Con el fin de allegar información para escribir esta columna, acudí al doctor V., psiquiatra de reconocida ecuanimidad y sapiencia a quien conozco desde la adolescencia. Les contaré los hallazgos de esa conversación.
Es necesario examinar la conducta de Gustavo Petro en dos fases claramente diferenciables. En los momentos de euforia emite trinos furibundos, lanza peroratas a sus seguidores, o participa en eventos internacionales. No se amilana porque no sean recogidas en los comunicados finales de estos encuentros sus ideas para salvar a la humanidad de los desastres generados por el capitalismo y el cambio climático o para recuperar la Amazonía. Tampoco que sean objeto de severas críticas dentro del país sus propuestas de reforma social. Es comprensible. El Pueblo (el suyo) no lo ha ungido para recibir aplausos, sino para transformar a Colombia.
Del tren para unir los puertos de Buenaventura y Cartagena no volvió a hablarse. Nunca se ha visto la necesidad de unirlos de esa manera. Es obvio que la carga internacional se embarque o entregue en aquel de esos terminales que se haya estipulado en el contrato de transporte. Para el reducido tráfico doméstico el cabotaje es eficiente. Y si la idea fuere competir para la navegación interoceánica con el Canal de Panamá, el disparate sería mayúsculo.
A Don Quijote en sus salidas por los campos de la Mancha, se le ocurren ideas delirantes, tales como atacar molinos de viento, desbaratar teatrinos de marionetas o liberar reos de la Justicia. A Petro le pasa lo mismo. Cree, por ejemplo, que en remotos pueblos escasos de habitantes se requieran universidades para lo cual ha invitado a los alcaldes a preparar los lotes necesarios. Una extraña concepción inmobiliaria de la educación superior. Al parecer no ha pensado en que es más eficiente fortalecer la red de universidades, o que podrían no existir suficientes profesores y estudiantes en esos lugares aislados. Sin duda, hay que ayudarles a progresar, por ejemplo, con educación preescolar y básica de óptima calidad, mejores vías y acueductos. Cuando los recursos son escasos es preciso saberlos priorizar.
Se requiere una imaginación macondiana para plantear un aeropuerto internacional y un hotel de lujo en la Alta Guajira. Es un lugar precioso, pero su encanto para el turista normal (mochileros es otra cosa) se desvanece más o menos en ocho horas. Es probable que no se hayan expuesto ante los indígenas de la zona esas ideas transformadoras del entorno, que son los mismos que han paralizado los proyectos de energía eólica que el país requiere con urgencia.
Por estos días anda Petro con la ventolera de renegociar el tratado de comercio vigente con los Estados Unidos. Su obsesión es que tenemos que producir el maíz y el trigo que consumimos en vez de importarlo sin arancel de ese país. Si lo estableciéramos, el efecto sobre los consumidores de pollo, sus derivados, pan y pasta sería demoledor. Como la productividad es bajísima en el trópico para esos productos los costos son elevados. Por el contrario, y en función de ventajas comparativas indudables, los países de clima medio no producen café, banano, aceite de palma, aguacate y cacao. Los compran en México, Brasil, Malasia y Costa Rica, entre otros, que son mucho más eficientes que Colombia atendiendo una demanda enorme y creciente. Qué tristeza: por estar enfocados en lo que no es, dejamos pasar de largo las oportunidades que sí son.
Si le ponemos aranceles al trigo y al maíz proveniente de los Estados Unidos, ellos harían lo mismo con aquellos productos que les vendemos: los ya mencionados, flores y manufacturas livianas. Además, no bastaría cerrarnos frente a ese país. Habría que imponer aranceles a Canadá y Argentina que también exportan trigo y maíz. ¡Como si ya no fuéramos uno de los países más enclaustrados del planeta! ¡Como si el bienestar de los consumidores no importara! ¡Como si nos estuviere prohibido producir cereales!
Desde 1927 la Federación Nacional de Cafeteros administra los recursos que se utilizan para proveer asistencia técnica a los caficultores, desarrollar programas de beneficio social en las regiones donde se cultiva el café, y garantizar la compra de las cosechas a los pequeños productores. En esas tareas ha realizado una labor eficiente que ahora Petro pone en duda, amenazando, fiel a sus visiones estatistas, con llevarse esos recursos para el gobierno. ¿Será que este puede desempeñar mejor esas tareas? ¿Quisiera también alzarse con los demás fondos parafiscales que existen en el sector agropecuario, tales como los del ganado, el arroz y la palma? Esas discusiones hay que darlas con calma, no al calor de una pataleta causada por razones burocráticas.
Como atrás decía, estos episodios suceden en la fase de euforia de nuestro mandatario, que también tiene sus ciclos de depresión. Entonces se esfuma del mapa, cancela su agenda pública, llega tarde o deja de trinar. Es especialmente preocupante cuando desaparece fuera del país: genera preocupaciones sobre su seguridad a los gobiernos que lo albergan y mala imagen para Colombia.
Aunque hasta ahora no sabemos qué le sucede, es razonable conjeturar una enfermedad mental. El Dr. V. menciona la posibilidad de un trastorno bipolar, dolencia que consiste en picos de hiperactividad y decaimiento. En casos agudos se manifiesta en optimismo excesivo, nerviosismo, euforia, pérdida de atención, malas decisiones, aislamiento, entre otras anomalías.
En su modalidad benigna esta patología se conoce como trastorno ciclotímico. Aun cuando para contar con un diagnóstico adecuado se requiere un examen clínico, mi amigo psiquiatra se inclina por esta modalidad menos severa de la patología. Anota, sin embargo, qué situaciones de tensión aguda y persistente pueden agravar la situación…
Estas discusiones quizás pronto van a llegar al Senado. A este corresponde -art. 194 de la Constitución- decretar la “falta absoluta del Presidente de la República” en caso de “incapacidad física permanente”. En el ejercicio de esta delicada responsabilidad tiene la autoridad para ordenar exámenes clínicos del mandatario. Lo analizaré luego si fuere pertinente.
Briznas poéticas. De Horacio Benavides, inmenso poeta de Colombia: “Voy cuesta arriba / de la cola de mi burro. /Remolcado por su alma / más grande que la mía. / De vez en cuando / se acuerda de arrancar / un bocado de hierba de la orilla del camino. / Después soltará ventosidades, / al fin y al cabo es un ángel de este mundo. /Qué falta me hace el animal / ahora que voy subiendo la cuesta, agarrado del rabo de nada, / en este camino / por el que ya no anda nadie”.