Despué del asesinato de 22 candidatos, de que la Misión de Observación Electoral (MOE) advirtiera que 339 municipios estaban en riesgo de violencia o fraude, y de que la OEA decidiera venir a observar las elecciones locales de Colombia, algo completamente inusual, la sensación que había en algunos sectores del país era que el 28 de octubre podía suceder cualquier cosa. Ocurrió todo lo contrario. Tal como lo señaló Alfredo Rangel en su columna de El Tiempo, estas han sido las elecciones más pacíficas y normales de los últimos años. Si bien la mayoría de asesinatos y secuestros de candidatos se le atribuye a las Farc, ni la cifra es comparable con la de años pasados, cuando hubo renuncias de aspirantes de todos los partidos en masa, y cuando había una intimidación tan evidente, que la gente ni salía a votar en zonas de influencia guerrillera. Negar que ha habido un avance en seguridad, y que las Farc muestran un debilitamiento progresivo, sería inexacto. De igual manera, la influencia paramiltar –que no de la para-política– parece haber quedado en el pasado. Gracias a las investigaciones de la Corte Suprema de Justicia se ha conocido que en 2002 y 2003 en muchas regiones la gente salió a votar con un fusil en la nuca. Los paramilitares mataron más candidatos incluso que la guerrilla, obligaron a otros tantos a renunciar, e hicieron elegir a los de sus preferencias a punta de terror. Esta vez, hay que decirlo, eso no ocurrió. Sin duda la desmovilización paramilitar, muy a pesar de los grupos emergentes y los que no entregaron las armas, ha tenido su efecto. Si bien estas bandas siguen dedicadas al delito y al narcotráfico, su control del territorio es mucho menor, y su capacidad de incidir en la vida política se ha menguado considerablemente. Y si bien los llamados para-políticos parecen haber perdido algún terreno, tampoco se puede decir que hubo renovación ni que el proceso que se sigue en la Corte Suprema y en la Fiscalía –que ya involucra a casi 100 personas entre congresistas, gobernadores, alcaldes, diputados y concejales– haya servido para que aparecieran nuevas caras en las regiones más críticas. La mano larga de la para-política   Los resultados de este domingo muestran tendencias diversas. Mientras en algunos departamentos y ciudades los políticos investigados perdieron terreno, en otros mantuvieron su presencia, a través de candidatos a los que respaldaban. Quizás el caso más interesante es el de Cesar, donde Cristian Moreno ganó la Gobernación. Moreno es un abogado, ex diputado de origen conservador que en 2003 tuvo que renunciar a su candidatura a la Gobernación, después de que los paramilitares de ‘Jorge 40’ lo amenazaran de muerte. En esa ocasión, y debido a la presión paramilitar, Hernando Molina se convirtió en candidato único y salió elegido, a pesar de que hubo más de 100.000 votos en blanco o no marcados. Apenas el año pasado, cuando se inició el proceso de la para-política en la Corte Suprema, Moreno pudo denunciar ante los jueces lo que le había ocurrido. Ahora ganó la Gobernación como candidato independiente, captando el voto de protesta contra la clase política que había convivido mansamente con el paramilitarismo. Derrotó a Arturo Calderón, que se daba por ganador casi seguro y quien contaba con el apoyo de los clanes políticos tradicionales como el de los Araújo. En Valledupar, sin embargo, la Alcaldía quedó en manos de Rubén Alfredo Carvajal, quien fue vetado por el Partido Liberal por su cercanía con el ex gobernador Molina. En Magdalena hace cuatro años Trino Luna fue elegido candidato único a la Gobernación. Ahora está en prisión. Lo que no le impidió mantener su influencia en el departamento con el triunfo de su ex secretario privado, Omar Diazgranados. En la Alcaldía de Santa Marta, en cambio, la para-política resultó derrotada. Perdió José Domingo Dávila, ex congresista y ex gobernador, que ha sido mencionado por varios testigos y por el paramilitar Hernán Giraldo como beneficiario de los votos de las autodefensas del Bloque Tayrona. La Alcaldía quedó en manos del Partido Liberal, cuyo candidato, Juan Pablo Diazgranados, le sacó una sorpresiva amplia ventaja a Dávila. Donde el escándalo de la para-política parece no haber dejado ninguna lección es en Sucre. El nuevo alcalde de Sincelejo es Jesús Antonio Paternina, quien cuenta con el respaldo de Jairo Merlano, congresista preso que ha admitido sus vínculos con los paramilitares, y de varios diputados de la misma cuerda política. La apretada elección de Gobernación aún no se definía al cierre de esta edición, pues había un eventual empate entre Jorge Barraza y Julio César Guerra Tulena. Barraza tiene el apoyo del detenido senador Álvaro García, considerado prácticamente el padre de la para-política en Sucre. Y Guerra es un viejo zorro político del Partido Liberal, cuyo cacicazgo había sido desplazado por los paras, pero que para muchos encarna las viejas costumbres de la clase política costeña. En Córdoba la situación resultó similar. Los liberales mantuvieron la Gobernación con Marta del Socorro Sáenz, quien es respaldada por Juan Manuel López y otros congresistas investigados por haber firmado el llamado Pacto de Ralito. La Alcaldía de Montería quedó en manos de Marcos Daniel Pineda, del Partido Conservador. En Santander, como era de esperarse, Horacio Serpa venció ampliamente a Didier Alberto Tavera, de Convergencia Ciudadana, partido que lidera Luis Alberto Gil, controvertido congresista hoy investigado por presuntos vínculos con las autodefensas del Bloque Central Bolívar. Sin embargo, el fenómeno más llamativo en estas regiones es que, al no haber candidatos que representaran una opción viable y renovadora, la gente votó en blanco o simplemente no marcó los tarjetones. En Córdoba, por ejemplo, estos pasaron de 80.000, y en Sucre de 70.000, que en ambos casos representan más del 20 por ciento de la votación. ¿Qué cambió entonces en estas elecciones en las zonas afectadas por la para-política? No mucho. Aunque esta vez no hubo fusiles humeantes de los paramilitares en las urnas, las estructuras políticas que estos habían fomentado en alguna medida se mantienen. Quizá por inercia, o porque los cacicazgos y las dinastías en estas regiones se mantienen y perpetúan aun sin paramilitarismo. Tampoco la guerrilla logró crear, como en otras ocasiones, una sensación de ser determinante en el resultado electoral. A pesar de que algunos analistas, en tono apocalíptico, pronosticaban que se iban a repetir episodios del pasado, eso no ocurrió. Por eso, aunque no hubo renovación, sí se puede decir que algo está cambiando en muchas regiones. Queda por verse si a mediano plazo este ambiente de mayor seguridad se convierte en una renovación política.