Hay una cifra que debería incomodarnos a todos los que trabajamos en el ecosistema financiero colombiano: según un estudio del Banco de la República publicado en 2024, solo el 16,4% de la población adulta del país responde correctamente tres preguntas básicas diseñadas para evaluar conocimiento financiero. No se trata de preguntas sobre derivados ni instrumentos complejos. Se trata de conceptos elementales: tasas de interés, inflación, diversificación del riesgo. Y más de ocho de cada diez colombianos no los dominan.

El dato es más revelador cuando se pone en contexto: la OCDE estima que apenas el 39% de los adultos en el mundo alcanzan niveles mínimos de alfabetización financiera. Colombia está muy por debajo de ese promedio. De hecho, no estamos ante un rezago menor, estamos ante una brecha estructural que tiene consecuencias directas sobre la capacidad de las personas para ahorrar, endeudarse responsablemente, proteger su patrimonio y, en última instancia, participar en los mercados de capitales.

El mismo estudio del Banco de la República llega a una conclusión que vale la pena subrayar: las personas con mejor conocimiento financiero toman decisiones de consumo más adecuadas en contextos de inflación alta, pero ese conocimiento no se traduce automáticamente en mayor uso de productos de inversión. Dicho de otra manera: saber más no basta si el ecosistema no acompaña. La educación financiera no funciona en el vacío.

Entonces, ¿qué hace falta? Una respuesta honesta exige reconocer que no existe un solo responsable ni una solución única. La educación financiera integral es, por definición, un esfuerzo de múltiples actores que deben moverse con coordinación y con sentido de urgencia.

El Estado tiene la obligación de ir más allá de los marcos normativos declarativos. La evidencia internacional es clara: según la OCDE, los estudiantes con mejores habilidades financieras cuentan con una probabilidad superior al 66% de ahorrar regularmente. Eso no ocurre por accidente, ocurre cuando la educación financiera hace parte del currículo desde temprana edad, con continuidad y con rigor. Colombia tiene lineamientos sobre el tema, pero tener lineamientos no es lo mismo que garantizar aprendizaje. El salto que falta es del papel a las aulas, de la intención a la medición de resultados.

Las entidades financieras y los gremios tienen igualmente una responsabilidad que va más allá del cumplimiento regulatorio. Proteger al inversionista no empieza en el prospecto de emisión ni en la ficha técnica de un producto: empieza mucho antes, en la formación del ciudadano que algún día puede convertirse en inversionista. El mercado de capitales colombiano seguirá siendo pequeño y poco profundo mientras su base potencial de participantes no cuente con los conocimientos mínimos para entender qué es invertir, qué riesgos implica y qué derechos los amparan.

Los influenciadores financieros son también parte de este ecosistema, y sería un error ignorarlos. Millones de colombianos reciben su primera educación financiera a través de redes sociales, antes que en una entidad educativa o financiera. Eso puede ser una palanca poderosa o una fuente de desinformación, dependiendo de la calidad y responsabilidad de esos contenidos. El reto del sector es construir puentes entre ese lenguaje accesible y el rigor que exige hablar de inversión, riesgo y mercados.

La confianza del ciudadano en los mercados financieros se construye sobre una base: que entienda cómo funcionan, qué derechos tiene y cómo ejercerlos. Sin ese piso, la profundización del mercado de capitales seguirá siendo una conversación entre especialistas. Con él, se vuelve una posibilidad real para millones de colombianos que hoy están fuera, no por falta de interés, sino por falta de conocimiento.

La educación financiera no es un beneficio social. Es una condición para que los mercados funcionen mejor, para que la regulación sea más eficaz y para que la inclusión financiera sea genuina y no solo nominal. Entenderlo así, y actuar en consecuencia, es la tarea que tenemos pendiente.

Shenny González Uribe es presidente de Asobolsa