Hace poco alguien me hizo una pregunta que parecía sencilla: ¿usted cómo está formando a su hija? La respuesta me salió sin cálculo, casi como una convicción inevitable: “no estoy formando únicamente a mi hija, estoy intentando impactar cada entorno al que pertenezco”.
Porque la formación no ocurre únicamente en la maternidad, sino en las conversaciones, en las decisiones y en la forma en que trabajamos, corregimos, lideramos, escuchamos, exigimos y actuamos. Se construye en cada espacio donde alguien observa quiénes somos cuando nadie nos obliga a serlo.
Mayo suele convertirse en una temporada de flores, homenajes y discursos dulces sobre la maternidad. Pero pocas veces hablamos de lo verdaderamente importante, la responsabilidad de formar personas útiles, conscientes, fuertes y honestas para la sociedad.
Todos estamos formando a alguien: un compañero de trabajo, un sobrino, un estudiante, un amigo, un equipo, un colaborador. Incluso a un desconocido que nos observa y nos escucha hablar sin darnos cuenta.
Todos dejamos huella, porque si algo he entendido es que el problema más profundo de nuestra sociedad no es económico ni político. Tampoco es una discusión entre ricos y pobres, empresarios y trabajadores, izquierda o derecha, blancos o negros. Hemos perdido demasiado tiempo intentando dividir el mundo en categorías superficiales, mientras ignoramos la única diferencia verdaderamente trascendental: las personas buenas y las personas malas.
Y esa es una elección diaria. Una persona buena no es perfecta; es responsable, es alguien que trabaja con lo que tiene, que deja de buscar excusas inútiles y entiende que la vida no le debe privilegios por haber sufrido. Cuando falla, asume; cuando puede dar más, lo hace; no vive consumida por la envidia ni esperando el fracaso ajeno para justificar el propio.
Hoy vivimos en una cultura que convirtió la justificación en identidad. Todo necesita una explicación externa, todo parece depender de alguien más: el sistema, los padres, la infancia, el gobierno, la economía, la pareja y hasta la suerte.
Y sí, claro que las circunstancias existen. Hay desigualdades, la vida no empieza igual para todos. Sin embargo, hay una verdad incómoda que muchos prefieren evitar: al final, somos el resultado de nuestras decisiones sostenidas en el tiempo.
El día que una persona entiende que su vida no mejora culpando al mundo, sino haciéndose responsable de sus actos, empieza realmente a crecer. Eso es lo que quiero enseñarle a mi hija.
No quiero formar una mujer que crea que el mundo está obligado a rescatarla. Quiero formar una mujer capaz de sostenerse con dignidad, incluso cuando la vida no sea amable. Una mujer que entienda que la disciplina vale más que el discurso, que el carácter pesa más que la apariencia y que la integridad sigue siendo valiosa, incluso cuando el entorno muchas veces premie lo contrario.
Y lo mismo intento transmitir en cada entorno donde tengo la posibilidad de influir. Porque formar sociedad no es una tarea abstracta, es una práctica cotidiana. Está en cómo tratamos al mesero, en cómo hablamos de quienes tienen éxito, en cómo reaccionamos cuando perdemos, en cómo asumimos los errores y en si trabajamos incluso cuando nadie nos vigila.
Tal vez por eso mayo debería recordarnos algo más profundo que la celebración tradicional de la maternidad. Todos somos responsables de lo que estamos sembrando en otros, porque incluso quien no tiene hijos le está enseñando algo al mundo con su manera de vivir.
Ana Janneth Ibarra es CEO del Grupo Axir