El olfato es el sentido más desarrollado que debe tener un político. Lo necesita para oler el estado de las cosas y, más o menos predecir, qué rumbo van a coger, hacia donde avanzan en la construcción de una sociedad mejor, y así tomar sus decisiones. Cuando Martín Luther King, por ejemplo, se embarcó en la gesta del Movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos, los dirigentes blancos que salieron a respaldarlo fueron vistos por la sociedad norteamericana como la gente que merecía dirigir el país porque ese era el sueño de las nuevas generaciones. No sólo de los negros. Cuando en los países latinoamericanos, para citar otro caso, se conquistó el voto femenino, los demócratas que se aliaron en esta causa vieron que ese era el camino para construir una sociedad mejor en todos los sentidos. No se necesitaba ser mujer para pelear por este derecho. Y hace un par de años, cuando dos millones de personas salieron a las calles de Madrid para celebrar la puesta en marcha de la ley para los matrimonios de los gays y las lesbianas, Don Juan Carlos se llevó los aplausos. “Tenemos un rey con cojones”, gritaban los homosexuales en ese verano. ¿Por qué el día del Orgullo Gay se convirtió en una marcha con cientos de consignas a favor del monarca? Era el premio al olfato de un dirigente que olió la clase de sociedad que querían construir los españoles y no vaciló en firmar el decreto que ellos reclamaban. No se necesitaba ser negro, o ser mujer, o gay para pelear por estas causas. Precisamente, estas causas son defendidas de manera vehemente por muchos de los dirigentes del Polo. Por eso, es visto como un partido de avanzada, moderno, pluralista. Y por eso, entre otros abismales conceptos se diferencian de las Farc. Esta guerrilla no está en el monte por los negros, rechaza a los gays y no tiene mujeres en el Secretariado. Si batallaran por la igualdad de género, Ingrid no estaría encadenada como si fuera un animal. Hoy la sociedad en general rechaza a las Farc. Condena sus métodos. Les cierra las puertas. Precisamente, a raíz de la publicación de las fotos de los secuestrados, esta sensación colectiva se hizo más evidente y en esta coyuntura un grupo de jóvenes decidió proponer una marcha para decirles basta, no más. ¿Alguien con una dosis mínima de sensatez podía no sumarse a esta causa? Fue así como Gustavo Petro decidió solicitarle a sus compañeros de militancia que salieran con ellos a la calle, condenar la acción criminal de este grupo armado. Pero, sorpresivamente fue derrotado por abrumadora mayoría. ¿Qué le pasó a gran parte de la dirigencia del partido de izquierda para decir que no a una macha en contra del secuestro de las Farc? ¿No olfatearon el cisma que esto produciría máxime cuando recién venían de una discusión durísima porque algunos de ellos no condenaban a las Farc? Los días fueron pasando y lo que nació como una convocatoria de unos jóvenes en Internet se convirtió en avalancha sin precedentes. La marcha del 4 de febrero salió de un computador de un cibernauta en Barranquilla pero llegó a Dubai, pasó por Johannesburgo, saltó a Tokio, voló por Los Ángeles y se concentró en las más importantes ciudades de Colombia, con una energía que todo lo absorbía. El vigor de la marcha se podía oler desde cualquier distancia. El Polo aún estaba a tiempo de rectificar. Ni siquiera era necesario que apoyara a la marcha sino que se quedara callado y no la llenara de obstáculos. La herida estaba abierta y Petro volvió a insistir pero en esta ocasión no sólo fue derrotado sino que la línea que no olía lo que venía decidió explicar públicamente sus argumentos con un comunicado en el que le metieron “falsos positivos”, “desplazados” y su rechazo a “los crímenes horrendos cometidos por la Fuerza Pública”. Era tan denso que tuvieron que pagar avisos de media página para tratar de explicarlo. Y tan extenso que varios de los líderes del Polo como la ex candidata a la vicepresidencia Patricia Lara declaró públicamente que no lo había leído. Cuando se dieron los primeros pasos de la marcha y ya se sentía en el ambiente lo que esta significaba, en gran parte del Polo no olieron su dimensión y siguieron por su lado. Ya era demasiado tarde. Y la marcha se cumplió. Y a ella se sumaron, Gustavo Petro, Lucho Garzón, María Emma Mejía, Samuel Moreno, Antonio Navarro Wolf y la misma Patricia Lara. Entre tanto, arrinconados quedaron Wilson Borja –“esta marcha es una estupidez”–; Carlos Gaviria –“buscamos la unidad pero esta marcha genera ambigüedad”–; Carlos Lozano –no vamos para no sumarnos “a las hordas de la violencia y la intolerancia”–. Ellos, en conclusión no olieron lo que venían. Y por la votación parece que son la línea mayoritaria de un movimiento que demostró una falta de olfato elemental para saber por dónde marcha el país, qué es lo que quiere la gente, a quiénes rechazan. Esta situación provocó un cisma en el Polo de consecuencias impredecibles. Un movimiento de izquierda que con lo ocurrido este lunes no volverá a ser igual.