"No hay nada peor que ser inteligente", solía decir Hernando Santos, que lo era, aunque se negaba en redondo a parecerlo. La prueba de esa inteligencia es que lo consiguió: siempre fue tenido por 'el loquito Santos'. Por tal lo tuvieron todos: su tío el doctor Eduardo Santos, su padre 'Calibán', su hermano Enrique, diez o doce presidentes consecutivos de Colombia, cien toreros, todos los gerentes de El Tiempo, su secretario, su chofer. A Hernando Santos la admiración le viene póstuma: nadie lo admiró en vida. En eso, como en casi todo, fue lo contrario de su tío el doctor Santos, de quien heredó, por enrevesados vericuetos, el poder de El Tiempo. Al doctor Santos lo admiraban todos desde que era niño, aunque nadie lo quería; hasta sus más íntimos amigos lo odiaban. En cambio a Hernando lo querían todos los que lo conocieron, incluyendo a sus enemigos. Lo querían hasta sus propios hijos: y qué difícil, qué rara cosa es que los hijos quieran a su padre. Tuvo siete (y algunos más), y los siete lo querían como se quiere a un hijo. Lo querían hasta sus yernos, que ya es decir. Lo odiaban también muchos, pero sin conocerlo. Lo odiaban por lo que representaba: el poder implacable de El Tiempo. Un poder que él manejaba a la vez con implacabilidad y con ternura: sin querer queriendo. Porque Hernando Santos fue un cúmulo de paradojas y de contradicciones. Un loco muy cuerdo. Un calculador de desarmante espontaneidad. Un bohemio irredento que al mismo tiempo fue el más sólido bastión de la respetabilidad del establecimiento. Un hombre apasionado y exaltado que predicaba conciliación y sensatez. Una veleta, pero a la vez el más denodado campeón de convicciones que en realidad no tenía, de _ideas en las cuales no creía, de intereses que en el fondo le importaban un bledo. ¿Y cómo resolvía esas contradicciones? Muy fácil: por el egoísmo. Un egoísmo tan devorador como el de un niño. Pero un egoísmo también contradictorio: un egoísmo altruista. Pues fue capaz de sacrificarlo todo. La felicidad irresponsable de ser 'el loquito Santos', que esquivaba la vigilancia ubicua del ojo frío de su tío Eduardo, encerrado en el círculo de las gafas como el de Dios en un triángulo, para escaparse a matiné o a los toros. La felicidad traviesa de irse a charlar con banderilleros y camareros de bar en horas de trabajo, en vez de quedarse a escuchar a ex presidentes y recibir cartas credenciales. Fue capaz, en resumen, de sacrificar la felicidad a secas para hacerse cargo de una carga que no quería, y en la que ni siquiera creía: la de la dirección omnímoda de El Tiempo. Para ser el heredero (tras la blanda regencia de Roberto García Peña) de su tío el doctor Santos: su contrario. El papel más contrario a su propia naturaleza tornadiza de bohemio y de diletante. Fue capaz para ello incluso de aguantarse con estoicismo los almuerzos insípidos y sombríos del doctor Santos en su caserón de espantos, y su larga agonía caprichosa. Y no lo hizo por ansia de poder, sino por fidelidad al azar de su destino: ese destino que le había permitido gozar en la vida de todo lo que le había dado la gana, a costa solamente (y no es poco) de renunciar a todo lo que le gustaba de la vida. A sus pasiones y a sus caprichos y a sus extravagancias, a sus veleidades izquierdistas y a sus calaveradas, sustituidas por las convicciones solemnes de su tío, que no compartía, y por los prejuicios inconmovibles de su hermano, que no eran los suyos. A sus notas frívolas de 'Hersán' y sus apuntes ligeros de 'Rehilete', sustituidos por la aridez de los editoriales de la página cuarta. Porque la dirección de El Tiempo (y en primer lugar la propiedad mayoritaria de sus acciones) no le vino caída del cielo, sino que le costó esfuerzo. Luchó por ella con tesón, pisando callos y hasta cortando manos, y ganándose en el proceso profundos resentimientos. Pero no lo hizo, ya digo, por mera ansia de poder, sino por un contradictorio egoísmo altruista: para impedir que el poderoso diario edificado por su tío se fuera a pique. Un gran periódico es como un gran piano de cola: no puede repartirse. Las teclas blancas para Alberto Lleras, las negras para Carlos, López quiere los pedales. Abdón se siente con derecho a llevarse a su casa el encordado. Y por añadidura, la familia: el uno quiere arrancar la tapa de caoba, el otro aspira a vender las patas para leña. Pero un piano sólo es un piano cuando está completo. Porque estaba convencido de eso, Hernando Santos se quedó con el piano, arrellanándose firmemente en la banqueta del pianista. Sólo se permitió el lujo de hacerla giratoria, cosa que hubiera horrorizado al doctor Eduardo Santos. Pero es que él no era, ni quería ser, el doctor Hernando Santos; sino el loquito Santos. Ahora: hay que ver lo que pesa un piano. Para quien sabe tocarlo, heredar un piano es una maravilla. El doctor Santos, sin ir más lejos, siempre quiso tocar piano, y por eso construyó El Tiempo. Pero para alguien a quien no le gusta tocar piano, un piano es una carga de media tonelada. A Hernando Santos no le gustaba tocar piano, ni sabía hacerlo, y además sabía que no sabía. Se lo explicó alguna vez en una entrevista a Margarita Vidal, que le preguntaba por la diferencia entre El Tiempo de antes y el de ahora: _ Antes, El Tiempo lo dirigía el tío Eduardo, y los editoriales y las columnas los escribían López de Mesa, Alberto Lleras, Sanín Cano. Ahora lo dirijo yo y los editoriales los escriben mis hijos y mis sobrinos. Lo suyo no era, pues, tocar el piano, sino cargarlo a hombros. No podía, creía él, dejarlo caer y que se hiciera astillas, llevándose por delante las tablas del escenario, los atriles de los músicos, las sillas de la platea, parte del público. Y eso es lo que temía que pudiera suceder con el establecimiento, y hasta con el país, si el pesado piano de El Tiempo se ponía a dar bandazos, como esos cañones locos que se sueltan de sus cadenas en la sentina de un buque de guerra y acaban destrozando a topetazos el casco hasta que se hunde el barco. No se trataba de tocar bien el piano, sino de sostenerlo firmemente para que el establecimiento no se hundiera. Bueno o malo, era el establecimiento: "Es lo que hay, mijito". No es que le gustara particularmente, íntimamente: esos ex presidentes petulantes, esos plutócratas arrogantes, esas señoras aburridísimas. La palabra "aburridísimo" pronunciada por Hernando Santos: "aburrrridísss-imo", como partida en dos hemistiquios. Esos generales brutíssssimos, esos embajadores de Estados Unidos jartíssss-imos. Pero era el establecimiento. Y él no podía dejar que el piano le cayera encima, con consecuencias catastróficas. Se puede pensar que la caída de un inmenso piano sobre las cabezas del establecimiento hubiera tenido, por el contrario, consecuencias benéficas para el país. Pero no era esa la opinión de Hernando Santos. Así que, contra su íntima voluntad, pero llevado por un sentido casi heroico y algo masoquista de la responsabilidad, se echó sobre los hombros el incómodo artefacto y lo sostuvo en vilo (mientras, por añadidura, el establecimiento bailoteaba despreocupadamente sobre su teclado): Como el Atlas de la mitología, que sobre sus espaldas sostenía el universo. Como Atlas, no fue feliz con su oficio: no podía serlo. Su vocación era otra. Pero su destino era ese. Le había tocado ser dueño del piano: una especie de doctor Santos a la fuerza. Casi un dios, no por la convicción de poder serlo, sino por el hecho de ser dueño del tiempo. Porque el tiempo, en Colombia, es El Tiempo. En esa tarea ingrata, para él, le llegó la vejez: se le fue el tiempo entre los dedos. Lo lamentaba, aceptándolo resignado, en una de las últimas columnas que publicó en su periódico bajo su habitual seudónimo transparente de 'Hersán', poco antes de morir, escrito con la intimidad del corazón pero contaminado por el plural sin corazón de majestad ("nosotros") del editorialista de un periódico: "A veces, un viejo bruto es mejor que un joven inexperto. (...) Todo eso nos hace pensar en que si añoramos, y mucho, la juventud, la vejez también tiene sentido". Pero ahora, muerto Hernando Santos bajo el peso de su tarea titánica, ¿quién se queda con el piano? Uno de los juegos de salón o de coctel favoritos en Colombia en las últimas décadas ha sido el de hacer cuentas, y cábalas, sobre cómo está distribuida por acciones la propiedad de El Tiempo. Pero un piano no puede repartirse: deja de ser un piano. El problema se plantea ahora tan complicado como cuando Hernando Santos se hizo con la banqueta del pianista. Las teclas blancas para Enrique, las negras para Rafael, D'Artagnan pretende quedarse con el pedal. ¿A quién le corresponden las ruedecitas de las patas? Para Pachito, los martilletes que golpean las cuerdas. Los yernos ¿a qué aspiran? Juan Manuel quiere heredar simplemente la plaquita de cobre con la marca de fábrica y el letrero que informa: "En este piano interpretaba sus propias composiciones el doctor Eduardo Santos". Todo eso, como lo demostró Hernando Santos, es secundario. Lo que importa es saber quién hereda la banqueta. Cuál sea la partitura da lo mismo.