TODO INDICA QUE LA guerra civil del Yemen, que había prometido enquistarse como una nueva fuente de dolor sobre la tierra, ha llegado a su fin. El resultado fue la derrota de las fuerzas del sur, lo que prevé la reunificación del país con capital en el antiguo Yemen del Norte, la ciudad de San'a. Yemen del Norte y Yemen del Sur, que comparten el extremo suroccidental de la península arábiga, en la entrada del Mar Rojo, habían estado separados durante tres siglos, y eso marcó profundas diferencias culturales entre sus pueblos. Yemen del Norte siguió siendo durante muchos años parte del imperio otomano, mientras la parte sur se mantuvo bajo la férula de los imames locales, de rabiosa independencia. Pero, paradójicamente, al llegar a la hora de constituirse en estado moderno, Yemen del Norte era un país tribal, dominado por la monarquía religiosa, mientras que Yemen del Sur era un protectorado británico y, por lo mismo, un país más abierto a las influencias extranjeras. En 1962 una revuelta apoyada por Egipto proclamó la república en Yemen del Norte, y, en 1967, Yemen del Sur obtuvo su independencia de Gran Bretaña y se organizó, no sin grandes malestares sociales, como república popular de corte marxista. En 1990, a tiempo que desaparecía el bloque comunista en el mundo, los yemenitas creyeron que había llegado el momento de la unificación, que había fracasado en 1972 y en 1979 por razones más que todo ideológicas. Adén, la capital del sur, se convertiría en centro económico del país, y San'a, la capital acordada para el paìs, sería el centro político y cultural. No obstante, la pretendida unidad no incluyó la fundición de los dos ejércitos en uno solo, lo que dejó siempre una espada de Damocles sobre todo el proceso. Y los líderes de las dos naciones, Ali Abdullah Saleh, del norte, y Ali Salem Al Baidh, del sur, quedaron como presidente y vicepresidente, respectivamente. Pronto la antipatía existente entre los dos hombres se hizo evidente, a tiempo que Al Baidh reclamaba mayor autonomía para su empobrecida nación. Eso condujo inevitablemente a la guerra, porque Al Baidh dejó en agosto del año anterior la capital para trasladarse a su sede de Adén. Aunque hubo algunos intentos de reconciliación, el conflicto era inevitable. Muy pronto después del estallido, se hizo patente que las fuerzas del norte, superiores en número, tomaban la iniciativa. Y la semana pasada, con la caída de Adén, se esfumaron las posibilidades de que Yemen del Sur volviera a ser un país independiente. Lo malo de todo ello es que la nueva unión de Yemen no se basa en el consenso y la negociación, sino en la voluntad omnímoda de Saleh, y que el país podría muy bien caer en el fundamentalismo islámico y la ley del Corán. Hoy los observadores recuerdan que desde que se inició el proceso de unificación, en 1989, los únicos grupos que se opusieron fueron los fundamentalistas, con el argumento de que la Constitución no se basaba de modo integral en los principios coránicos. Y para agravar las cosas, el triunfo del norte tuvo mucho que ver con la intervención de Sudán, un país centroafricano dominado por un gobierno fundamentalista y apoyado en forma sustancial por Irán. O sea que el planeta podría estar ante el nacimiento de un nuevo país regido por la revolución islámica, que sigue extendiéndose como una mancha incontenible de aceite por todo el mundo árabe.