Independientemente de que la economía vaya a crecer en 2023 por debajo del incremento de la población, lo cual implica una pérdida de poder adquisitivo para los colombianos de a pie, el 2024 no será mejor a nivel económico. Con las iniciaciones de obra en el sector vivienda cayendo, un dólar que se mantendrá en menos de 4.500 (afirmación arriesgada que me permito hacer), el precio del petróleo a la baja, las obras 5G que sufrirán de la falta de capacidad de ejecución por parte del Gobierno y el impacto cada vez más creciente de sus políticas fiscales, que le quitan aire a la sociedad productiva, nuestra producción sufrirá y golpeará los indicadores de empleo.
Las tasas de interés finalmente empezarán a ceder, en la medida en que el Estado no siga sacándoles plata del bolsillo a los colombianos con incrementos en los impuestos, a los alimentos, la gasolina y el ACPM. Se reflejarán en una inflación más baja por la contracción de la demanda, sin que se materialicen en un rebote de la economía, dada la fortaleza de los demás factores mencionados.
Paralelamente, no ayudará la permanente incertidumbre que desde lo político influye en la economía, alejando la inversión, sobre todo de los colombianos. No se trata aquí de inversión extranjera, sino de aquel colombiano que quiere abrir un taller de mecánica automotriz, un restaurante, una fábrica de arepas o una empresa para instalar banda ancha rural. Con la incertidumbre en la demanda y la alta carga fiscal, muchos preferirán ser cautos y no apostar su patrimonio en un entorno complejo.
A pesar de la tasa de cambio atractiva, pocos dólares entrarán y menos de ellos entrarán a inversiones de largo plazo. Dado que las grandes inversiones se han realizado históricamente, no para exportar, sino para responder a la demanda local (con la excepción de la minería y el petróleo), el menor poder adquisitivo y la cautela en el gasto harán que no se vean grandes movimientos de capital desde el exterior.
En lo político, la popularidad del Gobierno seguirá en picada ahora que los mandatos de los recién electos gobernadores y alcaldes harán más evidente lo que es un buen gobierno. Las relaciones entre los mandatarios locales y el gobierno central serán manejadas con mucha cautela, pero surgirán diferencias puntuales que se transformarán en escándalos.
A pesar de algunos cambios en los magistrados de las altas cortes, su relación con el Gobierno se tensionará por la demora temporal en el nombramiento de la fiscal y la declaración de inconstitucionalidad de varios decretos y múltiples proyectos de ley. Los congresistas, por su lado, seguirán recibiendo mermelada para los proyectos de las regiones, pero en su ejecución los alcaldes y gobernadores la limitarán. Surgirán cada vez más escándalos y el país se polarizará.
En el campo internacional, las relaciones de Colombia con los países del norte se irán deteriorando. Estos seguirán apoyando algunas reformas que no golpean sus intereses para sacar mejor provecho para sí mismos. Las relaciones con los países del eje progresista se intensificarán y cada vez llegarán más propuestas inejecutables de trenes, industrias y desarrollos. La JEP seguirá politizada y los procesos de paz solo progresarán en el papel, mientras los negocios ilegales seguirán sin ser atacados por la fuerza pública. Habrá cambios ministeriales frecuentes que cada vez más irán radicalizando al Gobierno y terminarán por volver absolutamente mercantilista la relación con los partidos políticos.
El sector salud, a partir del segundo trimestre, entrará en franco deterioro y las EPS empezarán a negar más servicios con el fin de subsistir económicamente. El Gobierno seguirá desfinanciado el sector y con decretos de control de precios empezaremos a tener escasez de ciertos medicamentos. El costo de la medicina prepagada subirá significativamente.
Por último, a nivel internacional, América Latina se partirá entre la derecha y la izquierda. Las economías de la región mejorarán para los países productores de bienes básicos como Brasil, Chile y Perú. La experiencia Milei será positiva y en menos de nueve meses equilibrará las finanzas argentinas. En Estados Unidos, Donald Trump, a pesar de las demandas, volverá al poder y los conflictos internacionales en Palestina y Ucrania no se resolverán en 2024.
Como ven, mi visión de 2024 no es muy optimista, muy alineada a lo que ha pasado en el país en 2023, en que la economía no ha crecido, los procesos de paz no avanzan y existe una gran incertidumbre a nivel regulatorio y legal. La diferencia es que en 2024 llegaremos con el peso de un mal 2023.