El año 2022 es crucial para el nuevo mapa político de Colombia, ya que se elegirá al nuevo presidente de la República, vicepresidente y nuevos integrantes del Congreso. La baraja de precandidatos es amplia y diversa, traduciéndose en una de las campañas más interesantes de los últimos tiempos en el país.

Por tal razón, SEMANA realizó un ejercicio para conocer a fondo a los precandidatos a la Presidencia, y en esta ocasión hablamos con Alejandro Gaviria, quien curiosamente mostró su lado más religioso, sus temores y los aspectos de la vida que nadie hasta ahora conocía del exministro de Salud.

SEMANA: ¿Quién es Alejandro Gaviria?

Alejandro Gaviria (A. G.): ¿Quién es Alejandro Gaviria? Tal vez quisiera contestarla con una especie de paradoja o contradicción: yo siempre me he tratado de definir como una persona que tiene dos facetas diferentes. Soy ingeniero y poeta al mismo tiempo, me gustan las soluciones concretas para los problemas concretos, me gusta entender un pedacito de la realidad y tratar de aportar, pero también me gusta entender el mundo desde arriba y tener un sentido profundo de nuestro tránsito por el planeta, celebrar la vida, en el sentido más profundo como mandan los poetas. Soy ingeniero civil, economista, he sido investigador y académico y me gusta también conectar el mundo de las ideas y del conocimiento con el mundo de lo público y de las transformaciones colectivas. Así me podría definir.

SEMANA: Exministro Alejandro Gaviria, ¿por qué cree que usted va a ser presidente?

A. G.: Yo resumiría en tres aspectos. El primero, porque de todos los candidatos yo creo que soy el que, de alguna manera, puede traer la paz política en Colombia. Todos están dividiendo el mundo entre unos y otros, yo tengo esa capacidad de unir y generar confianza. Segundo, porque soy un candidato que está interesado en la seguridad económica, en que nuestra economía encuentre caminos diferentes y más productivos, más incluyentes y más sostenibles hacia el futuro. Y tercero, porque llevo muchos años, toda mi vida, tratando de entender la política social y la forma como el Estado debe crear dignidad humana; el Estado debe igualar las oportunidades, el Estado debe, por ejemplo, (llegar) al adulto mayor, que hoy no tiene con qué comer, llegarle con efectividad, porque mi labor como ministro de Salud fue, de alguna manera, quitar privilegios para el beneficio de todos, porque creo en ese sentido progresista de la política pública y de la función pública.

SEMANA: ¿Para usted cuáles son los tres mayores problemas que tiene Colombia?

A. G.: Los tres mayores problemas que tiene Colombia son: primero –yo lo he llamado desde el comienzo la devastación social– la forma como socialmente hemos retrocedido, que incluye entre otras cosas la gran crisis educativa en la que hemos sido excesivamente pasivos. El segundo es la pérdida de la seguridad territorial, sobre todo en la periferia de Colombia y también en algunas ciudades estamos perdiendo la seguridad. Y el tercero es una crisis de confianza muy profunda, una desconfianza en nuestras instituciones, en nuestra democracia y en nuestra capacidad colectiva para entrenar y resolver nuestros problemas más urgentes.

SEMANA: ¿Cuál es su fórmula concreta para generar empleos?

A. G.: Son muchas, pero yo diría dos. Una es cerrar lo que se conoce como la brecha de habilidades, aquí en la cabeza, en el conocimiento de la gente, sobre todo de jóvenes y mujeres; hacer un plan de capacitación de generación de habilidades de formación para el trabajo de un millón y medio de jóvenes en el primer año de gobierno, para que de alguna manera esos empresarios que dicen que no pueden conseguir trabajadores encuentren un capital humano entrenado, listo para insertarse en la economía y en el mundo. Y lo otro, los temas de cuidado, de economía, del cuidado para que los problemas de empleo que están concentrados hoy en las mujeres se resuelvan por lo menos parcialmente.

SEMANA: ¿Qué va a hacer con el proceso de implementación de los acuerdos de paz?

A. G.: Me los tomaré en serio, coger los acuerdos de paz y llevarlos al territorio. Para mí la concepción de la paz es seguridad y equidad territorial, llevar oportunidades a esa media Colombia donde no existen, crear –por ejemplo para las 130 mil familias cocaleras– oportunidades económicas, proyectos productivos, formas de inserción en la economía nacional y global.

SEMANA: ¿Usted reactivaría los diálogos de paz con la guerrilla del ELN?

A. G.: Yo reactivaría los diálogos con el ELN, pero ellos tendrían que hacer una demostración más grande de la que han hecho de voluntad de paz. El ELN es distinto a las FARC, es un poco más disperso, funciona de manera independiente, en diferentes partes del territorio. Creo que impone desafíos distintos, pero yo intentaría conversando, dialogando sobre la mesa, seguir trabajando en la paz de Colombia. Creo que la única posición que debe tener un colombiano en este momento es la de un pacifismo radical. Los colombianos debemos dejar de una vez por todas y para siempre esa afición a ‘entre matarnos’, como diría un poeta.

SEMANA: De no quedar en una segunda vuelta usted, pero sí logra llegar Gustavo Petro, ¿lo apoyaría? Si es un sí o un no, cuente el porqué de su respuesta.

A. G.: Los escenarios hipotéticos y este tipo de conjeturas electorales como en las que somos asediados los candidatos todo el día son una trampa. La campaña está empezando, faltan muchos diálogos, faltan muchas conversaciones y muchos por revelarse. Yo creo que en este momento decir eso sería de mi parte irresponsable, también por otra razón: yo pertenezco a una coalición, la Coalición Centro Esperanza y esa coalición quiere tener una postura unificada sobre ese aspecto esencial. Mientras no tengamos un diálogo profundo, una especie de consenso medianamente construido, creo que mi posición responsable en este momento es de decir que todavía no tenemos una decisión sobre esa pregunta, que llama la atención todo el tiempo.

SEMANA: ¿Cómo plantearía la relación con Venezuela, sabiendo que Colombia rompió relaciones con ese país?

A. G.: De manera pragmática, tratando de buscar un equilibrio entre dos objetivos que tienen que ser reconciliables. Primero el bienestar de los colombianos y los venezolanos, yo tendría canales de comunicación abiertos con el Gobierno de Venezuela. Si eso significa medianamente en mi primer año de gobierno volver a restablecer relaciones diplomáticas, lo haría, pero al mismo tiempo mantendría un discurso de defensa irrestricta de la democracia. Colombia tiene que ser un protagonista –y un protagonista de primera línea– en la transición democrática de Venezuela.

SEMANA: Usted está hablando que es una persona pacifista, y que quiere unir al país, ¿se tomaría un tinto con Nicolás Maduro o realmente eso no va a pasar?

A. G.: Yo me tomaría un tinto con Nicolás Maduro diciéndole las verdades, tratando de tener una conversación honesta. No sería el “mejor amigo” o el “nuevo mejor amigo” de Nicolás Maduro, pero si Colombia fue capaz de conversar con las FARC, si la reconciliación ha hecho parte de la historia que queremos construir los colombianos para el futuro de nuestro país y si Venezuela es nuestro vecino y Nicolás Maduro es una realidad política de ese país, una conversación quizá pensando en en esa transición democrática, yo creo que sería un acto de responsabilidad con el futuro de ambos países.

SEMANA: ¿Si no es la aspersión aérea de cultivos ilícitos, herramienta que usted no implantará, cuál será la estrategia de su gobierno para atacar los cultivos de coca?

A. G.: Yo estuve alguna vez en un consejo de ministros y ahí estaba sentado un general de la República. Estábamos hablando de este tema y el desafío de los cultivos de uso ilícito en Colombia. No había un acuerdo definitivo y este señor levantó la mano y dijo en algún momento: la lucha contra los cultivos ilícitos tiene que ganarse por el camino largo de la generación de oportunidades económicas para cientos de miles de familias. Yo sigo pensando en eso. Esto no es un problema que se va a resolver con una avioneta esparciendo veneno, incluso con la erradicación forzada anual, es un problema de generación de oportunidades, un problema complejo, donde básicamente vamos a necesitar, yo creo que también se va a necesitar ayuda internacional, pero es la única forma. Vuelvo y repito, esto no se resuelve a la fuerza, se resuelve con la gente y no contra las comunidades.

SEMANA: Siendo usted un experto en la materia, ¿qué hará en su gobierno sobre la salud en Colombia?, ¿qué va a cambiar?, ¿qué le quedó por hacer allá que haría como presidente?

A. G.: Yo quisiera señalar tres temas que quisiera trabajar de manera concentrada: el primero, con un poco de autocrítica, fue una agenda pendiente cuando fui ministro, y es el fortalecimiento del talento humano en salud, las formas distintas de contratación, tener más especialistas en las regiones, lograr una mayor dignificación del trabajo por ejemplo con médicos generales y enfermeras. Ese es un primer aspecto. El segundo es el fortalecimiento de la red pública hospitalaria, sobre todo por fuera de las grandes ciudades, porque allí está la presencia del sistema de salud. Cuando uno sale a las grandes ciudades, el sistema de salud son los hospitales públicos. Esa realidad necesita un mayor fortalecimiento no solamente de recursos, sino de capacidad gerencial y la estructuración de hospitales, sobre todo en la periferia de Colombia. Y lo tercero, dos temas de salud pública: uno es uno de los grandes desafíos de la salud, que es el tema de salud mental, salud sexual y reproductiva, y también todos los aspectos de fortalecimiento de las secretarías de Salud. Vamos a tener en los próximos cuatro años que lidiar con una situación epidemiológica difícil y esto requiere mayores capacidades de salud.

Entrega de firmas en la Registraduria de Alejandro Gaviria | Foto: Guillermo Torres Reina

SEMANA: ¿Cómo combatir la corrupción? ¿Cómo se puede curar Colombia de esa enfermedad?

A. G.: De tres maneras: la primera, volviendo a insistir en el tema de la cultura ciudadana, de que parte de los problemas de la corrupción de alguna manera tienen que ver con todos, insistiendo, como lo insistió Antanas Mockus por tanto tiempo, en que los recursos públicos son sagrados y que nuestras formas de relacionamiento con el Estado tienen que cambiar y eso también incluye a los ciudadanos, incluye al sector privado, incluye a la sociedad civil. El segundo lo he dicho muchas veces, entendiendo que la corrupción no solamente es la causa de muchos problemas, sino también las consecuencias de problemas profundos de diseños de Estado, entendiendo cómo funciona el Estado, cómo funciona el sistema general de participación, el sistema general de regalías, el programa de alimentación escolar, el régimen subsidiado de salud. Hay muchos que hablan de corrupción todo el tiempo, pero no entienden y no quieren entender el funcionamiento del Estado. Es pura carreta y dejando atrás la carreta, pasar a la política anticorrupción en un conocimiento profundo del Estado. Y el tercero, yo creo que pasa también por la reforma política. Lo que estoy viendo en las campañas políticas son en este momento subastas de decenas de cientos de miles de pesos invertidos. Yo creo que una reforma política de fondo se necesita para hablar seriamente de corrupción en Colombia.

SEMANA: De llegar a la Presidencia de la República, ¿cuál será su primera decisión?

A. G.: Después de salir del discurso yo buscaría un lugar especial de nuestro país, un lugar simbólico, y reuniría en un acto simbólico de unión a diferentes fuerzas políticas, a diferentes partes de la sociedad civil para, de alguna manera, reiterar un mensaje, que es un mensaje de paz política diciendo tres puntos esenciales: primero, que nuestro país no es un fracaso; segundo, reiterando una visión de futuro de Colombia, una visión de futuro que de alguna manera diga que tenemos que construir sobre nuestras fortalezas la biodiversidad y la biodiversidad cultural, que diga que Colombia no puede seguir siendo una nación a pesar de sí misma, que ser un colombiano es un acto de fe, que vamos a recuperar el orgullo y que vamos a construir juntos una mejor historia hacia el futuro; y tercero, que la recuperación de la confianza y legitimidad en las instituciones de democracia es una tarea conjunta, que no podemos seguir destruyendo esa confianza, que la política se trata de unir, no de seguir profundizando las divisiones sociales.

SEMANA: ¿Le gusta la comida chatarra (hamburguesas, perros, etc.)?

A. G.: Sí, me gusta el perro caliente, pero sin mayonesa, solamente salsa de tomate y mostaza; el perro caliente con mayonesa es terrible. La hamburguesa también me gusta con queso y sin tocineta.

SEMANA: ¿En alguna oportunidad en toda su vida ha entrado a una iglesia y cuál fue la experiencia?

A. G.: Sí he entrado a muchas iglesias, siempre me parecen que son espacios interesantes de recogimiento. He citado una anécdota que me contó mi papá. Era el primer viaje que él hacía a Europa (yo era un pelao en Medellín) y él pasó por París después de haber visitado Holanda, descrestado, obnubilado. Nosotros crecimos en un mundo provinciano en Medellín. Dijo que había entrado a la catedral de Notre Dame, en París, y que había un turista gringo comiendo chicle y que él le señaló y dijo este es un lugar que se debe respetar. Esa idea, de que las iglesias y los templos y donde la gente de alguna manera reflexiona sobre la vida y sobre su significado en esos momentos de recogimiento, deben respetarse, eso me inspiran, me inspiran respeto.

SEMANA: ¿Por qué no cree en Dios?

A. G.: Esa pregunta, puesta así, no es de alguna manera lo que yo siento. Yo creo en la espiritualidad, en que de alguna manera los seres humanos están en esa búsqueda, en esa búsqueda de su significado, que la vida humana es un misterio. Hay tres elementos de la religión católica en los que yo creo. Primero, cuando la religión dice que todos los hombres son iguales ante Dios, yo creo eso profundamente de que los une la humanidad, de que básicamente hay un lazo común que nos une a todos. Cuando se dice que Dios está en todas partes, yo creo en lo mismo también. Yo creo, como decían los poetas místicos por allá en el siglo XVIII o XIX, que en cada pedacito, en cada grano de arena está contenido el universo y en cada segundo está contenida la eternidad. Creo en eso profundamente y creo también, como lo dice la religión católica, que el mandamiento fundamental es el segundo, amar al prójimo, quizá no como a sí mismo, pero amar al prójimo, y eso me une con la religión. Entonces, cuando uno dice ‘no creo en Dios’, parece que uno se separara de ese tipo de creencia. No, hay una afinidad fundamental que es la creencia en la humanidad y ese imperativo de celebrar la vida.

SEMANA: ¿Cuál es el origen del universo entonces para usted? ¿Quién creó este universo tan perfecto? ¿No cree que fue un ser superior?

A. G.: Nadie lo sabe, es un misterio. Vuelvo a insistir que esa ignorancia fundamental que tenemos los seres humanos. Todos estamos en una búsqueda, en una búsqueda que no tendrá una respuesta definitiva, pero una búsqueda que nos hermana, una búsqueda que no puede dividirnos. La búsqueda sobre lo que significa la experiencia humana, lo que significa darle 80 u 85 vueltas al Sol en nuestro planeta y reflexionar sobre lo que somos, eso es el humanismo como yo lo concibo. Y vuelvo y repito, ese hilo común, esa humanidad que de alguna manera nos une como comunidad global es lo que de alguna manera la religión trata de responder también.

SEMANA: ¿La religión es una vía para conseguir votos en Colombia o qué opina de eso?

A. G.: Se puede utilizar la religión para conseguir votos. Yo no quisiera que se utilizara de esa manera, creo que la religión en el fondo es una forma colectiva de muchas personas de buscar significado y trascendencia en la vida.

SEMANA: ¿Qué lo trasnocha?

A. G.: Preocupaciones puntuales a veces sobre lo que está pasando en mi vida. Me trasnocha también en todo este proceso político perder mi esencia, mantener la lealtad a mí mismo. Me trasnocha que con mi hijo Tomás en estas últimas semanas no he pasado tanto tiempo como debería. Me siguen trasnochando también todos los afectos que he recibido en esta campaña, tratar de tener un poquito de gratitud, responder a las expectativas. Y una confianza pública también me trasnocha.

SEMANA: ¿Qué quería ser de niño y por qué?

A. G.: De niño yo tenía básicamente dos sueños: uno, quería ser científico, me gustaba el mundo de la ciencia, y también quería ser escritor, el mundo de la literatura, escribir un libro, escribir una novela, buscar mi lugar en el mundo contando historias. Ambas cosas las logré de alguna manera, cuando fui un economista, un científico social y he podido escribir mis libros. También son sueños medianamente cumplidos, como los de todos los seres humanos.

SEMANA: ¿Tiene mejor amigo o se considera más bien un tipo solitario? ¿O no cree en la amistad?

A. G.: Yo creo en la amistad, no soy tal vez el mejor amigo del mundo y a veces descuido un poco las amistades. Como he vivido en muchas partes, tengo mejores amigos en diferentes partes del mundo. Podría decir que cuando comienza la campaña traté de reconectarme con mis afectos esenciales. En Medellín (en Antioquia) tú vienes después de haber lanzado la campaña un día viernes, el sábado una conversación con ellos y mi entrada a la política. Incluso lo comentábamos con algunos de nuestros asesores. Esta idea me ha reconectado mucho con el mundo del colegio, con ese mundo inicial. Incluso algunos de los conflictos y las dudas y este examen permanente me parece que tienen mucha afinidad con ese mundo inicial.

SEMANA: ¿Derrotó el cáncer?

A. G.: Yo terminé mi tratamiento contra el cáncer exactamente hace cuatro años, terminé mi última sesión de recuperación de radioterapia. Había tenido 22 sesiones de radioterapia, seis sesiones de quimioterapia. Tres meses después de eso, en marzo de 2018, tuve mi primer examen completo y desde entonces estoy en remisión del cáncer. Tienen que pasar cinco años para tener plena tranquilidad y ya han pasado cuatro, pero puedo decir hoy de manera clara y tranquila que estoy derrotando el cáncer y ya parece ser parte de mi vida pasada.

SEMANA: ¿Bandeja paisa o ajiaco?

A. G.: Bandeja paisa, yo he sido un poquito trasplantado en Bogotá, pero me sigue la bandeja paisa... pero sin huevo.

SEMANA: ¿Cree que los hechos fortuitos de la vida son determinantes? Así usted se casó por segunda vez y así llegó a la universidad de los Andes.

A. G.: Creo en los hechos fortuitos, creo en el azar, creo que hay determinados accidentes con cosas que pasan en nuestra vida que definen un destino, que definen un rumbo y que la vida quizá solo puede entenderse en retrospectiva. Tengo un cuento que me gusta releer de vez en cuando, se llama Pequeños equívocos sin importancia, de uno de mis maestros, el escrito italiano António Tabucchi, que es en el fondo eso, la celebración del azar, como algo que va construyendo nuestras vidas y que tiene una frase por allá al final que me gusta repetir de vez en cuando y que dice: “Es la vida la que se encarga de esclerotizar las cosas, a esos accidentes, a esos hechos del azar la vida le va dando un peso que quizá no tenían inicialmente”.

SEMANA: ¿Usted echa muchos madrazos en la casa? Se lo pregunto por el famoso madrazo de su hijo por esa hp tos?

A .G.: Sí, yo crecí en una familia paisa donde se hablaba así, donde se sigue hablando así. Cuando yo hablo con mis hermanos o con mis primos y hablo con la gente en Medellín, los madrazos –o los hijueputazos, para ser claro– son parte del lenguaje. Me parece que usados como se usan en Colombia para ser enfáticos en el lenguaje, para transmitir mensajes, para transmitir emociones, están completamente bien. Me parece que el mundo de la política y el mundo general ha entrado en una especie de puritanismo un poco extraño, donde una palabra que usamos todos, cuando se lleva al ámbito político, escandaliza a la gente. Eso me parece que no tiene sentido, es una forma de hipocresía pública. Seguiré, entonces, defendiendo el derecho inalienable de decir un hijueputazo.

SEMANA: ¿Perdió tiempo hablando con César Gaviria?

A. G.: No, yo creo que fue un incidente político. Sabe que una de las cosas que he aprendido en este tránsito por la política es que hay pequeñeces, pequeñas rencillas, conflictos aquí y allá que van marcando incluso el destino político del país. Yo quiero dejar ese incidente atrás, quiero echarle tierra y quiero decir que lo qué pasó ya pasó y no hay ninguna necesidad de tener resentimientos, ni resignaciones. Ahí vamos para adelante.