Por estos días, uno no sabe si en Valledupar se está celebrando un festival o si el país entero decidió ensayar cómo sería Colombia si nos quisiéramos más. Porque sí: el balance del Festival Vallenato de este año es exageradamente bueno.
Y esta vez, incluso las cifras se quedaron cortas. Más de 200 mil visitantes, una ocupación hotelera del 98 % y más de 1.200 artistas en tarima.
Pero el dato más importante no cabe en Excel: cero desconocidos el último día.
Salí a hacer lo que hacemos los gestores culturales cuando queremos confirmar que no estamos idealizando: preguntarle a la gente. Turistas, emprendedores, vendedores de mochilas, artesanos que llegaron con más fe que presupuesto. La pregunta fue sencilla:
—¿Qué fue lo que más le gustó del Festival?
Y la respuesta, curiosamente, nunca fue un artista. Fue la gente.
“Nos dieron posada sin conocernos”.
“Nos invitaron ron como si fuéramos familia”. “Nos hicieron espacio… aunque fuera en un bordillo”.
Ahí entendí todo.
Porque solo en el Festival Vallenato usted puede ver a artistas como Ana del Castillo, Beéle y Aria cantando en una esquina con la misma entrega con la que llenarían un estadio. Solo aquí un bordillo se convierte en palco VIP, una calle en tarima y un desconocido en compadre.
Solo aquí usted puede conseguir pareja, conseguir trabajo, conseguir amigos… y, en algunos casos, hasta conseguir un hermano.
Exagerado, sí. Pero real.
Este festival no se mide en cifras. Se mide en gestos. En esa hospitalidad que no está en ningún plan de desarrollo, pero que sostiene toda una identidad cultural.
Porque el Caribe —y esto lo sabemos bien— no solo celebra: construye comunidad a través de sus expresiones culturales y las convierte en una forma de vida compartida.
En medio de todo, hubo protagonistas que entendieron el momento histórico: el maestro “Pollo Isra” y Clara de Orozco. No se guardaron nada. El maestro Israel Romero, desde el homenaje más grande hasta el más pequeño —sí, incluso en colegios y ancianatos—, estuvo presente. Conversó, escuchó, se dejó querer.
Junto a su familia, y con el liderazgo silencioso pero contundente de Clara de Orozco, lograron algo que no es fácil: devolverle la alegría a un pueblo y la esperanza a un festival que sigue vivo.
Y eso, en estos tiempos, no es poca cosa.
Porque hay que decirlo sin rodeos: hubo gente que volvió a creer.
Lo vimos en los concursos llenos, en la plaza viva, en Expo Festival rebosada de gente feliz. Lo vimos en los conversatorios, donde rectores, gestores y líderes culturales coincidían en algo que debería tranquilizarnos a todos: el vallenato no se va a acabar. No tiene cómo.
No solo porque fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, sino porque sigue vivo en lo más importante: la gente.
En el niño que canta.
En el vendedor que suda y ríe bajo el inclemente sol. En el turista que llega… y no se quiere ir.
Pero también en las instituciones que entienden que la cultura no es discurso, sino acción.
Un agradecimiento especial a la Fundación Cocha Molina, que durante el festival no solo recibió a más de 1.000 visitantes en su museo, sino que además dejó sembrados compromisos concretos con la Gerencia del Carnaval de Barranquilla: llevar el vallenato a los parques en el segundo semestre de 2026, acompañar procesos culturales previos al carnaval con concursos de acordeón y consolidar un pacto simbólico que ya recorre la ciudad: que cada 14 de abril se celebre el Día Nacional de la Cultura Vallenata.
Gracias a la Fundación Cocha Molina y a sus visitantes por permitirnos compartir propósito y, sobre todo, por no soltarnos la mano.
Porque ahí está la clave: cuando la cultura se vuelve compromiso, deja de ser evento y se convierte en legado.
Y en ese extraño fenómeno que ocurre cada año en Valledupar: la posibilidad de que, por unos días, el país funcione. Que nos tratemos bien. Que compartamos. Que confiemos.
Como si el acordeón no solo afinara canciones, sino también corazones.
Al final, el Festival Vallenato no es perfecto. Pero este año fue algo más poderoso: fue necesario.
Y ojalá —aunque suene utópico— no tengamos que esperar otro año para volver a sentirnos así.
“He regresado al Valle,
yo les cuento a mis amigos, soñando esos amores que en el tiempo florecieron…”
Carlos Vives
Julieth Peraza, gestora cultural y directora ejecutiva de la Fundación Cocha Molina