Ensimismados en nuestras propias incertidumbres y ante el riesgo real —pero no inevitable— de que Petro permanezca en el poder a través de Cepeda, quizás nos haya pasado desapercibida la derrota sufrida por Víctor Orbán en Hungría, quien ha gobernado, con poderes absolutos, durante 16 años consecutivos. El episodio es relevante para el mundo entero; muestra que los caudillos que se toman el poder, para desde dentro erosionar la democracia liberal, pueden ser derrotados por la vía electoral cuando no manipulan las elecciones (así cayó Pinochet), o las medidas para adulterarlas no son suficientes, como las que intentó Trump para impedir el triunfo de Biden. Como vaca ladrona no olvida el portillo, usará la misma estrategia para intentar elegir su sucesor.
Las repercusiones internacionales de la caída de Orbán son enormes. J. D. Vance, vicepresidente de los Estados Unidos, visitó a Hungría en los días finales de la justa electoral con el propósito explícito de apoyar a Orbán, una audaz intervención en los asuntos internos de un país, que si bien es miembro de la Unión Europea, mantenía con esta un fuerte antagonismo, entre otras cosas por sus acciones encaminadas a brindar apoyo a Ucrania.
Esta posición del trumpismo es comprensible como desarrollo de la política de Seguridad Nacional divulgada a fines de 2025. Allí se afirma que Europa padece una crisis civilizatoria como consecuencia de los flujos migratorios de origen musulmán, que es exactamente la postura defendida por Orbán, y en el fondo idéntica al rechazo, agresivo y vejatorio, que reciben muchos latinos en los Estados Unidos. ¡Qué horror. Estamos de regreso a las políticas racistas de Hitler y Stalin!
El daño para Estados Unidos derivado de esta derrota es enorme; y resulta agravado por la invasión de Irán, que no fue discutida con los aliados europeos a pesar de que son dependientes de los hidrocarburos que transitan el estrecho de Ormuz.
Otro perdedor es Rusia. Su alianza con Orbán le servía para debilitar la Unión Europea. Solo que como no salió a apoyarlo explícitamente, no lleva del bulto al igual que Trump. En el bando ganador se encuentran la Unión Europea, Ucrania y, tal vez, Hungría, si Peter Magyar, el nuevo primer ministro, decide desmantelar el régimen anterior, en vez de usarlo para sus propios objetivos.
Durante buena parte del siglo XX, las democracias caían con estrépito: tanques en la calle, juntas militares, cierres del Congreso. Grecia en 1967, Chile en 1973, Argentina en 1976. Ese modelo de ruptura —abierto, brutal, inconfundible— pertenece hoy al museo de la historia. El autoritarismo contemporáneo ha aprendido a ser más sutil, más eficaz y, sobre todo, más presentable. Lo que predomina ahora es la captura interna de las democracias liberales: líderes que llegan por elecciones competitivas y luego transforman las reglas para que esas mismas elecciones dejen de serlo. No necesitan abolir la democracia; les basta con vaciarla de contenido.
Hungría bajo Viktor Orbán es un caso de libro de texto: redujo el número de parlamentarios; reformó las leyes electorales para garantizar a su partido una super mayoría; debilitó los medios de comunicación independientes; alteró la configuración del tribunal constitucional para garantizar mayorías favorables; utilizó los mecanismos constitucionales de excepción para gobernar al margen del parlamento; la percepción ciudadana sobre la corrupción estatal alcanzó cifras elevadas; minó la autonomía del banco central. En fin…
Orbán ha sido un exponente claro de la democracia plebiscitaria o popular. El líder concentra el poder, redefine instituciones y convierte la legitimidad electoral en un cheque en blanco. Las elecciones periódicas no son mecanismos de competencia, sino rituales de refrendación. La oposición existe, pero no compite en condiciones reales de igualdad. Rusia y China son sus exponentes más consolidados, aunque sus trayectorias históricas e instituciones sean distintas.
Este es el modelo antagónico a la democracia liberal, caracterizada por elecciones libres y competitivas, separación de poderes, Estado de derecho, libertad de prensa, rechazo de la emisión monetaria para financiar el gasto público.
Francia, Chile, Canadá, Japón, Australia, Uruguay, entre otros, encajan este modelo, que pese a sus innegables ventajas y logros históricos, padece el feroz ataque de los populistas provenientes de ambos extremos. Sus ideologías divergen; sus métodos de acción son los mismos.
Entre ambos polos surgen híbridos: democracias que conservan elecciones libres, pero donde el Ejecutivo presiona instituciones, polariza al electorado y erosiona contrapesos. Estados Unidos bajo Trump, y el que implantó en Mexico López Obrador, son ejemplos claros y muy preocupantes.
La pregunta inevitable es: ¿cómo ubicar al gobierno de Gustavo Petro dentro de estas categorías? La pregunta es meramente retórica. Para responderla, basta confrontar sus actuaciones y discursos con los de Orbán. O de Maduro para no ir más lejos.
Se libra entre nosotros, como en muchos otros lugares, una lucha ideológica trascendental, entre democracia populista o autoritaria, y democracia liberal. O lo que es lo mismo entre la democracia nacida de procesos electorales transparentes, o la supuesta democracia encarnada en un caudillo que sabe lo que nadie más sabe: qué quiere el pueblo. En estas elecciones vamos a elegir, como casi siempre ha sucedido, quién nos gobierna. Pero también en qué sociedad queremos vivir.
Briznas poéticas. De nuevo me deslumbra José Emilio Pacheco:
Los grillos se alimentan de oscuridad.
Nadie sabe
De que se trata su rumor incesante.
Acaso se interrogan sobre otro enigma:
Qué pretendemos decirnos
Con el ruido de nuestras bocas.