Desde que estábamos en la primaria, y aún hoy en la enseñanza escolar, se habla de la gesta independentista como la gran hazaña patriótica comandada por el Libertador Simón Bolívar, con los generales Santander, Anzoátegui, Soublette y otros, al mando de una soldadesca conformada por hombres descalzos de los llanos que realizaron la hazaña heroica de trepar la cordillera y atravesar los páramos para llegar a Boyacá a librar las dos grandes batallas que hace 200 años nos liberaron del dominio español. Una historia de hombres armados, próceres que entregaron su vida a la causa de la libertad, guerreros que escribieron con sangre el primer capítulo de la soberanía de esta nación. Y nos enseñaron a honrarlos, a venerarlos, a poner sus estatuas ecuestres en las plazas, a llamar con su nombre las calles, los puentes y las escuelas. En esta historia de hombres aguerridos e intrépidos se han colado, como pequeñas estrellas en el firmamento de la gloria independentista, algunas mujeres cuya valentía no pudo ser ignorada por la historiografía. Policarpa Salavarrieta, Antonia Santos o Manuela Sáenz, las más conocidas, heroínas cuyo gran valor parecía ser el de haber cometido la osadía de ser las únicas mujeres metidas de fondo en el berenjenal político militar de la independencia. Como lo que no se nombra no existe, tuvieron que pasar 200 años para que se empezara a reconocer que el papel de las mujeres en la independencia fue más relevante y masivo de lo que cuentan las cartillas. Las valientes fueron más, muchas más, que las contadas heroínas que de vez en cuando reciben homenaje. Como La Pola, muchas espiaron para darle información a los patriotas sobre los movimientos de las tropas enemigas; muchas madres entregaron sus hijos como cuota para la libertad; batallones de mujeres cosieron uniformes, camisas y banderas para los soldados; y muchas fueron “Juanas”, grupos de mujeres que iban con el pelotón para curar a los heridos, alimentar a los hambrientos o retozar con los ganosos. Pero sin duda, las mujeres más invisibilizadas en esta historia han sido las guerreras. Cuentan que Mercedes, la hija de Antonio Nariño, se ponía el uniforme de la artillería para defender la causa independentista al lado de su padre, y que en las batallas “aplicó el botafuego al cañon con gran impavidez”. Simona Amaya, una verdadera “Mulan” criolla, se unió al ejército libertador después de Pisba, y vestida como hombre participó en varios choques con el ejército español; murió en el Pantano de Vargas, y cuenta la leyenda que fue Bolívar quien descubrió que era una mujer cuando intentó socorrer a ese soldado que encontró herido de muerte después de la batalla. La tunjana Evangelista Tamayo se unió al ejército libertador en el Puente de Boyacá y peleó en muchas batallas al mando de Bolívar, hasta morir en Coro – Venezuela en 1821, con el rango de capitán. Mujeres aguerridas cuyos nombres tal vez nunca conozcamos, en la gesta libertadora se liberaron ellas también de la tiranía de los roles y entraron en los campos que les eran vedados para aportar, desde su propia valentía y osadía, a la causa de ser una nación independiente. La mujeres libertadoras son las que vencen toda adversidad para hacer ejercicio de la igualdad, hace 200 años como hoy. Las agendas del machismo - cada vez más sutiles pero no menos efectivas – siempre han pretendido acallar la voz en alto de las mujeres, coartar su autonomía o bloquear el crecimiento de su fuerza. Por los siglos de los siglos. Mujeres libertadoras de hoy son las futbolistas gringas que se ganaron la Copa Mundo y se la restregaron en las narices a Donald Trump, o las colombianas que se hicieron a la Copa Libertadores de América Femenina (¿?) a pesar de las mafias machistas que manejan el fútbol nacional. Libertadoras son millones de mujeres cada día que andan por ahí como Las Juanas, liberando su propia vida y las de otras, de tiranías obsoletas: de los feminicidios, las violencias sexuales, el maltrato intrafamiliar, los salarios diferenciados, los manoseos en el bus. Las que encaran los demonios y las tristezas, que le hacen el quite diario a la pobreza, que encaran maledicencias; las que anteponen sus convicciones personales a la conveniencia, las que responden duro cuando toca, y obran en consecuencia. Así que, si vamos a conmemorar el Bicentenario, bienvenida sea la ocasión para leer más allá de la cartilla y brindarle un homenaje a todas las mujeres que pisan fuerte y ponen en práctica a diario esa libertad que da la igualdad.