Hace unos meses revisé en detalle los datos de gestión ambiental de una de las IPS que lidero. Lo que encontré me generó una satisfacción genuina y, al mismo tiempo, una incomodidad que vale la pena compartir.

La satisfacción: en ese centro médico, la energía solar generó más de 139 mil kilovatios-hora en el año, lo que evitó la emisión de 31 toneladas de CO₂ equivalente; es decir, en términos que entiende cualquier persona, la captura de carbono de 1.400 árboles en un año. El ahorro fue de cerca de 86 millones de pesos. Son cifras reales, medibles, verificables. Y son el resultado de una decisión de inversión que no tuvo retorno inmediato visible, pero que hoy tiene impacto demostrable.

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La incomodidad: cuando vi esos datos en un informe bien diseñado, me pregunté si no estábamos cayendo en la misma trampa que critico en otros: confundir la comunicación de la sostenibilidad con la sostenibilidad misma.

Porque en el sector salud, la sostenibilidad se ha convertido en un tema de imagen antes que de gestión. Hay reportes elaborados, compromisos firmados, indicadores presentados con gráficas bonitas. Y hay muy poca conversación honesta sobre las decisiones difíciles que la sostenibilidad real exige.

Yo la entiendo en, al menos, tres frentes que no pueden separarse sin vaciarse. El primero es el financiero: un sistema de salud que no es viable económicamente no puede sostener el cuidado que promete. No hay propósito posible sin disciplina de gestión. El segundo es el social: la sostenibilidad que ignora la equidad no es sostenibilidad, es eficiencia sin conciencia. En Colombia, el municipio donde nace una persona sigue determinando demasiado el nivel de cuidado al que puede acceder. El tercer frente es el ambiental —y aquí está la paradoja que pocas organizaciones de salud se atreven a nombrar—: somos uno de los sectores que más residuos genera, que más energía consume, que más presión ejerce sobre los recursos que sostienen la vida que decimos cuidar.

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Lo que aprendí con los datos de energía solar no fue solo que los paneles funcionan. Fue que la sostenibilidad real se construye mucho antes de que aparezca en un informe: se construye en el momento en que alguien decide invertir en algo cuyo retorno no será visible el mismo año, en que alguien asume que reducir la huella ambiental de un establecimiento médico es una decisión clínica y no solo administrativa, en que el equipo que trabaja con residuos hospitalarios recibe el mismo reconocimiento que cualquier otro proceso crítico de la organización.

Esa misma IPS que menciono —que además cuenta con acreditación en salud— lleva desde 2017 con la ISO 14001, el Sistema de Gestión Ambiental, como estándar verificado externamente, renovado año tras año por Icontec. No es un sello decorativo: es el sistema que obliga a medir, a rendir cuentas y a mejorar de forma continua el impacto ambiental de la operación. En el resto de las IPS y centros de atención farmacéutica del grupo, las prácticas ambientales ya existen y se desarrollan: la separación en la fuente, el manejo de residuos, el uso eficiente de la energía. Lo que viene ahora es formalizar esa gestión bajo el mismo estándar certificado, no porque el certificado cambie lo que se hace, sino porque la disciplina de medición y rendición de cuentas que lo acompaña eleva el nivel de toda la organización.

La mayor dificultad no es técnica. Es cultural. He visto organizaciones con sistemas solares y políticas de reciclaje impecables que, al mismo tiempo, agotan a sus colaboradores, toman decisiones de expansión sin analizar su capacidad real de sostener la calidad, o diseñan modelos de atención que funcionan en el papel pero no en la sala de espera. Eso tampoco es sostenible. Solo es menos visible.

Lo he dicho antes en esta misma columna: la tecnología y los sistemas solo tienen sentido cuando se gobiernan con criterio. La sostenibilidad no es distinta. Exige líderes dispuestos a medir lo que realmente importa y no solo lo que es cómodo de publicar, a asumir costos hoy para reducir riesgos mañana; a entender que un programa de gestión ambiental desconectado de la estrategia de cuidado es apenas un esfuerzo periférico.

La sostenibilidad en salud no se demuestra en los informes. Se demuestra cuando el sistema sigue siendo útil, accesible y responsable con el tiempo. Esa es la única prueba que importa.

Catalina Gutiérrez de Pieñeres, CEO de Previsalud