Hay una pregunta que me quedó dando vueltas después de mi columna anterior: si el primer paso es soltar la necesidad de validación externa, ¿Qué sigue? ¿Cómo se ve eso cuando estás en medio de un equipo, resolviendo el día a día?

Lo he visto de cerca trabajando con equipos multiculturales y multigeneracionales, con personas de historias muy distintas y con formas de entender la autoridad que no siempre coinciden.

Y lo que más me ha sorprendido no es lo difícil que puede ser esa diversidad, sino lo que realmente la hace funcionar.

No son los procesos ni las reglas.

Es qué tan clara está cada persona sobre quién es.

Cuando alguien sabe lo que defiende, lo que no negocia y desde dónde habla, eso se siente incluso antes de que diga algo.

El ambiente cambia.

La gente propone con menos miedo, dice lo que piensa en lugar de adivinar qué es lo que quieren escuchar y ocupa su lugar sin pedirle permiso a nadie.

Algo que estaba tenso se afloja.

Lo contrario también pasa, y es igual de evidente.

Cuando alguien no tiene ese piso propio, ese vacío lo llena otra cosa: quien habla más duro, la costumbre de hacer las cosas como siempre se han hecho o la dinámica de quien más busca quedar bien.

En equipos diversos, donde cada persona está constantemente leyendo si puede ser ella misma, eso tiene un costo.

No siempre es dramático.

A veces es silencioso: la idea que nadie dijo, la conversación que no ocurrió, lo que alguien tenía para aportar y nunca entregó porque no encontró la señal correcta.

Mary Wollstonecraft decía que el poder sobre uno mismo es la forma más real de autoridad.

Lo que yo he visto es que ese poder no se queda adentro.

Se contagia.

Una persona que ya no necesita aprobación externa deja de competir, muchas veces sin darse cuenta, con quienes tiene al lado.

No necesita llevarse el crédito ni tener siempre la razón.

Y en ese espacio que se abre, otros empiezan a encontrar el suyo.

No es idealismo.

Es, probablemente, lo más práctico que he visto funcionar.

Los equipos que mejor trabajan no son los más controlados.

Son los que tienen suficiente confianza para moverse solos cuando hace falta.

Y esa confianza no se impone ni se enseña.

Se contagia.

Por eso creo que la claridad sobre uno mismo no es algo únicamente personal.

Es, probablemente, una de las fuerzas más colectivas que existen dentro de un equipo.

Porque cuando alguien sabe quién es, no solo cambia su manera de liderar.

También cambia la forma en que los demás se atreven a estar presentes.

Mónica Fonnegra, gerente Regional de Mercadeo y Comunicación, Grupo Arista