El recuerdo más vívido de su niñez es una pequeña choza habitada por una pareja de esposos con un niño pequeño en una cuna de paja. Un buey y una mula contemplaban al recién nacido, mientras que tres reyes magos, con elegantes vestidos, caminaban por un sendero de arena con regalos en sus manos. Todas las figuras eran de barro o bahareque. El suelo estaba decorado por una mancha de vegetación verde con blanco, con decenas de casas rústicas fabricadas en arcilla encima y una estrella dorada que parecía suspendida en el aire. La obra estaba ubicada en una de las esquinas de la sala de su casa, donde vivía con sus padres y cuatro hermanos. El esqueleto de un árbol, al que su abuela le decía chamizo, tenía pequeñas bombas de colores rojos y amarillos en las puntas de las ramas. “Tenía como cuatro años. Mi mamá Zoila Rosa me contó que era un pesebre, una representación del pueblo de Belén donde había nacido el Niño Dios. Recuerdo claramente sus palabras: todos los diciembres las personas católicas celebramos la llegada del salvador rezando la novena de aguinaldos alrededor de un pesebre, una tradición que tú no puedes dejar perder cuando seas grande”, afirma María del Carmen Chingal, una indígena de 47 años del resguardo Carlosama en el municipio de Cuaspud (Nariño), ubicado a casi tres horas de Pasto.
El primer pesembre que recuerda María del Carmen era con figuras religiosas elaboradas en barro y mucho musgo como vegetación. ©Jhon Barros. «Como me gustaba tanto la tradición navideña, mi mamá me enseñó a hacer las figuras del pesebre con barro y arcilla. Mis favoritas eran la mula y el buey, animales que con sus pelajes le daban calor al Niño Dios recién nacido» María del Carmen Chingal, indígena tejedora del resguardo Carlosama en Nariño. Al año siguiente, Carmencita, como le dicen sus vecinas, empezó a participar en el montaje del pesebre de su casa, una actividad que al sol de hoy sigue viva en las frías tierras de su resguardo. “Los primeros días de diciembre salíamos con mis papás a las zonas montañosas a conseguir el musgo para decorar el pesebre, que era de color verde y blanco. También buscábamos un chamizo de pino o ciprés, es decir un árbol ya sin vida para llenarlo de bombas que mis hermanos y yo inflábamos”. Alrededor del pesebre y del rústico árbol, la familia Chingal ponía varios regalos cuadrados elaborados por más pequeños. “Cogíamos cajas de fósforos y las cubríamos con papel regalo. Como me gustaba tanto toda esa tradición, mi mamá me enseñó a hacer las figuras del pesebre con barro y arcilla. Mis favoritas eran la mula y el buey, animales que con sus pelajes le daban calor al Niño Dios recién nacido”, recuerda esta mujer madre de un hijo de 31 años y abuela hace poco. Te puede interesar: Vivir de la tradición, el sueño cumplido de 25 tejedoras indígenas de Nariño
María del Carmen no concibe la Navidad sin el tradicional pesebre. En su resguardo también se dedica ha mantener viva la práctica ancestral del tejido. ©Flor del Carmen Imbacuán El montaje de la Navidad lo hacían siempre el 15 de diciembre, un día antes del inicio de la novena de aguinaldos. “Los abuelos nos contaron que el niño Jesús nació pobre en un tipo de galpón o choza llena de paja y cubierta por el musgo de las montañas. Lo hizo el 25 de diciembre a las 12 de la madrugada y sin ningún tipo de lujos, en una noche fría y silenciosa. Por eso es como una regla que los pesebres del pueblo representen esas carencias”. Durante nueve días, es decir hasta el 24 de diciembre, toda la familia de María del Carmen se reunía en la sala de la casa para rezar la novena justo cuando el reloj marcaba las 7 de la noche. “Después de echarnos la bendición todos empezábamos a recitar la oración para todos los días: ‘benignísimo Dios de infinita caridad…’. Luego cantábamos los villancicos tradicionales como el ‘A la nanita nana’ y ‘tutaina’, comíamos algo preparado en casa y por último los niños salíamos a jugar en las calles”.
Además de los pesebres, la otra pasión de María del Carmen son los telares. Hace parte de un grupo de mujeres dedicadas a fabricar tejidos indígenas. «Estoy muy orgullosa por mantener casi que intacta la tradición navideña que me inculcaron mis papás. Lo único grande que ha cambiado en mi casa es que ya no utilizamos musgo para adornar el pesebre» Carmencita, una de las tejedoras indígenas del resguardo Carlosama. Tradición intacta María del Carmen tiene sus raíces bien clavadas en las tierras del resguardo de Carlosama. Nunca ha contemplado mudarse a otro sitio, ya en los suelos negros y fértiles de Cuaspud pasó una niñez y adolescencia llenas de felicidad y sin vicios, se enamoró profundamente y tuvo a su único hijo: Edgar Arturo. Además, en este terruño nariñense ha podido vivir de otra tradición que le enseñó su progenitora: tejer ruanas, chales, ponchos, chalecos, bufandas, capas, pashminas, abrigos, chumbes y faldas con la lana de ovejas, algodón o seda natural de gusano. “Soy una de las 25 tejedoras de la fundación ‘Hilando y Tejiendo Sueños’, la cual ya vende diseños a varios países del extranjero”. Aunque ya es una mujer hecha y derecha y hace cuatro años se convirtió en la abuela de Nicol Xiomara, en los ojos negros de Carmencita se pueden ver los destellos de esa niñez repleta de la felicidad que solo aporta el mes de diciembre. “Estoy muy orgullosa por mantener casi que intacta la tradición navideña que me inculcaron mis papás: seguir haciendo el pesebre tradicional. Lo único grande que ha cambiado en mi casa, donde vivo con mi mamá, hijo y nieta, es que ya no utilizamos musgo para adornarlo”.
María del Carmen ya no recorre las montañas para buscar musgo, ya que le dijeron que esa tradición afectaba a la naturaleza. ©Jhon Barros. Desde hace más o menos 10 años, la comunidad del resguardo indígena dejó de sacar el musgo de las montañas y árboles para decorar la figura más representativa de la Navidad. “Nos dijeron que eso afectaba mucho la naturaleza. Ya no lo hacemos. Unos compran cosas artificiales. Otra cosa que conservo es un viejo chamizo ya seco, porque los árboles nuevos de plástico no me gustan”. Esta nariñense asegura que sus manos han ayudado a montar más de 40 pesebres desde que nació. “A los cinco años le ayudé por primera vez a mi mamá a armar el pesebre. Desde ahí no he parado y hoy ya tengo 47 primaveras. No ha pasado un solo diciembre donde no haya hecho mi pesebre ni dejado de rezar la novena de aguinaldos, y así será hasta que Dios me llame para ir al cielo”. El pesebre de Carmencita es de antaño. Las figuras son en greda y pintadas por ella misma, tiene un tapete verde artificial lleno de ovejas, vacas y patos, y una estrella plateada que ha pasado de generación en generación los vigila desde lo alto. “Lo único medio novedoso son las luces de varios colores, las cuales pongo el día del inicio de la novena”. Te puede interesar: Quinamayó, el pueblo del Valle donde la Navidad se celebra en febrero
El único hijo de María del Carmen también le ayuda a armar el pesebre todos los diciembres. El ideal es que su nieta de cuatro años se una al clan familiar navideño. ©Flor del Carmen Imbacuán. «Acá todos tenemos claro que la Navidad es una época para compartir en familia y de recogimiento espiritual. Los niños y jóvenes participan en la elaboración del pesebre y no están tan pendientes por los regalos que les dejamos bajo el árbol» María del Carmen Chingal Respeto a las raíces Manuel Chingal y Zoila Rosa Guamialamag tuvieron cinco hijos. María del Carmen fue la menor, la consentida según ella. “Todos vivimos en el resguardo. Mi papá ya no está con nosotros, pero gracias a Dios aún me queda mi mamá, quien todos los años me recuerda que es una obligación armar el pesebre y rezar la novena”. Como todos sus parientes viven en el pueblo, la época de Navidad es bastante parecida a cuando era niña. Además de armar el pesebre en familia, los nueves días de los rezos se los reparten en cada una de las viviendas: un día donde un hermano, otro donde un tío. "Siempre terminamos de rezar cantando villancicos y con buñuelos y natilla”. Así ocurre en todo el resguardo Carlosama. Según Carmencita, los habitantes de Cuaspud mantienen vivo el legado ancestral y católico de sus antepasados. “Acá todos tenemos claro que la Navidad es una época para compartir en familia y de recogimiento espiritual. Los niños y jóvenes participan en la elaboración del pesebre y no están tan pendientes por los regalos que les dejamos bajo el árbol”.
En las zonas rurales de Colombia la Navidad sigue girando alrededor de los pesebres. María del Carmen es una de las mujeres del campo que mantiene viva esa tradición. ©Flor del Carmen Imbacuán. «No entiendo como algunas personas, en especial los de las grandes ciudades, le rezan la novena a un árbol repleto de luces y con adornos hasta azules sin tener un pesebre con las figuras de la Virgen María y San José» María del Carmen afirma en tono contundente que para ella una Navidad sin pesebre no tiene sentido. “El verdadero propósito de esa época es rendirle homenaje a la llegada del Niño Jesús, por lo cual no entiendo como algunas personas, en especial los de las grandes ciudades, le rezan la novena a un árbol repleto de luces y con adornos hasta azules sin tener un pesebre con las figuras de la Virgen María y San José”. Su hijo y nieta la ayudan cada diciembre a armar la tradición. “Mi mamá nos dirige. Ella es la que dice como deben ir los santos y todas esas cosas. También vamos a misa bien madrugados durante los nueve días de la novena, muy a las 5 de la mañana. Espero que mi familia no deje perder esa linda actividad cuando yo ya no esté acá”.