Por estos días cercanos a la navidad, cuando las ciudades y las casas se llenan de luces y decoraciones especiales, es fácil caer en sentimientos de nostalgia, en deseos de revivir la infancia y los mejores momentos cuando la noche buena esperábamos impacientes los aguinaldos, tratando de derrotar el sueño, por la absurda exigencia de esperar hasta la media para poderlos destapar.Me pregunto cuantos de nosotros (que superamos la barrera de los 28) aun podemos sentir esa sensación de impaciencia y expectativa por saber que nos habían regalado, la felicidad cuando se destapaba una caja envuelta en papel y resultaba ser la pista de carros, o el robot de Mazinger-Z con el que llevamos soñando el año entero (esa emoción le gana a cualquier bono corporativo); y la decepción que sentíamos cuando el criterio de conveniencia de nuestros padres llevaba a que nos regalaran ropa (típico). Encima de todo después de la trasnochada éramos capaces de madrugar a las seis de la mañana del día siguiente a estrenar los juguetes para "calmar la goma".Pensándolo bien esa capacidad, en mi caso, se ha venido perdiendo poco a poco. El día a día de la edad adulta, las preocupaciones, las metas, las expectativas, todos son factores que desplazan a los sentimientos y emociones infantiles sin darnos cuenta. Conforme va pasando el tiempo hay una cantidad de sueños que van desapareciendo, vamos "aterrizando", y en lugar de sueños se nos exigen "perspectivas" basadas en nuestra realidad; del amplio horizonte que contemplábamos de niños, donde cabía todo tipo de posibilidades, desde ser bombero, hasta astronauta, solo queda un estrecho espectro de posibilidades para salir adelante en la vida, y cumplir con las responsabilidades, que quien sabe como, terminamos echándonos encimaToda esta reflexión se me vino a la cabeza hace poco cuando tuve la oportunidad de ver la película "El expreso Polar", donde Tom Hanks hace las voces de varios personajes que interactúan con un niño que atraviesa precisamente el momento en que yo empecé a perder esos sentimientos.La historia resume de manera perfecta el fenómeno que trato describir, como de un momento a otro vamos dejando a un lado las fantasías, nos afanamos como locos por encontrar explicaciones racionales a todo y al final, cuando sentimos que hemos encontrado todas las respuestas, nos damos cuenta que lo que hicimos fue desvirtuar los sueños y la esencia de nuestra inocencia infantil. En la historia este proceso es interrumpido por un enigmático tripulante férreo, que invita al niño protagonista a tomar un tren hacia el polo norte. La travesía termina por hacerle entender lo valiosas que son sus fantasías, el sabor dulce que le imprimen a la vida, y lo hacen desistir de cualquier deseo de renunciar a ellas.Debo confesar que durante la película volví a sentirme como de 8 años, me acordé de todas esas sensaciones que la navidad produce en un niño. Me sorprendió lo fácil que era pasarla bien en esos días, bastaba una salida por la ciudad a ver los alumbrados para sentirse plenamente entretenido; contrasta con estos días en que cada viernes en la noche termina uno gastándose un montón de plata para ser victima del hacinamiento y el mal trato en uno de los sitios de moda.En verdad me enfureció haber permitido que la responsabilidad y el pensamiento "objetivo y responsable", me hubiese obligado a prescindir de mis emociones infantiles de la navidad, me entristece que alguna vez pensé que eran actitudes propias de la infancia y que llegada cierta edad pasaban a ser síntomas de inmadurez, algo no conveniente para un adolescente o un hombre maduro.Al final pensé que nunca es tarde, y la naturaleza es sabia, nos da la oportunidad de revivir a través nuestros hijos esa increíble experiencia que es ver la navidad a través de los ojos de un niño, y tener una segunda oportunidad para abordar el expreso polar y reencontrase con Papá Noel, sus enanos, Rudolf y con sus otros renos.