Colombia llega a las elecciones presidenciales de 2026 atrapada en un déjà vu político que debería preocupar a quienes buscan un cambio de rumbo. Los paralelos con 2011 –año en que Gustavo Petro ganó la Alcaldía de Bogotá– son tan claros que resulta casi irresponsable ignorarlos. Me explico.
Entonces, como hoy, el país asistía a una competencia fragmentada entre el centro y la derecha mientras la izquierda avanzabacon un candidato disciplinado y con voto consolidado. El resultado es historia: Petro ganó con el 32,2 por ciento, mientras que sus opositores dividieron el voto en tres grandes bloques –Peñalosa: 24,9 por ciento, Parody: 16,7 por ciento, Galán: 13,9 por ciento, Luna: 4,1 por ciento–, sumando más de 60 por ciento entre todos. La izquierda venció no por mayoría, sino por dispersión ajena. Anótelo.
Lo más inquietante es que, 15 años después, las piezas parecen haberse colocado en el mismo tablero y, lo más interesante, con los mismos apellidos. En 2011, Carlos Fernando Galán y David Luna fueron protagonistas del fraccionamiento. Hoy, en 2025, sus nombres regresan en un guion peligrosamente similar: Juan Manuel Galán y el mismo David Luna están empeñados en construir una coalición que, según dicen, “renueve” al centro y a la derecha, pero que en la práctica puede terminar dejando por fuera al candidato que más marca en ese espectro: Abelardo de la Espriella.
Muchos podrán tener reservas frente a De la Espriella. Nadie lo desconoce. Pero los datos son los datos: hoy es el único aspirante de la derecha con capacidad real de competir. Y, como en 2011, la oposición corre el riesgo de escoger no al candidato viable, sino al candidato “cómodo” para las élites políticas de siempre. El libreto, lamentablemente, es idéntico: privilegiar afinidades personales y peleas internas por encima de la estrategia electoral.
Mientras tanto, Iván Cepeda –el aspirante del progresismo, defensor estructural del proyecto de Petro– avanza sin obstáculos significativos. La última encuesta del CNC lo ubica alrededor del 20,9 por ciento, a la cabeza de la carrera, no porque entusiasme a las mayorías, sino porque enfrenta un bloque opositor disperso, dividido y obsesionado con reproducir los errores del pasado. La izquierda lo entiende: cuando tus rivales se fragmentan, tú solo necesitas mantenerte firme. Es su fórmula, les ha servido acá y allá.
La pregunta es obvia: ¿permitirán los políticos de siempre que lo ocurrido en Bogotá en 2011 se repita ahora a nivel nacional? ¿Le entregarán la presidencia a Cepeda de la misma manera en que le entregaron la alcaldía a Petro? En esencia, es exactamente lo mismo.
Que no se malinterprete. El debate es importante, y las coaliciones no solo son válidas: son necesarias. La democracia exige contrastes, deliberación y acuerdos. Pero las elecciones también exigen realismo: si el objetivo declarado de la oposición es derrotar al proyecto de Petro, entonces debe actuar en consecuencia. Aprender del pasado implica reconocer que sin pragmatismo no hay victoria posible. Y que, en ciertos momentos, la política obliga a escoger el mal menor para evitar el mal mayor.
La observación es clara, no hay manera de que la oposición gane sin los votos que tiene De la Espriella. Es una cuestión de números. Y esos votos difícilmente se lograrán intentando destruir a quien los tiene. Es una máxima de los políticos que para ganar se necesita sumar, no restar.
Advertencia: esta es una observación meramente basada en posibilidades y percepciones. Que vengan pronto las deliberaciones sobre proyectos y planes de gobierno. Sin embargo, y esta es otra observación desde el pragmatismo y la realidad, la gente no vota por planes, vota con la barriga y el bolsillo.
En 2011, el centro y la derecha renunciaron a la racionalidad estratégica y terminaron allanándole el camino a Petro. Hoy, la historia nos ofrece la misma lección, con los mismos apellidos y con un desenlace potencialmente más trascendental. Nadie podrá decir que no lo vio venir.