Para los colombianos que vemos con claridad el panorama político actual, es evidente que el proyecto de continuidad del gobierno de Gustavo Petro está en cabeza de Iván Cepeda, artífice de la paz total. Esta política, lejos de pacificar, se ha convertido en una alianza de facto con grupos narcoguerrilleros que hoy imponen su autoridad en gran parte del territorio nacional.

El objetivo de esta agenda no es otro que desmantelar nuestra democracia y replicar el modelo autocrático que Venezuela ha padecido durante los últimos 27 años bajo el chavismo y el madurismo. Por esta razón, escribo esta columna como una carta abierta a Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella: ustedes representan hoy las candidaturas con la capacidad real de derrotar la dictadura que amenaza el futuro de Colombia.

Como lo he hecho desde esta columna en los últimos meses, les escribo con la franqueza que me caracteriza, sin cálculos electorales ni tibiezas. Es claro que estamos entrando en los días más decisivos para el futuro de nuestra democracia. Mientras Iván Cepeda consolida su ventaja para perpetuar el petrismo bajo la máscara de la paz total, ustedes, desafortunadamente, libran una guerra fratricida.

Esta disputa por el voto de la derecha, la centroderecha y la oposición en general resulta costosa, siendo ustedes los únicos con la posibilidad real de derrotar al establecimiento en primera y segunda vuelta.

Es comprensible que exista una competencia con ideas distintas, estilos diferentes y, por qué no, egos en juego. No obstante, los colombianos que nos oponemos al actual gobierno queremos recordarles la enorme responsabilidad que cargan sobre sus hombros. Esta obligación no es solo con las bases de sus campañas, cada vez más pasionales debido a la falta de debates, sino con el país. A esto se suma el impacto de unas encuestas seriamente cuestionadas por el Consejo Nacional Electoral, cuyos vicios metodológicos y falta de objetividad han sido señalados por la propia ley, generando una medición distorsionada de la realidad política.

La división que padecemos en este momento está generando graves consecuencias en ambas campañas. Esta fractura se profundiza con debates desafiantes y acusaciones infundadas por parte de influenciadores y bodegas en redes sociales. Esto no es un simple espectáculo político; es un lujo destructivo que los colombianos no nos podemos dar si realmente queremos recuperar nuestra democracia.

Cada voto que se restan entre ustedes fortalece, necesariamente, al Pacto Histórico y al petrismo. Cada ataque personal distrae a la ciudadanía y aleja a miles de colombianos que, cansados de la polarización y el caos, podrían tomar la nefasta decisión de abstenerse, beneficiando directamente al candidato del Gobierno.

Ustedes tienen una oportunidad histórica única: dar una muestra de verdadera grandeza enviando un mensaje claro de unidad en lo esencial, sin renunciar, por supuesto, a sus identidades ni a sus propuestas. Ese mensaje de convergencia patriótica es el que hoy necesitan los colombianos para derrotar a Iván Cepeda en la primera vuelta; esto no es una utopía, es simple aritmética electoral. El voto mayoritario está ahí, disperso entre quienes rechazamos el continuismo.

Una señal de respeto mutuo podría movilizar masivamente a los indecisos y permitirnos disputar una segunda vuelta exclusiva entre ustedes dos, dejando por fuera al candidato del Gobierno.

Si el candidato oficialista pasa al balotaje, sabrá jugar mucho mejor con la polarización y las maquinarias aceitadas por el presupuesto nacional. En cambio, dos candidatos fuertes de la oposición en segunda vuelta mantendrían viva la esperanza de un cambio real para nuestra democracia. En ese escenario, es indispensable un compromiso público y solemne: un pacto de no agresión, sin descalificaciones personales ni ataques por la espalda. Solo altura, ideas y debates.

Que sean los ciudadanos quienes decidan libremente en las urnas quién debe liderar el país. Este blindaje contra el odio civilizatorio marcaría el nacimiento de una oposición democrática, madura y responsable.

Paloma, sin lugar a dudas, representa la coherencia de una oposición firme en el Congreso y la posibilidad histórica de que, por primera vez, Colombia sea gobernada por una mujer. Su liderazgo se ha forjado en momentos clave, desde la defensa del ‘no’ en el plebiscito de 2016 hasta la representación institucional de un partido fuerte, respaldado por millones de votos en una consulta ciudadana; una líder leal, con carácter y un profundo conocimiento del país. Abelardo, usted, por su parte, encarna el clamor de quienes exigen mano dura, orden y un quiebre radical en la forma de conducir el Gobierno.

Sin duda, ambos tienen méritos de sobra para aspirar al solio de Bolívar. Son patriotas genuinos con bases legítimas que representan a la mayoría de la oposición. Sin embargo, la responsabilidad histórica que lideran en este momento no admite vanidades. Nuestra democracia ya quedó seriamente herida tras las elecciones de marzo, en que los aliados del Gobierno, amparados en una política de paz que solo ha traído sangre, coaccionaron al electorado para intentar apoderarse del Congreso sin éxito.

A este panorama se suma la preocupante ausencia de debates y el uso de encuestas cuestionables, lo que ha sumido a la campaña en un caos propenso a la manipulación mediática de bodegas e influenciadores. Es imperativo que comprendan lo que está en juego: no se trata de ver quién llega a la segunda vuelta con el orgullo más alto, sino de quién tiene la capacidad real de frenar un proyecto que amenaza las libertades, la propiedad privada y el Estado de derecho.

No tengo ninguna duda, como tampoco la tienen la mayoría de los lectores, de que ustedes poseen una trayectoria de patriotas genuinos; así lo perciben los electores. Sin embargo, la patria no se salvará con divisiones que, desafortunadamente, solo benefician al actual gobierno, verdadero enemigo de nuestra democracia. Su responsabilidad en estas últimas dos semanas es priorizar a Colombia por encima de sus diferencias, mediante un debate sano y de altura. Una guerra sin cuartel que fracture el voto de la oposición sería un suicidio político.

Creo interpretar el sentir de la mayoría de los colombianos que ya los respaldan, así como el de ese alto porcentaje de indecisos y abstencionistas. Por eso, Paloma y Abelardo, no permitan que el ego sea más grande que la patria. Tiendan la mano y denle un mensaje contundente al país: “Aquí estamos unidos en lo esencial y respetándonos en lo distinto”. Si lo hacen, tengo la certeza de que miles de ciudadanos saldrán masivamente a votar este 31 de mayo.

Sus nombres están hoy en la balanza del destino de la nación. Sean grandes. Sean patriotas. Los colombianos exigen líderes que salven la democracia, y eso solo se logra con un mensaje de unidad y grandeza. El tiempo apremia; la primera vuelta está a la vuelta de la esquina. Si el escenario nos lleva a enfrentar en segunda vuelta a Iván Cepeda y sus aliados, llegará el momento de la convergencia real. Pero si, por el contrario, la campaña sigue el rumbo destructivo que lleva hoy, no serán las encuestas opacas ni la falta de debates las que los juzguen; será la historia la que se encargará de cobrarles haber tenido en sus manos la oportunidad de defender a Colombia y haberla dejado pasar por cálculos menores.

Lideren el gran triunfo de la libertad. No nos fallen. Colombia no merece otra derrota por desunión. ¡VIVA COLOMBIA!