No hay colosos de la política entre los candidatos presidenciales inscritos para las elecciones del 31 de mayo. No los puede haber porque el único coloso de la política colombiana en el último medio siglo fue Luis Carlos Galán Sarmiento. Entre los tres candidatos más favorecidos en las encuestas, hay una razón poderosa para votar contra Iván Cepeda. Es el candidato oficial de un Gobierno que no solamente no hizo el cambio que prometió, sino que concluye su mandato en medio de una gestión catastrófica. Nadie garantiza que uno de los otros dos contendores sea mejor que Cepeda, pero por sentido común es mejor escoger otro partido en lugar de premiar al que ya incumplió sus promesas.

Elegir a Cepeda es reproducir el funesto patrón de siempre: personeros de malos o regulares gobiernos se sucedían en el poder. Esos presidentes nunca hicieron algo eficaz contra la corrupción oficial y si hicieron algo por el desarrollo económico del país fue a paso de tortuga. Ahora comprobamos que un candidato como Petro, que por mucho tiempo se autodenominaba la opción anticorrupción, presidió un Gobierno en el que los que saquearon el presupuesto no se llaman Ñoño Elías ni Musa Besaile, sino Olmedo López, Carlos Ramón González y una larga cáfila, pero sin que los ilícitos hayan cambiado. Es la misma agobiante podredumbre, la misma impunidad.

Elegir a Cepeda es favorecer a un candidato que ni siquiera aparenta ser independiente. Califica a Gustavo Petro como presidente digno. ¿Es digno que subalternos de Petro hayan repartido en tulas dinero en efectivo al presidente del Senado y al presidente de la Cámara? ¿Es digno que el presidente en el consejo de ministros hable del “clítoris amarrado al cerebro” y del “pene amarrado al cerebro”? ¿O que en discursos públicos diga: “Una mujer libre hace lo que se le dé la gana con su clítoris y con su cerebro”? A nadie le interesa su obsesión de preadolescente con los órganos sexuales. Él no fue contratado para emitir opiniones insulsas como “El cuerpo no se vende, porque es de la vida, no del mercado”. Fue contratado para resolver problemas complejos, no para lanzar lugares comunes.

La solidaridad de Cepeda con Petro es inmerecida. Es la misma solidaridad de cuerpo que la izquierda tanto criticó entre las Fuerzas Militares para ocultar los abusos y los atropellos. ¿Dónde está el millón de cupos nuevos en las universidades oficiales? ¿Dónde está el ferrocarril elevado entre Buenaventura y Barranquilla?

Mientras Petro habla de sus proezas en la cama, hay millones de jóvenes que se quedaron esperando las obras de transformación. Petro, el parlamentario que siempre repicó contra la corrupción, termina su gobierno como un charlatán desencuadernado y como cómplice del delito. Ha habido otros presidentes cómplices de la delincuencia, pero eso no excusa la mácula que siempre cubrirá a Petro. Virgilio Barco nombró como director de la Policía al general José Guillermo Medina Sánchez, que estaba en la nómina de Pablo Escobar. Duró más de dos años en ese cargo. Álvaro Uribe en el segundo periodo nombró como viceministro de Transporte a Gabriel García Morales, que recibió un soborno de 6,5 millones de dólares de Odebrecht por la adjudicación de la Ruta del Sol II. Juan Manuel Santos fue aliado del Ñoño Elías, que confesó haber destinado parte de los 17.000 millones de pesos del soborno que le pagó Odebrecht para hacer reelegir a Santos en la segunda vuelta de 2014.

Hay otra razón de fondo para rechazar a Cepeda. Es un candidato del pasado. En 2024 dijo: “El proceso de diálogos que adelanta el Gobierno con el ELN es, de lejos, el que ha arrojado resultados más fructíferos y avances más claros respecto de los que han adelantado distintas administraciones con esa organización rebelde, en cerca de cuatro décadas. Resultados de la actual mesa: 28 acuerdos firmados, el cierre del primero de los seis puntos de la agenda (participación de la sociedad en la construcción de la paz) y un año ininterrumpido de cese al fuego”. ¿Cuántos decenios más hay que seguir dialogando con organizaciones guerrilleras caducas, ponzoñosas y purulentas? ¿Por qué conversar con sujetos que no tienen raigambre en la población y que no suman más de unos pocos miles de alzados en armas? La solución no es echar bala. Es más difícil todavía: el desarrollo económico y la creación de empleo y oportunidades. En las zonas del país donde hay pleno empleo no hay guerrilla, por sustracción de materia.