Tiempo dio los primeros pasos para rediseñar su estrategia de negocios. Luis Fernando decidió llevar a cabo una modernización a gran escala y con la ayuda de Mauricio Rodríguez, hoy director de Portafolio y quien llevaba 13 años en Suiza, Italia y Estados Unidos trabajando para Dow Chemical, emprendió el camino de reinventarse El Tiempo. La reestructuración tomó dos años, costó dos millones de dólares y consumió dos terceras partes del tiempo de Luis Fernando y de su equipo y hoy los resultados saltan a la vista. Por otra parte, los Santos contrataron a Max Silvermann, especialista en manejar los procesos de definición de reglas de juego en las empresas familiares y en problemas de sucesión. A esa decisión llegaron luego de observar la manera como algunos diarios, cuya propiedad era de carácter familiar, terminaron en la ruina gracias a las disputas entre los integrantes del clan. Desde hace tres años, y con la ayuda de Silvermann, los Santos asisten a retiros diseñados para ese efecto y sacan a relucir sus preocupaciones, molestias y diferencias en materia de manejo de la empresa, el diario y la sucesión para luego definir reglas de juego compartidas por todos. Es por lo anterior que existe hoy un consenso sobre el tema de la sucesión y que ninguno de los Santos piensa que existirán mayores conflictos entre Rafael y Enrique o entre éstos y otros miembros de la familia. La verdad es que la mayor parte de los debates sobre el papel de la familia se han llevado a cabo ya, en presencia de los hermanos Santos Castillo, y las decisiones que se tomaron en este consejo familiar contaron con la bendición de la generación anterior a la que asume ahora las riendas del diario. Don Rafael no tiene prisa Rafael se parece mucho a su padre. Comparado con Enrique, su primo, Rafael es menos sociable que aquél, pero más sentimental. En la redacción le tienen un aprecio enorme. Rafael asiste a los matrimonios, conoce el nombre de todos y cada uno de los empleados del periódico y muestra la mezcla de timidez, franqueza y simpatía que caracterizaba a Don Hernando. Pero a diferencia de su hermano Francisco, cuya personalidad mercurial y extrovertida lo convierte en un personaje más predecible que sus propios hermanos y primos, Rafael es retraído. Es más protocolario que los demás, y no tiene prisa. No es expansivo ni sociable, como su primo Enrique, pero todos los que lo han tratado reconocen en Rafael una buena dosis de simpatía y un gran sentido del humor. A la vez, Rafael es profundamente escéptico. En su columna eleva, desde hace años, una crítica severa contra los poderosos, en particular contra la dirigencia política de uno y otro partido, y muestra una especial preocupación por los temas de corrupción administrativa y los asuntos sociales. Pero del columnista que firmaba con el seudónimo de Ayatollah al Rafael Santos de hoy hay una gran distancia. Hoy Rafael muestra la ecuanimidad que caracterizaba a los editoriales de Don Hernando aunque siga siendo, de lejos, muchísimo más severo en sus críticas contra la dirigencia política y económica. De esta crítica no se escapa siquiera quien ha sido desde la infancia uno de sus más cercanos amigos: el presidente Andrés Pastrana.'Contraescape' ha muerto, que viva 'Contraescape' Pero si Rafael Santos ha asumido ya la institucionalidad que significa ser director de El Tiempo, hay quienes piensan que Enrique Santos Calderón deberá tomar un curso acelerado en institucionalidad y que se encuentra menos preparado que su primo para asumir las funciones de director, a veces puramente protocolarias en su naturaleza. Con el fallecimiento de Don Hernando ha muerto 'Contraescape'. Durante muchos años Enrique, autor de 'Contraescape', ha sido el columnista más respetado de Colombia. En las encuestas de opinión la gente así lo reconoce y su influencia es inmensa. Con el paso de los años Enrique ha perdido la fogosidad juvenil y la convicción política. El Enrique de hoy cree con menos intensidad y en menos cosas. Se ubica más hacia el centro del espectro político y tiene más preguntas que respuestas. Sus viejos aliados en política dirían que Enriquito, finalmente, se aburguesó. Pero lo cierto es que en ese proceso Enrique ha descubierto que en Colombia los extremos del diálogo son propiedad exclusiva de quienes hacen la apología de la violencia y que en sus manos están más las raíces de los problemas que la puerta a la solución probable de los mismos. Siendo así, un columnista mesurado, resulta aún más relevante que su opinión sea la más importante en la actualidad entre los distintos editorialistas de Colombia. Usualmente son columnistas con una opinión cortante y definida los que ganan un espacio en las páginas de opinión: de izquierda o de derecha, simpatizantes de tal o cual corriente política, humoristas o religiosos, lagartos o académicos. Ninguno de ellos _de D'Artagnan hasta el general Alvaro Valencia Tovar, pasando por todo el espectro ideológico y social_ sobrepasa hoy en influencia y prestigio a Enrique Santos Calderón. Hoy por hoy, hasta Rafael Santos resulta más apasionado en sus columnas que Enrique. Ambos, sin embargo, son balanceados y ecuánimes. Quizás cuando eso sucede, un columnista está preparado para ser director de El Tiempo. El Tiempo, como bien lo decía su fundador, no pretende ser "tea que incendie sino antorcha que ilumine" y para escribir bien sus editoriales se requiere un balance difícil de conservar en la agitada y fuertemente polarizada vida colombiana. En la redacción aprecian la cercanía de Rafael, su notable ecuanimidad y su calidez. Los periodistas rasos sienten a Pacho más cerca que a ninguno otro de los Santos porque es su compañero cotidiano de batalla, el que comparte el fusil y la trinchera con la infantería de la reportería cotidiana. Pero en la redacción respetan sobre todo el criterio de Enrique y sus elogios y críticas caen sobre los redactores y editores como una sentencia de última instancia. "Enrique sabe todo lo que pasa en la redacción y aunque no es tan cercano a la gente como Pacho o Rafael, entre nosotros es como un dios", dijo a SEMANA un periodista de El Tiempo. Por eso mismo, quien imagine que Enrique Santos Calderón simplemente ocupará el lugar de su padre estará equivocado. Con él sucede lo mismo que con Rafael. Es evidente que le apasiona el periodismo cotidiano, el cubrimiento de la noticia diaria, que la redacción le interesa sobremanera y que la preocupación por los temas de primera página y los titulares son parte de su esencia vital. Pero Enriquito, como lo conocen sus amigos, será editorialista como Rafael, y lo será mucho más de lo que fue su padre, en la medida en que la línea del periódico dependerá en buena parte de su criterio. El espacio de confrontación de poder, en El Tiempo, será mínimo, sin duda, gracias a una sucesión bien diseñada. Pero la contienda que eventualmente deba ocurrir se llevará a cabo en el Editorial del periódico. Allí, una vez más, el poder decisorio está en manos de Rafael, quien es más dueño del diario que su primo. Pero la división del trabajo será más incierta en esta generación que en la anterior y en esa dialéctica entre primos se definirá la línea editorial de El Tiempo del siglo XXI. La dialéctica entre los codirectores irá, sin embargo, aún más lejos. El llamado 'portafolio de plumas y fuentes' que debe tener todo buen editorialista, es decir, el conjunto de personas que ayuda a escribir editoriales, alimenta los mismos y compone el grupo de los columnistas principales, es una de las decisiones trascendentales de los codirectores. En estos nombres se esperan cambios fundamentales y hay quienes afirman que uno de los grandes perdedores, tras el fallecimiento de Don Hernando, sería D'Artagnan, cuya frecuencia editorial ha pasado ya de tres veces a la semana a dos. No obstante lo anterior no hay que olvidar que el fin de 'Contraescape' implica una mayor importancia estratégica de la columna de Roberto Posada. El poder fragmentado y el monarca absoluto Pero el poder en El Tiempo no ha estado jamás en manos de una sola persona. Cada uno de los integrantes de la familia y unos pocos outsiders juegan papeles que revelan cuotas de poder innegables. Hoy, además, el poder en El Tiempo no es el poder del periódico en la medida en que las actividades de la Casa Editorial y, por ende, sus utilidades, no se limitan a las del diario en sí. El Tiempo es hoy el más grande conglomerado de comunicaciones que tiene Colombia. Entre sus actividades se cuentan ya no sólo uno sino dos diarios si se incluye el que es hoy el más importante periódico económico del país, Portafolio, además de numerosas revistas, CityTV, el canal de la capital que tiene ya una personalidad bien definida, la compañía de Cable de Bogotá, e intereses en Avantel, Printer, Sky, el Círculo de Lectores y Tower Records. El diario El Tiempo, para no ir más lejos, tiene un valor que algunos analistas calculan entre 300 y 400 millones de dólares.En esa medida los directores de El Tiempo son sin duda muy poderosos pero su presidente, Luis Fernando Santos, detenta un poder más amplio, si se quiere, que el de aquéllos. Como presidente de la Casa Editorial El Tiempo dirige los asuntos empresariales, diseña la estrategia general y gobierna la vida cotidiana de la empresa: fija, por ejemplo, todos y cada uno de los sueldos, incluyendo, por supuesto, los de los directores. Pero Luis Fernando ha llegado allí, como garante de los intereses familiares y de la unidad, por tener la personalidad perfecta para ello. Es mesurado, tranquilo, ha demostrado ser un visionario y respeta la opinión de los demás. Se preocupa de que todos sientan que hacen parte de las decisiones trascendentales de la empresa y formalmente no se mete en los asuntos editoriales, aunque es el único de toda la familia que está en el periódico siete días a la semana, 12 horas al día. A su vez, otros integrantes de la familia juegan papeles cuya importancia resulta fundamental para entender cómo opera el poder en El Tiempo. Juan Manuel Santos, por ejemplo, quien fuera subdirector del diario durante muchos años, elegido a dedo por su tío Hernando, decidió abandonar sus labores periodísticas y dedicarse a la política. Pero nadie duda hoy de su enorme influencia en El Tiempo. Además de su poder ocasional sobre las páginas políticas, su influencia se siente en temas de estrategia empresarial y de manejo de las relaciones interfamiliares. Tiene también una relación muy fuerte con sus dos hermanos activos en El Tiempo, Luis Fernando y Enrique. Por su parte Francisco Santos Calderón, Pacho, deberá reemplazar a su tío Enrique Santos Castillo en el cargo de editor del periódico. Pacho es, como ya se dijo, el miembro de la familia más cercano a la redacción. Pacho llora, literalmente, cuando la dirección decide despedir a alguien y asume como propias todas y cada una de las batallas de la tropa de redactores y editores. En el curso natural de las cosas, Pacho habría reemplazado a su tío Enrique en el cargo de editor en diciembre del presente año, cuando ambos hermanos Santos Castillo habían aceptado retirarse. El fallecimiento de su padre aceleró el proceso y Pacho será, desde el próximo mes de mayo, el nuevo editor general de El Tiempo. Esto lo convierte, sin lugar a dudas, en uno de los integrantes más importantes del diario. En el mundo moderno, donde pesa muchísimo más un titular que una columna de opinión o un editorial, el poder de Pacho será muy grande. Con una ventaja adicional: a diferencia de su hermano Rafael y su primo Enrique, quienes deberán compartir el poder de las páginas editoriales y la línea general del diario, Pacho será en la redacción el emperador indiscutido. Tanto Don Enrique como Don Hernando Santos Castillo hicieron del diario El Tiempo el centro de influencia que es hoy en día. Lo lograron a fuerza de trabajo y convicción y de una notable energía personal. Levantaron dos familias enteras de periodistas serios y comprometidos con la suerte del país. Pero si algo se debería subrayar como su mayor logro ha sido el de garantizar una sucesión tranquila al frente del centro de poder más importante de Colombia. En un país tan fragmentado, donde las luchas por el poder se convierten en uno de los mayores obstáculos para recuperar el rumbo perdido de la Nación, el ejemplo de los Santos se convierte hoy en una buena prueba de preparación, consistencia y sabiduría.