El general Augusto Pinochet siempre ha perdido las elecciones. Desde el plebiscito de 1988, en el que los chilenos le negaron la permanencia en el palacio de La Moneda (es decir, desde que se realizan elecciones en la historia reciente de Chile), las fuerzas políticas que lo apoyan han resultado sistemáticamente derrotadas en las urnas. Pero ese rechazo popular no ha significado ni la transformación de la institucionalidad política, ni el cambio sustantivo en la política económica, ni la verdad sobre las violaciones a los derechos humanos bajo su régimen, ni justicia y castigo a los culpables de crímenes horrendos. Por eso a Pinochet poco le importa que las encuestas le auguren una nueva derrota en las elecciones parlamentarias del 11 de diciembre. El viejo militar está atrincherado en la Constitución que hizo aprobar en 1980, que permite que al próximo término de su carrera militar pase a convertirse en senador vitalicio, desde donde ha prometido seguir defendiendo a su gente, es decir, a los militares convertidos, de hecho, en partido político. Y es que esa Carta de 1980 establece un conjunto de restricciones que aseguran que, cualquiera sea la voluntad mayoritaria, no se modifiquen las reformas instauradas por Pinochet. En esa Constitución se estableció un sistema electoral binominal que obliga a obtener más del 66 por ciento de los votos para conformar una mayoría efectiva de representantes. Por si acaso ello no bastara, la Carta establece nueve senadores designados por la Corte Suprema, el Consejo de Seguridad Nacional (con mayoría militar) y el Presidente de la República (que sólo designa dos de estos nueve). A ellos se agregan los senadores vitalicios, ex presidentes de la República que hayan ocupado el cargo por lo menos seis años, requisitos que hoy sólo cumple Augusto Pinochet. Todo ello asegura a los pinochetistas la posibilidad de bloquear toda modificación legal que no sea de su agrado. La misma Constitución estableció diversas categorías de leyes que requieren diferentes quórum de aprobación. Por ejemplo, algunas reformas a la Carta y ciertas leyes necesitan dos tercios de los parlamentarios, es decir, basta con 16 votos, o sea los siete senadores designados y el vitalicio más apenas ocho de los 38 Senadores elegidos, para impedir estas reformas. Esta situación, que ha producido una sostenida parálisis del proceso democratizador y una gran abulia y decepción, especialmente entre los jóvenes y los sectores populares, que explica que en las calles de Santiago se diga que la opción electoral se ha dado entre la demodura y la dictacracia.En este contexto, cuando Pinochet recordó por la prensa que asumiría su calidad de senador vitalicio, los 521 candidatos a parlamentarios pasaron a un segundo plano. Pinochet llega al Parlamento con los cuatro comandantes de las tres ramas de las fuerzas armadas y de la policía de carabineros, a los que él designó en esos cargos precisamente por su irrestricta subordinación; y acompañado también de dos ex miembros de la Corte Suprema y un ex contralor a los que también en su oportunidad él designara por su lealtad a la dictadura. En un homenaje que le rindió el Ejército, Pinochet notificó su programa político: "Yo desde el Senado defenderé los derechos de mi gente, que son todos ustedes". De este modo el partido militar es una fuerza política financiada con el dinero de todos los ciudadanos, que posee armas para defender las ideas del caudillo, que tiene la séptima parte de los senadores sin ningún elector.Con esta situación lo que más se ha debilitado en la sociedad chilena es la credibilidad en sus instituciones democráticas. Para el historiador Alfredo Jocelyn-Holt el desencanto está basado en que "la gente creyó que el pronunciamiento popular en las urnas había desplazado a Pinochet y al militarismo del poder. Pero sólo lo había alejado de la conducción del gobierno y como buen estratega organizó una retirada impecable que contó con la colaboración de sus adversarios". Difícil parece que alguna vez la Concertación de Partidos por la Democracia logre obtener el 86 por ciento de los senadores elegidos que necesita para cambiar la institucionalidad heredada de la dictadura. Más probable parece que, a medida que el desencanto aumente, la historia comience a mirar para otros lados.