Hay momentos en la vida que no avisan, no preguntan si estamos listos ni dan tiempo para prepararnos. Simplemente irrumpen y nos colocan justo ahí, frente a una bifurcación.
Imagínese en una carretera solitaria. Va manejando con calma, en paz, y de repente aparece una “Y”. No hay señales, no hay mapa, solo hay dos caminos posibles: a la derecha o a la izquierda. Y lo más difícil: no existe la opción de quedarse inmóvil, Porque la vida, como la carretera, exige movimiento.
Vivimos en una cultura que nos empuja a decidir rápido, a actuar con prontitud, a no dudar. Nos han enseñado que hay que ser firmes, oportunos, eficaces. Sin embargo —y no pocas veces con dolor— he aprendido que la prisa rara vez es buena consejera. Que decidir desde el impulso puede llevarnos por rutas que parecen fáciles, pero que muchas veces nos alejan de lo que somos en lo más profundo.
Una de esas bifurcaciones me tocó enfrentarla muy joven. Tenía apenas 18 años cuando mi madre, Diana Turbay, fue secuestrada por el cartel de Medellín. Durante 147 días viví entre el miedo, la incertidumbre y la esperanza. Luego llegó la noticia de su muerte. Fue un golpe devastador. Un punto de quiebre. Ese tipo de dolor que te obliga a tomar una decisión: ¿me hundo… o resurjo?
No tomé una decisión de inmediato. Me tomó tiempo. Lloré. Me aislé. Me enojé con el mundo. Hubo días en los que sentí que nunca volvería a sonreír. Con los años comprendí que incluso esa pausa, ese aparente congelamiento interior, fue en sí misma una forma de decidir. Elegí quedarme quieta, y fue en esa quietud donde comenzó la verdadera transformación.
Volví entonces al mar. Retomé el buceo, una pasión que compartía con mi madre desde los 14 años. En el silencio de las profundidades encontré un nuevo lenguaje para el alma. Sumergirme me enseñó algo esencial: para tomar decisiones profundas, hay que aprender a respirar en la oscuridad, a flotar con calma antes de impulsarse hacia la superficie.
Desde entonces, cada vez que la vida me coloca frente a una nueva bifurcación, no corro. Respiro. Consagro esa decisión. La entrego. Me doy el tiempo necesario para observar, para escuchar mi voz interior —esa que algunos llaman intuición, y otros, la voz de Dios—, y para consultar con personas sabias, que no responden desde la emoción, sino desde la claridad. Porque al final, uno razona con la cabeza, siente con el corazón… pero se deja guiar por la intuición.
Y como decía Carl Gustav Jung, la intuición no se opone a la razón: la trasciende. Él creía que las grandes decisiones no nacen de la lógica, sino del alma. Que en ese espacio profundo donde habita el inconsciente es donde se gesta el verdadero discernimiento. Y que solo quien es capaz de escuchar el susurro de su interior puede avanzar con sentido, incluso en medio de la niebla.
Hoy, después de muchos caminos andados, comparto algunas lecciones que no aprendí en los libros, sino en la vida:
- La prisa confunde. Lo urgente rara vez es lo verdaderamente importante.
- Decidir con calma no es señal de lentitud, sino de sabiduría.
- La voz interior no grita. Pero cuando se le da espacio, siempre guía.
- Dios habla en el silencio. Y cuando ponemos nuestras decisiones en sus manos, su presencia se manifiesta en los resultados.
- Quedarse quieto también es una elección. A veces, la más necesaria para entender hacia dónde avanzar.
He descubierto que, por más fuerza que uno reúna para tomar una decisión, y aunque vea el vaso medio lleno, nunca es fácil. Decidir forma parte de nuestra vida cotidiana, y aunque tengamos toda la intención de avanzar, a veces simplemente no se puede, o las circunstancias cambian. Y eso también está bien. Reconocerlo no es fracasar, sino aceptar que la vida es dinámica y que la verdadera sabiduría radica en la flexibilidad del corazón.
No deberíamos temerle a las bifurcaciones, sino a la prisa disfrazada de determinación. Porque las decisiones que realmente transforman una vida no se toman desde el afán, sino desde la profundidad. Desde ese lugar donde habita la verdad interior.
Con los años he aprendido que no siempre existen solo dos opciones: A o B. Que, a veces, la verdadera sabiduría no está en escoger rápido, sino en detenerse a mirar bien. En preguntarse si esos dos caminos son, en realidad, las únicas posibilidades. Fue entonces cuando me encontré con una enseñanza que hoy me acompaña: la Vía del Medio. Una antigua mirada budista que invita a evitar los extremos, a no lanzarse ni al todo ni a la nada. Pero, sobre todo, propone soltar la necesidad de elegir entre dos polos opuestos y abrir espacio a una tercera opción. Una que no aparece en los mapas ni en la urgencia, sino en el silencio. En ese lugar interior donde no hay ruido, solo claridad.
Elegir no es solo trazar un destino: es honrar el instante sagrado en que decidimos. Es comprender que, en cada cruce de caminos, definimos hacia dónde vamos y quiénes elegimos ser.
Y cuando esa elección nace desde la calma, el discernimiento y la fe, el camino, aunque incierto, se vuelve habitable. Porque lo caminamos con la certeza de haber escuchado lo más valioso: nuestra alma en paz.
María Carolina Hoyos Turbay, presidenta Fundación Solidaridad por Colombia.