Rusia siempre ha reconocido su alianza con Siria, país al que le proporciona armamento e inclusive tiene una base o ‘centro de mantenimiento técnico’ en el puerto de Tartus. Pero la colaboración va mucho más allá. El secretario de Estado norteamericano, John Kerry, llamó el sábado pasado a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, para expresarle su inquietud por el supuesto aumento de fuerzas militares rusas que están ayudando al régimen de Bashar al Asad. De ser esto verdad (Rusia y Siria se contradicen al respecto), podría haber una mayor escalada de un conflicto ya de por sí confuso. El hecho es que el gobierno de Vladimir Putin no quiere perder a su aliado sirio, que le proporciona su único puerto en el Mediterráneo. Y considera que en ausencia de Al Asad, el poder podría pasar a radicales islámicos hostiles a Rusia: una amenaza para las regiones con población musulmana en la Federación Rusa.