“Mataron al ‘Mono Jojoy’”, escuché. Buscando confirmar la noticia, me encontré con la celebración y sentí tristeza. El ‘Mono Jojoy’ era, sin duda, un criminal que revestía peligrosidad para el resto de la sociedad.  La advertencia del presidente Santos fue contingente y consecuente con la política guerrerista que le ayudó en las pasadas elecciones. Una idea por la que los colombianos votaron. Guerra quieren, guerra tendrán. El Ministro de Defensa anunció la paz “por las buenas o las malas”. Las felicitaciones a las fuerzas militares no se hicieron esperar y en Colombia entera se empezó a pasar la voz de la muerte de uno de los símbolos del terror. Sin embargo, repito, sentí tristeza. No por la muerte del señor ‘Mono Jojoy’. Sentí tristeza por un país, que ahogado en la desesperanza de encontrar salidas hacia la vida, decidió consolarse celebrando la muerte. En el 2008, Pedro Pablo Montoya, alias ‘Rojas’, asesinó a su comandante ‘Iván Ríos’ y luego le cortó la mano para llevarla como evidencia con la intención de cobrar la recompensa. En ese momento, ‘Rojas’, quien se encargaba de la seguridad de ‘Iván Ríos’, se ganó un controvertido aplauso de la opinión pública. Ese día también sentí tristeza. La mano de ‘Iván Ríos’ me importaba muy poco, teniendo en cuenta que era la misma mano que seguramente había empuñado un arma para usar la violencia, pero empecé a sentir pesar por un país que celebraba la traición, la amputación y la muerte. Lo que hoy es un éxito indiscutible por parte de las fuerzas militares, es un fracaso para Colombia como sociedad. Lo que es un acierto militar y un certero golpe en el corazón de las FARC, se configura en un testimonio doloroso de un país que por falta de vida, se conforma con la muerte. A la guerrilla colombiana ya nadie la quiere.  No la quiero yo, y no creo ni siquiera que se quieran a sí mismos. No se quieren entre ellos y posiblemente ya no quieren el sueño que los mantiene en pie. Pero los colombianos debemos ser cuidadosos, mirarnos muy de cerca a nosotros mismos, para evitar terminar actuando bajo la misma lógica que legitiman los violentos. No dudo de la valentía y el empeño de la operación militar que le dio muerte al comandante guerrillero, pero la guerra comienza cuando tenemos limitaciones para conseguir la paz, cuando no somos capaces de encontrarnos en medio de nuestras diferencias, cuando hemos fracasado en la posibilidad de reconocernos entre nosotros mismos como hijos de una misma tierra. Conocí a un hombre que estuvo en Corea. Me dijo que a veces, cuando disparaban, veía volar los cuerpos de los coreanos enemigos. Lo condecoraron como héroe de guerra y después de su muerte, a los 82 años, sus cenizas fueron arrojadas al mar, con honores militares, desde una corbeta adscrita a la Fuerza Naval. Fue, sin duda, un valiente, pero días antes de su muerte aseguró, con las medallas en las manos, “no hay nada más absurdo que la guerra”. Me resisto a que Colombia sea un país que le haga apología a la sangre derramada. Es posible que el ‘Mono Jojoy’ merezca el castigo más cruel, pero de todo lo que los violentos nos han quitado, de toda la libertad, la tranquilidad, la paz sacrificada, lo más grande que nos pueden quitar es la posibilidad de ser distintos a ellos, la capacidad de seguir haciendo apuestas por la vida y de seguir soñando con la paz como único camino.