El estudio y la comprensión de la bioética no pueden reducirse a un ejercicio exclusivamente académico, circunscrito a seminarios especializados, publicaciones indexadas o discusiones desarrolladas en los claustros universitarios. No, la bioética no puede limitarse a ser una disciplina de adorno académico que teoriza sobre el avance tecnocientífico. Aunque todo eso es fundamental, no es suficiente.

Por el contrario, la bioética es un faro para navegar la incertidumbre moral característica de las sociedades contemporáneas, aturdidas por transformaciones científicas y tecnológicas capaces de alterar profundamente la propia comprensión de lo humano.

Por eso, se necesita la bioética, para sentar el norte sobre cuestiones como la distribución de recursos sanitarios, la experimentación con seres humanos, el acceso desigual a tecnologías médicas, la manipulación genética, las decisiones sobre el principio y el final de la vida, la protección de poblaciones vulnerables, entre otras temáticas.

Finalmente, la función de la bioética exige una proyección institucional concreta y efectiva sobre la vida pública, capaz de trascender las discusiones meramente académicas para incidir directamente en las grandes decisiones científicas, jurídicas y políticas.

Esto implica fortalecer organismos estatales especializados y dotados de capacidad real para intervenir en la formulación de políticas públicas, en la regulación legislativa y en la evaluación ética de los desarrollos biotecnológicos. Pero ello supone, además, impulsar y financiar proyectos de gran escala orientados al estudio integral de las implicaciones humanas de las nuevas tecnologías, semejantes a varias iniciativas internacionales.

Pues bien, con base en las consideraciones anteriores, escribo un barniz introductorio sobre las nociones fundamentales de la bioética, con el fin de proporcionar una aproximación general que permita comprender su creciente importancia en la sociedad.

Fritz Jahr, filósofo y pastor protestante, acuñó por primera vez el término bioética en un artículo intitulado Bio-Ethics: A Review of the Ethical Relationship of Humans and Plants, publicado en el periódico científico alemán Kosmos, en 1927. En el artículo, propuso la creación de un imperativo bioético, capaz de ampliar el imperativo categórico kantiano a todas las formas de vida. La formulación del imperativo bioético es esta: “Respeta todo ser vivo, como principio y fin en sí mismo, y trátalo, si es posible, en cuanto tal”. El imperativo de Jahr redefinió las obligaciones morales en relación con todas las formas de vida, humanas y no humanas.

Posteriormente, el investigador en oncología Van Rensselaer Potter universalizó el concepto de bioética, con dos publicaciones: el artículo Bioethics: The Science of Survival, publicado en 1970, y el libro Bioethics: Bridge to the Future. Ambos textos conquistaron un éxito definitivo. Quizá por eso la comunidad académica consideró, por mucho tiempo, que el padre de la bioética había sido Potter. Sin embargo, sería el bioeticista alemán Hans Martin-Sass quien esclarecería el meollo y aclararía que Jahr fue el verdadero fundador de la bioética.

En 1971, el investigador holandés André Hellegers creó el primer instituto universitario dedicado al estudio de la bioética: The Joseph and Rose Kennedy Institute for the Study of Human Reproduction and Bioethics, en la Universidad de Georgetown. De manera que Jahr fue el padre del concepto, Potter de su universalización y Hellegers de su institucionalización.

Aunque hoy hay tantas definiciones de la bioética como autores han teorizado al respecto, consigno la definición de la Encyclopedia of Bioethics propuesta por Warren T. Reich en la segunda edición, puesto que es una de las definiciones de mayor aceptación entre los bioeticistas: “La bioética es el estudio sistemático de las dimensiones morales —incluyendo la visión moral, las decisiones, las conductas y las políticas— de las ciencias de la vida y del cuidado de la salud, usando una variedad de metodologías éticas en un contexto interdisciplinario” (Reich, 2001).

En conclusión, durante las últimas dos décadas, la bioética ha experimentado una expansión disciplinar notable, que se ha visto reflejada en múltiples ámbitos académicos e institucionales, como la aparición de publicaciones de enorme influencia internacional, la consolidación de cátedras universitarias y centros de investigación dedicados exclusivamente a los estudios bioéticos, la creación de comités hospitalarios y consejos nacionales de bioética, y la formulación de declaraciones, códigos y directrices internacionales orientadas a regular la investigación biomédica, las prácticas clínicas y las aplicaciones biotecnológicas.