Hoy escribo estas líneas desde un avión rumbo a China. Es mi vuelo número no sé cuántos del año, y todavía siento la misma adrenalina del primero. Porque cada vez que cruzo una frontera, sé que voy a volver distinta. Con más preguntas, más referencias y casi siempre, con ideas que no se me habrían ocurrido sentada en mi oficina.

Llevo años defendiendo una tesis que a algunos les parece extravagante: viajar no es un lujo, es una herramienta de trabajo. Y lo digo con conocimiento de causa, porque paso casi seis meses al año fuera de Colombia.

2026: el año en que seguir igual se volvió más riesgoso que cambiar

Viajar a ratos es turismo, a ratos es descanso. Pero, sobre todo, es la manera en que prendo mi creatividad. Es donde encuentro las ideas que después se vuelven proyectos, decisiones y caminos nuevos para la empresa que lidero.

Vivimos en un país maravilloso, pero también en una burbuja. Y cuando uno solo ve lo que tiene cerca, termina pensando que el mundo es del tamaño de su entorno. Salir rompe esa ilusión. Uno descubre que hay culturas resolviendo problemas que en Colombia apenas estamos formulando. Que hay industrias funcionando con lógicas que aquí nos parecerían imposibles. Que la forma en que hacemos las cosas no es la única, y muchas veces, ni siquiera es la mejor.

Tengo una frase que repito tanto que mi equipo ya se ríe cuando la escucha: “No nos inventemos lo inventado. Hay que copiar con orgullo y mejorarlo.” Y lo sostengo. En un mundo que va a esta velocidad, perder tiempo reinventando lo que ya existe es un lujo que no nos podemos dar. Los grandes saltos no siempre vienen de ideas originales; muchas veces vienen de saber observar bien, adaptar con inteligencia y ejecutar mejor.

Por eso viajo. Porque cada país es un catálogo abierto de soluciones. En Asia he visto cómo se piensa la tecnología al servicio del día a día, con una practicidad y una velocidad que asombran. En Europa he aprendido de procesos, de estética, de cómo el detalle puede ser una ventaja competitiva. En Estados Unidos, de escala y de ambición. En América Latina, de la creatividad para hacer mucho con poco. Cada destino me deja algo, y ese algo siempre encuentra cómo aterrizar en mi trabajo.

Pero quiero ser honesta: viajar también es incómodo. Es cansancio, jetlag, comidas raras, idiomas que no entiendo, planes que se caen. Y precisamente ahí está la magia. Porque la creatividad no nace en la zona de confort. Nace cuando el cerebro se ve obligado a procesar lo nuevo, a improvisar, a conectar puntos que en casa nunca conectaría. Cada vez que me pierdo en una ciudad desconocida, cada vez que tengo que pedir un café en un idioma que no manejo, mi capacidad de resolver crece. Y eso, después, se traduce en mejores decisiones.

A los empresarios, líderes y emprendedores que me leen, quiero dejarles una invitación: salgan. No esperen el momento ideal, porque no existe. No esperen a tener ‘todo listo’ en la empresa, porque nunca lo van a tener. Móntense al avión. Vayan a ferias, congresos, ciudades nuevas. Caminen barrios, entren a tiendas, prueben restaurantes raros, hablen con gente distinta. Esa inversión, créanme, paga más que muchos cursos.

Y a quienes piensan que viajar es para cuando se jubilen, les digo: no. Viajar es ahora, mientras hay decisiones que tomar, equipos que liderar, problemas que resolver. Es ahora cuando esas ideas frescas valen oro.

Esta semana aterrizo en Shanghái. Después me escapo a Seúl, un país que me enamora por su música, su cultura y su comida. Voy con los ojos bien abiertos, la libreta lista y la certeza de que voy a volver con más de lo que llevo.

Porque al final, el mejor activo de cualquier líder es su capacidad de pensar distinto. Y para pensar distinto, hay que ver distinto. Y para ver distinto, hay que salir.

Acá vamos.

María Alejandra Tarazona, CEO de OSYA