A lo largo de mi vida he tenido que aprender a vivir en varios mundos al mismo tiempo. Mi generación es conocida por algunos como la generación de acero y es probablemente una de las que más cambios ha experimentado en tan poco tiempo. Nos tocó pasar de lo analógico a lo digital, de la jerarquía rígida a la horizontalidad aspiracional, del silencio a la denuncia. Y, en medio de todo eso, nadie nos enseñó a traducir.

Ese es, quizás, el problema de fondo: no sabemos hablar entre generaciones.

Yo pasé por dos universidades y dos carreras que, vistas hoy, parecen mundos distintos. En la facultad de Comunicación Social de una reconocida universidad viví escenas que en su momento no supe nombrar. Una de las ‘vacas sagradas’ nos expuso en público en la primera clase de primer semestre con una naturalidad brutal: a una compañera la llamó “puta”, a otra “mosquita muerta”; a mí me hizo un comentario sexual explícito, a un compañero le dijo “depravado” y a otro, que aún no salía del clóset, le exigió aceptar delante de todos que era un “maricón”. Todos quedamos atónitos.

Al día siguiente, besó a la fuerza a una de mis nuevas amigas en respuesta a una pregunta que ella le hizo sobre un experimento de anticultura que nos había dado como tarea. No solo la besuqueó en la mitad del campus, sino que la trató de bruta con la pragmática respuesta que le dio. Ella lloró. Los demás, aunque con asco, nos reímos, como si ella estuviera probando por voluntad propia un plato exótico.

Y nos reímos, no porque nos pareciera bien. Sencillamente no sabíamos qué hacer con todo eso. Entonces gestionar se convirtió en el verbo rector que muchas personas de mi generación aprendimos a conjugar frente a cualquier acoso o abuso.

Años después, en la facultad de Derecho de una universidad marcadamente conservadora, el entorno era mucho más formal, pero no necesariamente más claro. En un grupo mayoritariamente femenino, las relaciones entre profesores y estudiantes no eran inusuales ni generaban mayor reproche. Yo misma me casé con quien en algún momento había sido mi jefe. En general, nuestra relación con el sexo opuesto podía ser más cercana y, en ciertos casos, prestarse para malas interpretaciones.

Hoy muchas de esas situaciones serían impensables. Y esta es, precisamente, la conversación que estamos evitando: no todos fuimos formados bajo los mismos códigos.

Mi generación creció con un estándar de exigencia alto, casi implacable. Nos enseñaron a trabajar duro, a no quejarnos, a siempre correr la milla extra, a resistir. En el mundo laboral, el trato era fuerte: jornadas extenuantes, errores visibles, enfoque en resultados, poco espacio para la fragilidad. Parar no era una opción. Y eso, con el tiempo, se vuelve piel gruesa. Costra. Tolerancia alta.

Con el tiempo -y casi sin advertirlo- muchos terminamos replicando este modelo. En el trabajo, con equipos más jóvenes, me he sorprendido repitiendo lo que a mí me enseñaron: exigir más y esperar más de forma impaciente frente a lo que representa esa “generación de cristal”. No por dureza deliberada, sino por pura inercia.

Lo anterior, que en contextos exigentes puede ser una ventaja, también puede convertirse en una debilidad profunda: esa misma tolerancia termina normalizando lo que no debería normalizarse y dificulta construir relaciones más sanas y equilibradas.

Las nuevas generaciones no funcionan así. Tienen otros límites, otra relación con el trabajo, otra forma de entender el poder, el respeto y la dignidad. Y eso no es debilidad. Es otra manera de estar en el mundo y de hacerlo más humano.

El problema, entonces, es simple pero grave: estamos intentando convivir sin haber construido un puente. No basta con que una generación cambie las reglas si las otras no entienden por qué cambiaron. Tampoco basta con exigir adaptación si no hay un esfuerzo real por traducir experiencias que fueron radicalmente distintas.

En las organizaciones estamos viendo situaciones desgastantes que surgen de equipos que se juzgan mutuamente, de liderazgos que no logran conectar, de conversaciones que se rompen antes de empezar o que se solucionan mediante acusaciones mutuas, denuncias por acoso, despidos o incluso ghosting.

En temas como el acoso, esa fractura se vuelve aún más delicada. Las nuevas generaciones han hecho algo fundamental: dejaron de negociar lo que antes se normalizaba.

Pero ese avance necesita, más que indignación, pedagogía. De lo contrario, corremos otro riesgo: reemplazar formas antiguas de abuso por formas nuevas, más rápidas, más visibles y, a veces, igual de arbitrarias. Deberíamos asumir, entonces, que el nuevo estándar, en oficinas, universidades y en cualquier espacio de convivencia, debería ser el coaching intergeneracional, o un ejercicio deliberado de traducción entre códigos distintos.

Un estándar que permita reconocernos diferentes, crear espacios de diálogo, generar nuevos códigos de tolerancia y, sobre todo, corregir conductas inapropiadas a tiempo, a través del diálogo, no únicamente de la sanción. Que reserve el escalamiento y, sobre todo, el escarnio público, para los casos que lo ameriten.

Si no logramos traducir, el problema no va a ser solo el pasado, sino algo más grave: nuestra incapacidad de construir un futuro que no repita, con otras formas, los errores del pasado.

Catalina Hoyos Jiménez es socia de Godoy