Monseñor Jairo Uribe. “Tener casa propia no es riqueza, pero no tenerla sí es pobreza”, es el eslogan de una de las fundaciones más prestigiosas de la Iglesia católica en el suroeste del país: la Corporación Diocesana Pro Comunidad Cristiana. Monseñor Jairo Uribe Jaramillo es un sacerdote lleno de humor y con un corazón tan grande como su nariz, de la cual él mismo hace chistes. Uribe es el arquitecto de una fundación que ya cumple 43 años y opera desde Cartago, Valle del Cauca, aunque ya logró extender sus proyectos hacia otras regiones como el Eje Cafetero y Chocó. La fórmula de su éxito es sencilla: canalizar bondad y solidaridad. Esos dos conceptos acompañados de una buena gestión le permitieron sumar 35 aliados estratégicos, que van desde empresas privadas y entidades oficiales hasta organismos internacionales que creen en sus obras.  Los resultados hablan por sí solos; hoy la corporación se da el lujo de mostrar cifras sorprendentes como 27.000 casas construidas y 32.000 mejoradas. También tiene en marcha una entidad crediticia para familias que no tienen acceso al sistema financiero; promueve huertas caseras para ancianos; sostiene tres comedores; dirige el banco diocesano de alimentos y hasta un ropero. Dicho en otras palabras, la Corporación Diocesana se convirtió en un laboratorio social de la mano de un sacerdote que se puso el overol y comprendió que, para tejer comunidades, se debe empezar por brindarles techo propio a las familias más necesitadas y a partir de allí construir el concepto de hogar, familia y sociedad.