Neil Armstrong no había pisado aún la Luna cuando la historia de Macondo y la familia Buendía apareció en los quioscos de Buenos Aires. El 5 de junio de 1967 salió a la venta la primera edición de Cien años de soledad y desde entonces la magia de este universo construido con mariposas amarillas, pescaditos de oro, muertos errantes, gitanos, alquimistas, coroneles solitarios, mujeres de voluntad férrea, vírgenes deslumbrantes, putas descomunales y pestes de banano o insomnio ha hechizado a millones de lectores alrededor del mundo.Después de la publicación de esta novela Gabriel García Márquez, su autor, fue llamado ‘el Amadis de América’ y ‘el Cervantes colombiano’. Su narración de la vida de 69 personajes básicos, distribuidos en seis generaciones a lo largo de un siglo, lo hizo merecedor de un puesto privilegiado en la historia universal. Cien años de soledad fue elegida como la novela del siglo XX y es considerada, junto con El Quijote, como una de las obras cumbre de la literatura mundial. El propio Gabo, como familiarmente se conoce al escritor, todavía se sorprende cuando en las librerías encuentra su obra en la sección de clásicos, al lado de las de autores griegos a quienes considera sus maestros. De esta forma cumplió el vaticinio que le hizo a su hermano Gustavo en 1951, en medio de una lectura de La hojarasca para un representante de la Editorial Losada: “Esto es bueno, pero yo voy a escribir una vaina que se va a leer más que ‘El Quijote”.Cien años de soledad ha recibido un sinnúmero de elogios y ha soportado toda suerte de análisis y estudios. Más de mil, según algunas fuentes. Eso para no contar los miles de reportajes y entrevistas en los que su autor ha hecho mención de su novela. Sin embargo es probable que ninguna se haya acercado tanto y haya descifrado con tanto rigor el misterio de su creación como Tras las claves de Melquíades, el libro recién publicado del periodista Eligio García Márquez, el hermano menor del premio Nobel. Un extenso reportaje de 630 páginas, que comenzó a escribir en 1996 después de archivar un proyecto de novela, y con el que intenta responder dos preguntas: ¿Cómo se escribió y por qué tuvo tanto éxito Cien años de soledad?Buenos Aires y AcapulcoEl comienzo de Tras las claves de Melquíades narra lo que ocurrió a finales de otoño de 1967 en Buenos Aires, cuando la novela fue publicada. Para entonces Gabo tenía 40 años y había publicado cuatro libros. Del quinto, Cien años de soledad, al que le tenía mucha fe y que había puesto en manos de Editorial Sudamericana, calculaba que podía vender 5.000 ejemplares. Lo sorprendente fue que en los primeros siete días se vendieron 1.800 ejemplares de la novela. La edición completa, de 8.000 ejemplares, se agotó en tres semanas. Hoy estos textos son codiciados y buscados con afán por los coleccionistas y los admiradores del Nobel. El fenómeno de Macondo había comenzado y la fama estaba por descender sobre su autor en la capital argentina. El reconocimiento público y los dólares que le dieron como anticipo por los derechos de autor fueron la recompensa que recibió García Márquez por los 11 ó 12 meses que duró en escribir la obra y por los años que invirtió en un proceso de mayores dimensiones: convertir la materia de sus recuerdos, vivencias y lecturas en una obra maestra.A esta transformación, un auténtico trabajo de alta alquimia como el que desarrollaba Melquíades en el laboratorio de los Buendía para convertir los metales en oro, le siguió la pista Eligio. Corrió el riesgo de reconstruir los fragmentos del pasado, como un arqueólogo, para encontrar respuesta a las preguntas que le hizo sorprendido Francisco Paco Porrúa, director literario de Sudamericana, a Gabo después de leer los primeros capítulos de la novela: “¿De dónde ha salido esa imaginación? ¿De dónde sacas esas cosas?”.Un día no especificado de julio de 1965, Gabo no recuerda cuál fue y Eligio tampoco logró determinarlo en su investigación, el novelista se fue de vacaciones con su familia a Acapulco. En el camino tuvo una iluminación que cambiaría su vida para siempre. “Iba yo manejando mi Opel, pensando obsesivamente en ‘Cien años de soledad’, cuando de pronto tuve la revelación: debía contar historias como mi abuela me contaba las suyas, partiendo de aquella tarde en que el niño es llevado por su padre a conocer el hielo”, cuenta García Márquez en el libro de Eligio. El asunto era tan sencillo como relatar acontecimientos irreales, que parecieran fantásticos o sobrenaturales, con naturalidad, como si fueran comprobados. Como lo hacía Rafael Escalona, según cuenta Eligio, en sus correrías con Gabo por la provincia de Valledupar. “Una vez lo llevé al Tupe, cerca de la Paz, y le enseñé un tamarindo gigante que se había secado. Gabo me preguntó por qué, y yo le dije: ‘Porque un cura lo orinó en el tronco”, dice el compositor vallenato que en la novela aparece mencionado como ‘el sobrino del obispo’. O como cuando Gabo le pide a su madre, Luisa Santiaga, que confirme que monseñor Pedro Espejo, que era de Riohacha y a quien todo el mundo creía un santo, levitaba: “Sí señor. Monseñor Espejo se elevó en una oración”.En el hotel en Acapulco el escritor se sentó y escribió la primera frase de la novela que lo inmortalizaría: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Gabo era una olla a presión a punto de explotar. Ese día le puso fin a un tormento de más de 10 años en el que la gran novela le daba vueltas en la cabeza. Fue tal la revelación que no duró dos días de veraneo, empacó maletas y se devolvió con su familia a Ciudad de México para encerrarse a escribir y no salir en los siguientes 12 meses.Tenía inspiración y material de sobra para escribir varios tomos de la saga de los Buendía. Muchos años después Gabo le diría a Jean François Fogel que “avanzaba en mi relato con la imagen de Melquíades, ese tipo que escribía bajo una lámpara. No sabía lo que escribía, pero me gustaba esa visión. Fue solamente al final, en el momento de escribir la última página, cuando descubrí que Melquíades escribía el libro que yo estaba en proceso de terminar. Y fue preciso que yo escribiera eso para que mi propio libro fuera concluido”.El aliento de MelquiadesBajo el influjo hipnótico de este personaje, un gitano poseedor de las claves de los sabios de Babilonia que regresó de la muerte por fidelidad a la vida y que se formó a partir de la figura del famoso vidente Nostradamus, Gabo transmutó el material que había acumulado durante años en literatura. El primer párrafo de la novela es más que revelador al respecto. Por una parte es un homenaje al escritor Juan Rulfo, pues la frase inicial es muy semejante a una que el mexicano uso en Pedro Páramo: “El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir. Fue la noche en que murió Miguel Páramo”.La misma estructura la utilizó al comienzo del capítulo 10 de Cien años de soledad. Rulfo no fue el único que recibió un homenaje en la novela. Lo propio hizo Gabo con Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa. Eso para no hablar de las presencias literarias, intangibles pero latentes, que lo estructuraron y ayudaron a pulir su técnica durante los casi tres lustros que duró madurando la obra: Nataniel Hawthorne, Franz Kafka, Virginia Woolf, William Faulkner y Ernest Hemingway.La imagen de la que parte la historia es una vivencia real de Gabo: “Recuerdo que, siendo muy niño, mi abuelo me llevó a conocer un dromedario en el circo. Otro día, cuando le dije que no había visto el hielo, me llevó al campamento de la compañía bananera, ordenó abrir una caja de pargos congelados y me hizo meter la mano. De esa imagen parte todo ‘Cien años de soledad”. Si la abuela Tranquilina Iguarán le ayudó a Gabo a encontrar el tono de sus relatos, el abuelo Nicolás Márquez inspiró en gran medida el personaje de Aureliano Buendía y las historias de la novela.La historia del duelo en que el personaje de José Arcadio Buendía mata a Prudencio Aguilar está inspirada en una vivencia del abuelo. Aguilar, en la vida real, era un contrabandista, nieto del hombre que mató Nicolás Márquez, con quien Gabo dice que parrandeó alguna vez en su correría por el Valle de Upar y La Guajira. Este personaje también le presentó a 19 hijos de los que su abuelo dejó regados por la región en sus correrías de guerrero y que inspiraron los 17 descendientes del coronel Buendía, que en la novela fueron marcados por una cruz de ceniza y después asesinados uno a uno.El personaje de Aureliano Buendía también tiene algo de don Emilio, un viejo combatiente belga que trabajaba la plata en un taller del abuelo del escritor. Eligio refiere también una anécdota que conecta al personaje con otro de la historia nacional. “Una vez oyéndolo leer, mi mamá le dijo: ‘Gabito, ese es el general Uribe…’. Y se quedó silenciosa. No había hablado aún de las treinta y dos revoluciones. Y Gabito le preguntó: ‘¿Cómo lo conoce?’. Ella le contestó: ‘Por las muñecas, porque el general Uribe tenía así de grandes las muñecas”, cuenta Ramiro de la Espriella, amigo del escritor. Jaime Angulo Bossa, compañero de Universidad de Gabo en Cartagena, dice que el militar existió en realidad. Se llamaba José Manuel Buendía, era un sobreviviente de las guerras civiles y vivió en Turbaco.Con el coronel Aureliano Buendía Gabo tuvo una relación extraña como lo revela una anécdota curiosa narrada por Eligio. El escritor tuvo golondrinos durante cinco años. Este es un poético término médico para denominar “un infarto glandular en los sobacos”. Según Gabo, “no me los pudieron quitar con nada. Me hicieron toda clase de tratamientos (…) Y nunca, durante cinco años, hubo nada que hacer. Se me quitaban y me volvían a dar”. Un día, durante la escritura de la novela, decidió ponerle los golondrinos a su personaje para atormentarlo y “tú sabes que desde el momento en que ya el coronel Aureliano Buendía quedó con los golondrinos, a mí se me quitaron. Y de esto hace diez años, y nunca más, nunca más me volvieron a dar”. Esta transmutación literaria fue correspondida con dos horas de llanto de Gabo, acompañado de su mujer Mercedes, cuando el coronel muere de pie, mientras orina, junto al castaño al que estuvo amarrado su padre.Las mujeres de la familia de Gabo, con quienes compartió en Aracataca esos primeros 10 años de su vida que tanto lo marcaron, también son reflejadas de una u otra forma en la obra. La visión de su tía Mama tejiendo su propia mortaja quedó inmortalizada en la novela por medio de la misma acción que realiza Amaranta Ursula; Petra Cotes, una media hermana de su abuela Tranquilina, le prestó su nombre a la amante de Aureliano Segundo; el hábito de comer tierra de su hermana Margarita fue transferido por el Nobel al personaje de Rebeca, la joven que terminó casada con José Arcadio, el hermano del coronel, que huyó de la casa con los gitanos y le dio 65 veces la vuelta al mundo.José Arcadio poseía, según Gabo, “una masculinidad inverosímil” que rifó una noche entre las 14 mujeres que trabajaban en la tienda de Catarino. Eligio revela el origen de este personaje por medio de una cita del historiador Eduardo Peña Consuegra, quien en un trabajo sobre las colonias extranjeras que aparecieron en la Costa durante la fiebre del banano menciona como personaje destacado de la jamaiquina a “míster Reel, célebre por su miembro exagerado que mantenía en el hospital a su señora y famoso entre las rameras del lugar, que se lo disputaban”.Con estos ejemplos se comprueba una vez más algo en lo que Gabo ha insistido durante años: “No hay en mis novelas una línea que no esté basada en la realidad”. Aun las cosas más extraordinarias, como el instante en que Remedios la Bella sube al cielo o la aparición de las mariposas amarillas que le anunciaban a Memé Buendía la presencia de Mauricio Babilonia, tenían un referente real.Macondo y exorcismoOtra de las impresiones que Gabo utilizó y desarrolló en Cien años de soledad fue la que le dejaron la fiebre del banano y la United Fruit Company. La escena desmesurada de la masacre de las bananeras que narra en la obra por intermedio de José Arcadio Segundo, con los 3.000 cadáveres que son llevados en tren para botarlos al mar, se ha convertido en uno de los símbolos de la injusticia nacional. Otro punto que tiene que ver con el banano y con la compañía es el nombre con el que bautizó al pueblo de su historia: Macondo.Antes de Gabo el macondo era un árbol abundante en la región bananera que prestó su nombre para bautizar una finca de los Dávila García, una tradicional familia samaria. La propiedad fue comprada por la United Fruit a comienzos del siglo XX para la explotación de banano. Un día, cuando el escritor regresaba a su Aracataca natal, “en la línea del ferrocarril, por Sevilla, vi un letrero de una hacienda de bananos. ‘Macondo’. Me gustó el nombre”. Al escritor le gustó su sonoridad y por eso lo incorporó a su universo literario. Primero en el cuento Un día después del sábado, en el cual Macondo es un hotel. Luego adopta su estatus de pueblo con una mención en La hojarasca y gana la inmortalidad con Cien años de soledad. Gabo define Macondo no como un lugar sino como un estado de ánimo.Todas estas historias son relatadas por Eligio en Tras las claves de Melquíades, un libro que constituye el exorcismo personal de su autor y, al mismo tiempo, el de toda una generación. Por medio de esta obra, que es fiel a lo que Gabo les recomienda en sus talleres a los periodistas, contar el cuento completo, Eligio se exorciza: “Siempre quise hacer este trabajo porque al ser el hermano menor, y llamarme como se llama él, y dadas las repercusiones universales y personales de la fama de ‘Cien años de soledad’ he dicho, en público y en privado, que este libro cambió mi vida. No mi personalidad, que por fortuna sigue intacta desde antes de ‘Cien años de soledad”.El exorcismo generacional se logra, en palabras del escritor Roberto Burgos, porque “al escarbar en la génesis de ‘Cien años de soledad’, al revelar el esfuerzo que supuso hacer la novela, Eligio descubre que el genio no es sino persistencia”. Gabo fue persistente, indagó durante años en los pergaminos de Melquíades hasta encontrar la fórmula para contar la saga de los Buendía sin ser arrastrado por el viento de los tiempos que se llevó para siempre a Macondo, la ciudad de los espejismos, y la instaló, con todas sus mariposas amarillas, en el corazón de los lectores del mundo entero.