Hace 18 años, cuando apenas era una niña con más sueños que certezas, tomé la decisión de emprender. Luego, motivada por el fuerte deseo de salir adelante y darme a mí y a mi familia la vida que sentí que merecíamos, comencé mi primera compañía, a los 22 años.

Lo hice sin experiencia, sin capital, sin un manual de instrucciones. Sin embargo, cuando hoy miro hacia atrás y evalúo cómo logramos construir una compañía tecnológica exitosa e innovadora, me doy cuenta de que su éxito no se debe a que usamos buenos cables, excelente software o máquinas bien diseñadas, no. La verdadera clave del éxito de mi empresa siempre ha sido la gente.

Todo comenzó con un impulso. Fue en las aulas de Unilatina, en 2007, cuando por primera vez me animaron a creer que yo podría ser una empresaria. A partir de ahí enfrenté mis temores y di el primer paso. Pero ese salto al vacío no lo di sola. Conté con el apoyo incondicional de mi familia, de mis amigos, de mi pareja de ese entonces y, sobre todo, de esos primeros clientes que confiaron en mi proceso. Ellos vieron a una joven inexperta, pero decidieron creer en mí.

Con el tiempo, el negocio creció y la vida me enseñó que un empresario no se hace en solitario. Producir dinero no es suficiente, también es importante el crecimiento personal y forjar alianzas, entender que la unión hace la fuerza. Algunos de mis amigos se volvieron socios, y aun cuando mi primera pareja y socio se fue, Dios puso en mi camino a alguien que me ayudó a continuar con mi misión. Pero la vida me puso nuevos retos.

Tuve que enfrentar momentos dolorosos y tomar decisiones sumamente difíciles, como despedir de la compañía a personas que amaba profundamente porque nuestros valores y pretensiones ya no se alineaban. Eso me dolió, pero me formó como tomadora de decisiones. Me enseñó la importancia de soltar para poder avanzar.

Aprendí que todos los cambios, incluso los difíciles, sirven para algo. Crecí. Maduré. Con cada año que transcurría, era más claro que en la vida y en las empresas todo tiene un tiempo y un ciclo.

Los aprendizajes continuaron. Aprendí que, para escalar, debía rodearme de personas de confianza, aquellas que pudieran aportar al crecimiento de mi visión. Hoy agradezco todas esas conversaciones informales con ellos que se convirtieron en estrategia.

Mis líderes son personas empíricas, pero toman cada decisión con el amor con que hacen su trabajo. Conmigo han crecido mensajeros que ahora son líderes, técnicos que ahora son desarrolladores, secretarias que ahora dirigen. No me cabe duda de que hoy, Accesspark es el resultado y la suma de todos esos genios que en su momento apostaron por mi visión. Ellos hoy son los pilares de esta empresa.

En este camino, también he tenido que defender mi esencia social. Alguna vez, un exsocio me desafió al decirme: “Uno hace empresa para hacer plata; esa visión de tener una empresa para ayudar a la gente no es de un empresario”. Mi respuesta contundente fue, y sigue siendo, clara: “Sí es posible hacer una empresa para ayudar a los demás y al mismo tiempo ganar plata”. Para mí, ese es el negocio ideal: ayudar y ganar. Porque ganar es sinónimo de generar más empleo.

Esa diferencia fundamental con mi exsocio nos separó, pero reafirmó mi convicción social y me quedó claro que el liderazgo no siempre es cómodo, pero sí debe ser honesto.

A veces me preguntan qué metodología o secreto gerencial utilizo para sostener y hacer crecer mi empresa. Después de todo lo que he vivido, de las crisis superadas: separaciones, una escisión, robos, pandemia, y muchos otros obstáculos, creo que he descubierto que más que una metodología, lo que me guía es creer y apostar por la gente, exactamente de la misma forma en la que muchos de ellos, alguna vez y hasta el día de hoy, apostaron por mí.

Sí es posible crecer de forma honesta, sin pasar por encima de nadie. Puede que esto haya incomodado a aquellos que pensaban que no teníamos derecho a crecer. Pero al final del día, el crecimiento que realmente trasciende es aquel que impacta vidas.

Nunca subestimen el poder de rodearse de las personas correctas. No las que dicen sí a todo, sino aquellas que creen en tu visión cuando todavía la estás construyendo. A partir de un sueño que tuve cuando tenía 22 años, construimos con mi equipo algo diferente. Lo más valioso no está en los contratos firmados ni en las cifras del balance financiero, está en los ojos de cada persona que algún día dijo: yo creo en ti.

Nataly García, fundadora y CEO de Accesspark