Hay desconexiones que no hacen ruido.
No llegan como crisis ni como conflictos evidentes.Se instalan poco a poco.
Todo sigue funcionando pero algo no termina de sentirse completo.
Y eso fue exactamente lo que empecé a ver en mi propia vida.
Durante años fui feliz. No ’a pesar de’. No ‘con dificultad’. Fui feliz de verdad.
Pero había momentos —justo los más importantes— en los que algo se me iba.
No sabía qué. No sabía por qué. Solo sabía que no estaba del todo ahí.
En mi graduación abracé a mucha gente, pero anhelé un abrazo que no iba a llegar.
En mi matrimonio sonreí, celebré, caminé hacia el altar y busqué en la banca principal esperando verla.Cuando nacieron mis hijos, mientras los miraba, me la imaginé como abuela, ocupando un lugar que solo existía en mi cabeza.
Yo perdí a mi mamá cuando tenía ocho años y aunque mi vida siguió, y siguió bien, esa ausencia empezó a colarse en escenas donde nadie la había invitado.
No lo veía como un problema.No lo cuestionaba.Se volvió mi forma de vivir.
Un día, una pregunta simple me desarmó: ¿quién me garantizaba que las cosas habrían sido como yo las imaginaba si mi mamá hubiera estado? La respuesta fue brutal: nadie
Y ahí se cayó algo. No la ausencia. La historia.
La historia que había sostenido durante más de 30 años, donde mi presente siempre parecía incompleto frente a una versión imaginaria de mí misma. Esa historia era complicada, enredada y triste. Ese era mi drama, solo que no lo había reconocido así. Nunca le había puesto ese nombre.
Ahí entendí un aspecto esencial: el drama desconecta.
Me desconectaba de mi presente, de lo que sí estaba ocurriendo, de la vida que tenía enfrente.
Soy ingeniera industrial, especialista en innovación, y durante años trabajé como consultora en creatividad. Mi trabajo ha sido leer procesos para identificar cuellos de botella.
Cuando reconocí que yo estaba en drama y decidí bajarlo para poder volver a conectar con mi presente, hice exactamente eso: leí el sistema, identifiqué qué estaba sobrando y lo quité.
Y entonces lo vi con claridad afuera.
En familias que se quieren, pero no se encuentran. En equipos de trabajo con talento, pero desconectados. El patrón era el mismo: dramas sostenidos por demasiado tiempo que terminaban alejando a las personas.
Desde ahí nació la Ingeniera de Conexiones como una postura profesional: identificar cuándo el drama entra, cómo desconecta y qué hay que bajar, no agregar, para que la conexión vuelva a aparecer.
Hoy diseño programas, charlas y experiencias para intervenir esa desconexión en familias y equipos de trabajo. No porque les falte amor, compromiso o capacidad, sino porque falta una lectura diferente.
Por eso hoy me hago —y hago— estas preguntas que pueden sonar incómodas:
¿Qué situación sigues explicándote una y otra vez, aunque sabes que ya no da más?
En tu familia: ¿qué conversación se evita desde hace años y ya se nota en silencios, distancias o tensiones que nadie nombra?
En tu equipo de trabajo: ¿qué decisión no se toma y qué tema no se habla, mientras todos siguen trabajando como si nada pasara?
A veces no hace falta cambiar nada, solamente hace falta bajar el drama para volver a conectar.